Semblanza de un (aparente) segundón

DENNIS WILSON, THE BEACH BOYS 1970. PICTURE: ED THRASHER.

Las vidas de las personas son como los océanos. Algunos océanos son hondos y cavernosos; otros tan solo parecidos a playas mansas. El océano de Dennis Wilson era inabarcable, como para perderse en sus oscuridades. Fue el segundo genio de The Beach Boys

 

Daniel Centeno M.

Nunca nadie esperó nada de él. Esa era su estrella, y no tuvo problemas en amoldarse a ella. Así de generoso era. Quienes lo conocieron suelen resaltar un par de anécdotas bien llamativas: cuando sus hermanos decidieron armar un grupo musical, no quisieron incluir a Dennis. Tuvo que interceder la madre y someter al resto de la prole, para que su hijo menos talentoso entrara como baterista de una banda en donde este instrumento nunca iba a sobresalir. En ese momento, relegado como el niño bonito y el único surfista del combo, por algún milagro de la historia le hicieron caso para bautizarse como los Beach Boys y arrancar con canciones que sabían a Coppertone.

El mundo alababa a su hermano mayor, Brian, por su sentido de la melodía, sus refinadas composiciones, su liderazgo dentro del grupo y el hermoso falsete al que podía llegar sin ningún problema. Si con un genio como fantasma las cosas quedaban claras, con Carl, el menor, la historia se le enredaba aún más: el benjamín era el músico competente y con una afinación digna de coro celestial.

A la zaga, y sin resentimientos, Dennis vivió su papel de segundón. No tenía buena voz ni por asomo. Primero gris y luego aguardentosa, llena de arañazos por doquier, su color imposibilitaba cualquier éxito a futuro. Irrespetado como músico de estudio, fue reemplazado en muchas ocasiones por bateristas particulares en quienes sus hermanos preferían confiar. Mientras tanto, él eligió dar largas brazadas en un mar que quizás lo acercara a una hermosa costa. Estaba claro que su gran pasión y destino era zambullirse en las olas.

Un buen día la fatalidad se apareció en la bahía de los Wilson. No se sabe si fue sin previo aviso, pero lo hizo. Lo cierto fue que The Beach Boys habían llegado muy lejos. Los Beatles ya no eran una amenaza, y Brian Wilson se dio el lujo de impresionarlos con la grandeza de su álbum Pet Sounds. El disco, toda una sinfonía de voces y arreglos, demostró la exquisitez de la gloria y apartó a su grupo de la simple anécdota. Bastaba escucharlo una vez para sentir cómo su creador había conjurado cada fibra sensible de su espíritu hasta quedar casi exhausto y sin alma. De allí a la locura sólo mediaba un empujoncito. Y claro que eso fue lo que pasó. Los de Liverpool, luego de muchas noches sin dormir, enfrentaron a sus musas y entregaron al Sgt. Pepper con un cruce de dedos. Bajo una lucha desigual de cuatro contra uno, Brian colapsó para siempre. Todos sus cables a tierra se desataron y su banda quedó a la deriva.

La alarma de emergencia penetró las aguas y Dennis tuvo que sacar la cabeza a la superficie para analizar mejor la crisis. Salió del océano, dejó la tabla a un lado y repasó la situación. De repente, el hermano del medio, el menos valorado, el más hermoso, el hedonista de la pandilla, se vio obligado a componer. Algo tenía que hacer por su gente, aunque eso lo empujara a cantar.

Y todo lo hizo, para asombro del mundo, de forma genial.

Dennis no quiso descollar, y es probable que entregara sus canciones con cierta vergüenza. Idolatraba a su hermano mayor y nunca se propuso opacarlo. Estaba convencido de que a él le debía ser un Beach Boy, su mayor orgullo en la vida. Por esa razón, y por un sentido del agradecimiento que no le cabía en el pecho, decidió respetar su legado con piezas como “Be Still”, “Little Bird” y “Forever”, tan sólo para cerrar algunos discos arrancados por Brian sin bajar el listón.

Para el año 68 Dennis debió sentirse contento, pese a las contingencias. Había salvado a su grupo y quizás esperaba que su hermano, ahora obsesionado con hacer el mejor álbum de la historia, se recuperase de su locura. Parecía que estaba dispuesto a nadar nuevamente. Es una lástima que antes de hacerlo se haya topado con más penumbras que resplandores en su hoja de vida.

A veces, es injusto que en la existencia de cada ser una mancha pueda poner en entredicho su misión en este mundo. Dennis era drogadicto, manirroto, irresponsable, inconstante y mujeriego. Sin embargo, ninguno de estos antivalores lo contaminó al punto de hacerlo un mal tipo. Quizás en un momento de su vida los sentidos se cambiaron para siempre: al querer ayudar, más bien, perjudicó.

Una madrugada el baterista se topó con un hippie en la puerta de su casa. Este último, para disipar el miedo del músico, se hincó a besarle los pies. Entró con él y le mostró a unas amigas desinhibidas que decidieron acampar en la mansión con vista al mar. A Wilson le brillaron los ojos con el harem. Su nuevo y andrajoso amigo se presentó con nombre y apellido: Charles Manson.

La mancha ya estaba hecha.

 

LA MARCA DEL ASESINO

Embelesado por los cantos de sirenas, Dennis creyó vivir como Neptuno, pero quien realmente sostuvo el tridente en este cuento fue Manson. Él y su gente se mudaron en tropel. El alud humano tomó dinero, comió sin miramientos, probó algunos carros del anfitrión, chocó su Mercedes Benz, buscó lo más fino de su guardarropa y, lo mejor de todo, reincidió todas las veces posibles al médico de cabecera del dueño de la casa. Tampoco era como para extrañar: alguien debía curar las gonorreas que suelen acompañar al amor libre.

Para resumir el cuento, Dennis planeó su escape. Se fue de esa casa cuando se venció el contrato y dejó al gentío con su piano de cola y el recuerdo de algunas veladas felices. Bueno, esas líneas resumen el envés de la moneda, pero el revés siempre viene con la cruz: Mason amenaza a su amigo, lo llama ladrón de canciones, le aconseja que cuide a su hijo, que vigile las costas, los atardeceres y todo estribor posible. Mientras rompe su dique de invectivas, Wilson se resguarda, y a Charles no se le ocurre mejor desquite que, literalmente, sacarle las tripas a un grupo de actores y personalidades que nada tenían que ver con esa pelea.

A partir de esa masacre, Dennis Wilson dejó de ser el mismo. No conseguía mar despejado, ni bellos horizontes. Sin timón, ni vela, ni proa, vivió lo que le quedaba de vida. Ya no era el más tierno de los Beach Boys. Su cara fue invadida por un rictus de angustia, los ojos despedían tormentos y todo él fue descuido y autodestrucción. Engordó, se peleó en vivo y directo con miembros de su grupo y fue despedido una y mil veces de la banda. Con el rabo entre las piernas, Dennis se retiró con una copa de vodka en la mano y una tupida barba como arrebatada al náufrago más desesperanzado de una isla sin palmeras.

A pesar de todo, la belleza salió de su interior en forma de corcheas. Eso lo demostró en 1977. Quien alguna vez fue visto como el menos talentoso de los hermanos, volvió a zambullirse en su océano. Nadie quería tenerlo cerca, Brian no salía de su irrealidad y el surfista volvía a estar sin su grupo. Cuando su mano surgió del azul profundo, deslumbró con uno de los mejores discos de la historia, Pacific Ocean Blue.

Cuando ninguno de su banda tuvo las agallas para ser solista, él ya había nacido bajo esa condición. Dennis estaba acostumbrado al rechazo. Por eso no se resintió cuando la discográfica de The Beach Boys, Warner, prefirió no amparar su álbum. Mucho menos se desinfló cuando el pequeño sello Caribou, segundón como él, accedió a producirlo. Pacific Ocean Blue era grandeza en estado puro, arreglos en su punto, un piano rebosante de melodías salidas de sus dedos siempre instintivos y una voz que era toda honestidad.

Sin darse cuenta, él mismo había grabado su boleto de ingreso a los Beach Boys. Su hermano, demente y genio, se rindió a los pies del disco. El resto de sobrevivientes del grupo lo admitieron entre sus filas, nuevamente, derrotados en su mediocridad. Y el buenazo de Dennis entró como quien traspasa las puertas del cielo. No podía darse cuenta de que los agradecidos debían ser los otros y no él.

A veces, las vidas tienen un solo punto de inflexión. En esta historia es difícil determinar si así fue. Dennis fue perdiendo su dinero, derrochando, regalando… También fue quedándose en la nada. Siempre rechazó ser algo. A los 38 años parecía un tipo cercano a los 50. Daba la impresión de que le incomodaba la simple idea de ser confundido con un genio, de que los Beach Boys pudieran ser menos que él por sí solos. Por eso optó por el sabotaje a su persona, por meterse montañas de polvo blanco en sus fosas nasales, por ingresar a los centros de rehabilitación para luego salir a las pocas horas a macerar sus entrañas en alcohol.

A él lo que le dolía era el talento.

 

EL FIN

El día después de cumplir sus 39 años ya se había ahogado. Cuando eso sucede con alguien, de nada valen los intentos de salvación. Dennis dijo que se sentía solo, se desayunó con una copa de vodka y se fue feliz, al estar entre amigos dentro de un yate. Existe una historia que parece de mentira: el tipo que amó tanto el mar, se lanzó al agua al comienzo de la tarde. Nadie pudo detenerlo. Y al rato apareció con una foto enmarcada de una ex esposa, que habría arrojado al fondo del océano en algún episodio huracano. Dichoso, como un niño explorador, volvió a zambullirse y a salir con viejas pertenencias que reconstruían su vida. Era claro que debajo de las olas estaba contenida su autobiografía. En un momento hizo un alto, bebió otra copa y comió un sándwich como última cena. A la hora reanudó su búsqueda y desapareció en las profundidades.

De esa inmersión no volvió a salir.

Dennis Wilson murió en el mar, pegado de un bote, volviéndose ola y quietud. Charles Manson proclamó, con camisa de fuerza y dentro de su jaula, que su sombra lo había matado. Pero no; a Dennis lo sepultó otra cosa más sublime, el saber que nadie puede vivir con tanta vergüenza entre pecho y espalda. Su océano se había quedado corto y necesitó unirlo al que alguna vez le dedicó un disco (que, para colmo, estuvo descatalogado por más de 20 años junto con las sesiones del inconcluso Bamboo).

Él era agua salada y pidió que lo enterraran en el mar. No quería ser ceniza licuada; quería ser el cofre del tesoro. Quizás fue el único norteamericano que gozó de esa última voluntad, gracias al fanatismo que profesaba el presidente Ronald Reagan a los Beach Boys. En el entierro, o sumergimiento, hubo peleas familiares por la música que se debía tocar, los pasajes de la Biblia más acordes y el personal encargado de la lectura. De repente, quien siempre fue un segundón ahora era considerado como el eje principal del clan.

Ese día uno de sus hijos, Michael, enloqueció al ver la imagen del cuerpo de su viejo lanzado al mar. Cumplía 11 años.

 

Discografía (solo)

  • Pacific Ocean Blue (1977)

Discografía con The Beach Boys