El lenguaje de la seducción

«Qué hermoso retrato de jefe», comentó Patrick De Rosbo mirando el busto en lugar preferente del comedor de Marguerite Yourcenar. Era una mañana transparente, limpia, y el ilustre icono de la literatura francesa se disponía a contestar preguntas para la no menos ilustre revista Quimera.

«¿Se trata, sin duda, de su señor padre?», preguntó Patrick. «No, soy yo misma», respondió ella… Un silencio espeso siguió a la respuesta.

En las entrevistas, la seducción bidireccional es importante, muy importante (luego, a la hora de escribir, ya podrá el redactor traicionar debidamente a su entrevistado; pero durante la parte dialogal mantendrá la caballerosidad). El bueno de Patrick seguramente superó esa metedura de pata inicial pues la entrevista, a fin de cuentas, quedó bien (en el número 54/55).

La seducción es de rigor. En las entrevistas y en cualquier texto, sea cual sea su índole. Lo dice Roland Barthes con mayor propiedad: «Me intereso en el lenguaje porque me hiere o me seduce».

Cada libro tiene su propio lenguaje, de modo que el asunto no es nada fácil. El Quijote, por ejemplo, originalmente escrito en castellano (es su lengua), expresa, sin embargo, su particular lenguaje. Es más: su lenguaje se hace cada día más universal.

Cada libro ofrece su lenguaje, aunque muchos se lo copien. Cada poesía lo contiene y resignifica; si no, no es poesía.

Si me apuran, cada hombre tiene su lenguaje.

Por supuesto, cada región tiene su propio lenguaje: Latinoamérica es bien distinta a Europa pues los fonemas que en los alrededores del Caribe designan color y cuerpo encierran distintas evocaciones. Nunca será lo mismo palmera en Europa que palmera en la costa de Ocumare.

Lo del Caribe es color vívido como posibilidad asociativa. La manera en que los latinoamericanos ─reyes de la rumba y el guaguancó, príncipes del sincretismo, solidarios sin compromiso─ expresan duda, abatimiento o jolgorio es suya y nadie más podrá imitarla.

Hay hombres latinoamericanos en quienes el sarcasmo es lenguaje. Por ejemplo, Jorge Luis Borges.

Llegó un día al trópico venezolano y quiso sentir ─no debe hablarse, en su caso, propiamente de ver─ toros coleados, una fiesta algo bestial, muy macha, muy colorida. Lo llevaron a los toros coleados por la tarde, se divirtió.

Por la noche fue, o lo llevaron, a firmar ejemplares en una librería. Apareció una señora encopetada y le entregó un libro con su primera página abierta, listo para la firma. Al mismo tiempo le dijo:

«¡Qué bien huele usted, maestro! ¿Qué colonia usa?»

Igual. Un silencio espeso se hizo en la librería. Es evidente: ya la simpática dama venía seducida por Borges desde su casa, seguramente tras el último cuento que le leyó (si llegó a terminarlo); de modo que al escritor solo le quedaba, atendiendo a Barthes, hacer uso del lenguaje para zaherirla. Pero con delicadeza, mostrando diligencia por resolverle la falta del dato colonial lo más pronto posible:

«No lo sé, pregúntele a María Kodama, que anda por ahí.»

Sebastián de la Nuez