Ez ukito artelanak*

Un edificio mayor que la suma de sus partes, «con una potente identidad icónica.» Eso pretendían sus impulsores que fuera, al principio de los años noventa ─cuando apenas se tenía el asentamiento en unos antiguos muelles destartalados cerca de la Universidad de Deusto─, el Museo Guggenheim de Bilbao, hoy en día, cuando va a cumplir 20 octubres, una espléndida invitación a dejarse llevar por lo inesperado

 

Sebastián de la Nuez

Esta mole echada que ves al otro lado de la ría, lomo ocre y plata ─es una cubierta de titanio─, monstruo sin forma definida y a la vez hermosamente armónico, es el Guggenheim.

Y la ciudad alrededor con su gente diáfana que luce feliz ─todos sabemos que algunas procesiones todavía se llevan por dentro─, Bilbao.

Al día siguiente el monstruo parece, con la nueva luz del día, más bien un trasatlántico a punto de ser llevado a los astilleros. Pero tampoco; resulta indefinible. Los visitantes parecen, desde lejos, enanitos moviéndose ante la mole; se acercan, merodean, toman fotos, se quedan escuchando un rato al par de señores de trompeta o saxo ─más gramófonos portátiles para la pista de acompañamiento─ tocando baladas que todos reconocen. Hay ambiente de verano a 30 grados este mes de mayo, la feligresía anda contenta.

Dentro del edificio, contingentes de curiosos se lanzan en todas direcciones. No saben qué mirar primero. Cuchichean en diversos idiomas. La tienda situada a la izquierda es un reducto del buen diseño incitando al consumismo. Por ejemplo, franelas que celebran los veinte años del museo, con el emblema XX, variedad de colores por treinta euros cada una. Caras, desde luego, pero preciosas. La librería no está muy bien surtida ─debe haber otra en alguna parte, el edificio ofrece recovecos inesperados─ pero allí se consiguen un hermoso libro de tapa dura que explica el proceso de construcción del Museo, guías, algunas publicaciones sobre arte contemporáneo. Hay algo sobre Jackson Pollock, muy bien representado en el tercer piso en la exposición del expresionismo abstracto.

Todo el conglomerado ─gente, arquitectura, arte─ es una fiesta multicolor de la sorpresa y la originalidad, como si los proyectistas se hubiesen propuesto eso precisamente: vamos a hacer todo lo que no se ha hecho; vamos a romper moldes, a indagar y plantear con afán de abrirle el cerebro al prójimo… o empujarlos a que se hagan preguntas.

En verdad, sí hay zonas convencionales: las salas de las exposiciones que rotan son eso, salas, y en ellas hay cuadros colgados. Otras no. El sitio reservado al norteamericano Richard Serra es una especie de hangar pero, en lugar de aviones, hay estructuras en espiral en acero patinable (cuatro metros de altura) que te envuelven y te engañan, al dar la sensación de que los curvos pasillos se mueven; es una obra monumental compuesta de una pieza principal y otras varias que siguen ese juego del movimiento a medida que el espectador avanza. Se llama La materia del tiempo. Se verifica esa sensación que todos hemos tenido: hay un tiempo cronológico y un tiempo de la experiencia. Se encuentra en planta baja, con el techo a doble altura: desde el segundo piso, vista panorámica sobre la instalación.

 

¡HEY FRANK!, ME GUSTAN TUS ESPACIOS

A los vascos les encanta una Z, una X y una K en su lengua. Los carteles explicativos del Guggenheim hablan primero eusquera, luego español, tercero inglés y cuarto en francés. Los tulipanes de Jeff Koons, en un patio que puede verse desde la calle ─más bien paseo─, es pieza emblemática: una coquetería publicitariamente sugestiva, sitio obligado para tomarse fotos. Por el otro lado está el perro hecho de hojas, flores y retoños, gigantesco. También de Koons.

Los tulipanes de Jess Koons, una de las paradas predilectas del público.

Sin embargo, es dentro donde se aprecian las instalaciones y piezas más atrevidas, desde el punto de vista conceptual y/o por su plasticidad. La primera vez que el visitante entra a la sala donde se exponen los objetos y pinturas sobre papel fotográfico de Pelli Irazu no sabe qué pensar. Nada se parece a nada. Unos pequeñuelos acompañados de su maestra, el mayor no tendrá más de 7 años, escuchan y responden a las preguntas (en inglés) de la señora. Miran. Entran o rodean estructuras de madera pintada que parecen cajas o mesas sobre las cuales hay otras mesas al revés. Las cosas de Irazu, con los niños libremente interactuando con ellas, comienzan a cobrar sentido.

También se encuentra en la planta baja una instalación con tiras de diodos luminosos a través de los cuales la gente entra en la obra. Es de la norteamericana  Jenny Holzer y fue pensada expresamente para esa sala donde se encuentra. Forma parte, pues, de la oferta permanente.

En el tercer piso puede apreciarse la colección del Museo en exhibición permanente, con obras, entre otros, de Robert Rauschenberg, Mark Rothko, Yves Klein, Alex Katz, Robert Motherwell, Gerhard Richter, Anton Tapies, Miquel Barceló, Eduardo Chillida y Jorge Oteiza.

¿De dónde salió, por cierto, el arquitecto que hizo este portento imposible de clasificar, Frank Owen Gehry? Prácticamente de la nada, pues no fue sino a los 50 años que se hizo arquitecto. Unos críticos se enamoran de él cuando vieron la ampliación de su morada en Santa Mónica, California. ¿La razón? Su original manejo del espacio y el uso de materiales inéditos.

Comenzó a ganar premios a partir de entonces. Ahora lo llaman «el arquitecto demiurgo».

El Guggenheim de Bilbao es, por dentro, un ramaje de estructuras de hierro remachado, anclando suelos y techos que se pierden en las alturas; grandes superficies de mármol rosa y volúmenes de escayola blanquísimos de unos 50 metros de altitud. Hay ascensores transparentes; las sillas aerodinámicas donde se apoyan (no llegan a sentarse) los cuidadores de las salas parecen formar parte de la propuesta estética del lugar.

En el segundo piso se exhibe una revisión de lo que sucedía en París con el arte a partir de 1890, con sus cabarets, mademoiselles de dudosa reputación y Toulouse Lautrec profusamente representado en sus carteles. Pero también están representados los simbolistas, los neoimpresionistas y los nabis.

Un grueso tomo recoge ensayos de diversos autores sobre la museística del Guggenheim. Dice uno de ellos:

«El nuevo modelo de museo no solo afronta su contenido de una manera más y mejor parcelada, sino sobre todo desde una mirada crítica diferente, que le permite el establecimiento de relaciones histórico−antropológicas y espacio−temporales insólitas desde múltiples puntos de vista. En este sentido, sea cual sea hoy el contenido de un museo, la identidad de su colección, su tratamiento y, por supuesto, su presentación, han variado casi por completo.»

Eso lo afirma el redactor en relación a cierta pretensión totalizadora como tradición de los museos de arte contemporáneo, en donde subyace la idea de un progreso indefinido. Es decir, museos que quieren ser tan abarcadores que no se conforman «con hacer la crónica del pasado» sino, virtualmente, del porvenir.

En la página web del Museo hay bastante información. Su diseño es absolutamente minimalista.

Sales al paseo afuera y la danza del turismo se derrama por todas partes, hacia el casco antiguo de la ciudad, que se ha conservado pero remozado, o hacia algunos centros comerciales cercanos. Hay mucha juventud en Bilbao. Por el paseo que acompaña a la ría, la animación de los corredores, paseantes y ciclistas, que de todo hay a toda hora, prosigue bajo el sol. Por supuesto que la ciudad tiene sus problemas, como se puede observar en esta fotografía de un aviso en una parada de autobús.

 

  • No toque las obras de arte.