Los viajes del verbo, las ondas del sueño

Manuel Ovalles (izquierda) y el poeta Carmelo Chillida durante la presentación de “En (des)uso de razón” en Madrid, el 20 de abril de 2017.

¿Qué sucede en Caracas en el plano de la edición mientras las bombas resuenan en las adyacencias de las pocas imprentas que todavía funcionan? Sucede el combate contra lo mediocre, sucede lo contrario al borrón y cuenta nueva; suceden jóvenes con afanes de revisión y acercamiento, reabriendo caminos críticos y construyendo puentes de memoria. Lo que se está haciendo con el poeta Caupolicán Ovalles es un buen ejemplo

 

Sebastián de la Nuez

Eleazar León dice en el prólogo a Sexto sentido u diario de Praga ─Manuel Ovalles hace circular una edición digital─ que Caupolicán Ovalles decidió ser el personaje de sí mismo, no aquel que los demás querían o esperaban de él. Habla en su texto de la convocatoria a formar El Techo de la Ballena, grupo del cual harían parte entre otros Carlos Contramaestre, Elisa Lerner y Rodolfo Izaguirre. Sus miembros solían reunirse en la Librería Ulises, entre Sabana Grande y la avenida Casanova, de donde la Digepol se llevaría presos a varios.

Manuel, hijo del autor de ¿Duerme usted, señor Presidente?, ha recorrido varias ciudades en Europa y América promoviendo En (des)uso de razón, una antología del poeta editada por la Fundación que lleva su nombre. Pero esta iniciativa debe inscribirse en una voluntad de rescate por parte de las nuevas generaciones: desde la Universidad Católica Andrés Bello surgió la tesis sobre la República del Este, La patria bohemia que nació derrotada (2008), una semblanza de grupo que recoge el quehacer, andanzas y vicisitudes del grupo egregio que ironizó sobre el país y se desnudó a sí mismo en sus frustraciones y pasiones. Luego ha surgido una interesantísima editorial a cargo de una joven inquieta y talentosa, Faride Mereb: Letra Muerta. Junto al impresor de origen vasco Javier Aizpúrua ha editado obras recogiendo la fuerza poética de mujeres como Miyó Vestrini e Ida Gramcko. Han surgido, por otra parte, ediciones antológicas de personajes claves, como Elisa Lerner y sus crónicas en Así que pasen cien años (Editorial Madera Fina, 2015): un esfuerzo por rendir homenaje a los valores precedentes compartido, por ejemplo, con editoriales como Fundavag (a cargo de Joaquín Marta Sosa) y El Estilete (de Garcilaso Pumar).

 

Y LO QUE FALTA POR CONTAR

Anota Igor Delgado Senior, copiado en un correo que hace circular Manuel, aquella voluntad de epicentro que tuvo Sabana Grande al multiplicar la visión de  los mesones y el tumulto; lugares como El Viñedo, el Chicken Bar, El Gato Pescador, Cervecería Lara y El Encuentro fueron una referencia de la ciudad compartida. Algunos sitios, retratados junto a sus dueños en Setecientas palmeras plantadas en el mismo lugar, de José Balza. Dice el también poeta Delgado Senior en su texto:

«Los profetas de la Nada tomaron por asalto las derrotas y se enjugaron las lágrimas frente a las barricas de vino, jamás calculaban el tiempo de la inmensa nocturnidad.»

El crítico de cine y escritor Rodolfo Izaguirre es testigo de la época en que Caupolicán Ovalles concitaba voluntades a favor del Techo. Durante los años sesenta, en medio de un clima levantisco, hubo represión oficial, cruenta, contra quienes se levantaban en armas ante el puntofijismo, la democracia representativa, la Ancha Base. En lo urbano, cómo no, la sedición contaba con apoyo. Profesores universitarios, estudiantes, escritores o artistas plásticos solían caer bajo sospecha. La Policía podía caerle a cualquiera, en cualquier momento, y llevárselo a las ergástulas del poder constituido. Cuenta Izaguirre, sin embargo, un lado menos dramático de la situación. Por supuesto, las mujeres en sus casas temían por sus maridos profesores o sus hijos estudiantes, quienes por lo general formaban parte del correaje conspirador, ñángara. Sucedía algo poco usual: los caballeros llamaban a sus casas para reportarse, cosa inusitada en una Venezuela más bien machista. Para que sus mujeres se quedaran tranquilas, si acaso el jefe de la familia tardaba en llegar. En los alrededores de plaza Las Tres Gracias, una zona aledaña a la UCV, a un emprendedor se le ocurrió instalar un bar llamado La Facultad. De modo que los maridos comenzaron a reportarse diciendo, con toda propiedad, mi amor, voy a llegar tarde porque aún debo resolver cosas en La Facultad. Y las mujeres encantadas porque sus esposos estaban en La Facultad, muy atareados.

Hay tela para cortar en torno a esa generación valiosa, a veces un tanto desquiciada, que hizo poesía, literatura, teatro y artes plásticas durante la primera etapa de la democracia bipartidista. En todo caso, vendrán tesis, ensayos y más ediciones con afán totalizador, crítico, desmenuzador. Habrá exposiciones, rescate, reflexión y debate. Ya lo hay, de hecho. Rodolfo Izaguirre, y otros como él, sobreviven y mantienen en su disco duro personal e intransferible verdaderos tesoros que deben preservarse. A Izaguirre la gusta saborear anécdotas antiguas (es muy probable que les añada sazón propia), recuperar encuentros, evocar situaciones. Se jacta: «Fui el primero que dije que Elisa Lerner, sin haber escrito una sola palabra, era ya una escritora. Es una mujer con un dominio absoluto del idioma.»

Cierta vez oyó a unos muchachos, poetas, medio burlándose de Elisa; se detuvo y les dijo quién era él. A continuación se sentó con ellos y les habló de los correos electrónicos de la escritora:

«Hay que coleccionar los e-mails de Elisa Lerner porque son breves y exquisitos. Me mandó uno preguntándome si debía ir a un evento chavista en el cual, sabía, sería utilizada por el gobierno. Concretamente era un homenaje a Manuel Quintana Castillo. Le escribí: ‘Elisa, no vayas, porque te van a utilizar políticamente’. Al segundo, la respuesta de Elisa: ‘Aduciré cansancio’. Les pregunté a esos muchachos: ¿cuántas veces en la vida han conjugado el verbo aducir? ¡Jamás! ¿Tú me entiendes lo que quiero decir?»

En otra ocasión, la comunidad judía organizó un encuentro entre Elisa Lerner e Isaac Chocrón, dos figuras fundamentales de la intelectualidad venezolana: ella, askenazi, y él, sefardí. Chocrón, a pesar de su ego ─a decir de Izaguirre, «del tamaño de esta casa»─, le cedió la palabra a Elisa Lerner. O sea, el protagonismo. De repente dijo Elisa: «No existe una bandera judía, existe una bandera de Israel. La bandera judía es el mantel.»

─¡Y es verdad! ─exclama Izaguirre─. No hay reunión con judíos donde no haya vainas de comer. Siempre están poniendo un mantel. Esa es Elisa Lerner, capaz de condensar el universo en dos palabras.

Otra: desde un restaurant de Madrid llamó a su amigo Ben Ami Fihman, el editor de la revista Exceso. Se encontraba en el baño. Deseaba que le resolviese un dilema: ¿dónde demonios se abre el chorro del agua aquí? No encontraba la manera de abrir el grifo.

─Pero Elisa, yo estoy en Caracas ─le explicó Fihman por teléfono─ ¿Tú has probado a ver si hay una llave de paso por ahí cerca?

 

A PESAR DE LA BASURA BOLIVARIANA

Una fuerza telúrica recorre universidades (al menos, algunas de ellas) así como librerías, centros de investigación, cofradías diversas de Caracas o del interior. Es increíble: 17 o 18 años de estupidez militarista no sofocan el talento y la apelación al camino andado y trazado. En todas partes ─o en algunas importantes, que ya es mucho decir─ han crecido iniciativas, gente abriendo brecha con investigaciones, editoriales, librerías, archivos fotográficos para preservar y exponer materiales históricos que, de otro modo, sucumbirían al olvido y al polen. Ahora más jóvenes saben que existió El Techo de la Ballena.

Antes del Techo de la Ballena, donde Lerner e Izaguirre tanto coincidieron, fue Sardio, surgido a la caída de Pérez Jiménez. La irrupción de la revolución cubana hace que este grupo se disuelva pues dentro chocan elementos de Acción Democrática y de la izquierda cada vez más cabeza caliente. Elisa Lerner, Luis García Morales y Guillermo Sucre son adecos; el resto, de izquierda. Según Izaguirre, hubo un factor adicional para el rompimiento: ya Adriano González León había publicado Las hogueras más altas. Bastó y sobró para que no tuviera más necesidad de seguir en el grupo.

Dice Izaguirre:

«Los grupos se forman para que sus miembros se apoyen unos en otros. Coño, somos tan brillantes que nos hacemos oír nuestros textos en el grupo y los demás dicen ‘oye, qué vaina tan buena’; pero una vez que publicas, empiezas a caminar con tus propios pies. Ya no necesitas al grupo para apoyarte. Salvador Garmendia publicó entonces “Los pequeños seres”; Pérez Perdomo también publicó por esos días. Era un grupo de escritores al cual se sumaron artistas plásticos. El Techo es todo lo contrario: artistas plásticos del informalismo a los que se suman escritores.»

Había un stencil en alguna parte, alguien lo trajo, lo consiguió o se lo robó. Escribes en esa especie de hoja de cera y el multígrafo te permite sacar un montón de hojas facsimilares. En otras palabras, el artefacto es muy útil para imprimir volantes sediciosos, llamando a huelga o lo que fuese. Y se consideraba en la época de Rómulo Betancourt ─una parte del país alebrestada en las universidades más algunos focos guerrilleros en la provincia─ una especie de arma de guerra. El multígrafo dejaba unas manchas negras y a Izaguirre se le ocurrió intervenir esas manchas, conformando una propuesta plástica bien montada en un sitio que tenían los del Sardio, una galería en el edificio Fonseca, cerca del Teatro Municipal.

Bien; el gobierno se enteró de la exposición y mandó a unos agentes: debía haber, detrás de esa exposición, un multígrafo pues esas manchas lo delataban. O sea, un arma de guerra. ¿Dónde carajos está? Izaguirre vio venir a los esbirros pero no pudo evitarlos.

 

BUENOS MUCHACHOS

Dice el poeta León que en El Techo de la Ballena «se hizo inventario de lo imposible poético y dieron con la rebelión como la más alta de sus aliadas. Baste nombrar como una de sus convulsiones, que no re-presentaciones, el libro Asfalto-Infierno, prosa petrolífera e incendiaria de Adriano González León; y la contra-exposición de carnes animales en estado de descomposición hecha por Carlos Contramaestre. ¿Y Caupolicán? Pues se puso en libelo, pasquín, panfleto, injuria, denuesto y burla escarnecida del presidente de la época (…).»

Se refiere a ¿Duerme usted, señor Presidente? Cierto todo eso. Eso y más que falta por recapitular para que las nuevas generaciones conozcan épicas misteriosas y sus respectivos fantasmas bailoteando alrededor. A veces, dramáticos y ominosos fantasmas; otras, lúdicos, esperpénticos, saludablemente irresponsables como de guiñol y Retablo de las Maravillas.

Cierto: Caupolicán fue perseguido. Huyó hacia Colombia y luego marchó hacia Madrid, París, Praga… Dice el poeta Eleazar León que en Sexto Sentido u Diario de Praga, escrito entre París y Praga de 1965 a 1966, «desarrolla una meditación sobre sí mismo a manera de breves poemas epigramáticos que son a la vez paradojas existenciales.» En verdad, toda su generación ha estado signada por la paradoja existencial. El artista plástico Contramaestre, médico, se destapó como excelso provocador. O sea, fue una paradoja existencial andante, denostada, vilipendiada y perseguida por su exposición en un garaje que una señora alquiló o prestó a los del Techo. ¿Quién no llevó, de esa pléyade, una paradoja existencial a cuestas? Adriano González León aportó al boom latinoamericano un premio Seix Barral y allí quedó la promesa, ahogada quizás en alcohol. Hubo otros casos. Lo mejor de esta generación es eso, la ilusión representada. Un país que pudo haber sido y no fue. Caupo, bien llamado por sus seguidores Padre de la Patria, es manantial de la palabra que ilumina con su vitalidad y sus imágenes las huellas del caminante. En él y en los demás del Techo o de Sardio, o de la República, convive el más genuino derroche. De mujeres y vino, de conquistas taciturnas y repúblicas mágicamente incendiadas. Habla Jesús Enrique Barrios, en otro texto enviado por Manuel, del sarcasmo de la vida que vivió. Pero es un sarcasmo compartido. Puede hablarse de una legión de héroes borrachos, desahuciados, embelesados de utopía. Obra y existencia. Aun caben muchas revisiones entre los viajes del verbo y las ondas del sueño.

 

Puede leerse esta entrevista imaginaria realizada a Caupolicán Ovalles por la entonces estudiante Andrea Hernández, de la UCAB.