Al bello sexo lo que le gusta es el recreo

Mirla Alcibíades y el editor de este blog en el Palacio de las Academias (agosto de 2015). Foto: Giuseppe Di Loreto.

De la mano de la historiadora Mirla Alcibíades, un ligero recorrido por las primeras librerías de Caracas y sus gabinetes de lectura, que se abrían a las chicas mantuanas (ya que no podían entrar a las bibliotecas). Venezuela apenas acababa de obtener su independencia, pero la emancipación femenina todavía andaba lejos

 

Sebastián de la Nuez

Según las averiguaciones de Mirla Alcibíades, al menos cuatro librerías probadamente establecidas (es decir, que vendían libros de manera sistemática) hubo entre 1808 y 1860 en Caracas; sin contar una en Maracaibo abierta —según sus cálculos— hacia 1844 o 1845. En general, al revisar la Prensa nacional del siglo XIX, ha encontrado librerías en varios puntos de Venezuela pero muchas eran simplemente taguaras, bodegas o quincallas: además de libros vendían juguetes, álbumes, cuadernos, paraguas (nada muy lejos de una Nacho de hoy en día). Muchos títulos en ese entonces se editaban por fascículos semanales y la gente se suscribía. Cada viernes llegaba el cuadernillo de 16 cuartillas y el comprador debía estar al día con los pagos al concluir el tomo. Entonces se mandaba a encuadernar.

Así, pues, los periódicos imprimían o importaban libros en fascículos.

 

EL TOQUE FEMENINO

Nadie como la historiadora Mirla Alcibíades se ha paseado con tanto interés por los intersticios del siglo XIX criollo: ha revisado la Prensa, ha estudiado usos y costumbres sociales, moda y cultura. Le gusta husmear en la vida cotidiana. «En ese tiempo había orgullo de pertenencia al país», dice. «En segundo lugar, la concepción estética que manejamos hoy se diseñó en esos años, con mucha influencia de Francia pero muy decantada.»

La estrategia del editor de los fascículos era administrar la historia a cuentagotas: de esa manera, la atención y el suspenso se mantenían hasta la siguiente entrega. Tal cual una telenovela. «No podemos perder de vista que las publicaciones periódicas que ofrecían esta estrategia de impresión eran hebdomadarios», escribe Alcibíades en su libro La heroica aventura de construir una república. «De tal suerte, se daba tiempo para leer y releer páginas y para que el material pasara de mano en mano». Cita algunas obras amarradas a periódicos en forma de folletín durante la década de los 50, cuando el componente sentimental comenzó a ganar mayor interés entre las lectoras:

  • Diario de Avisos comienza a publicar el 2 de noviembre de 1850 El collar de la reina. Las novelas las tomaba este periódico de La Crónica de Nueva York. Cada entrega valía medio real y la obra completa salía a 3 pesos.
  • En el mismo diario, en 1853, se leyó La renegada, novela original de doña Manuela Cambronero. Folletín importante porque abre espacio a la producción novelística de autoría femenina (años antes se habían visto poemas escritos por mujeres).
  • Luego de La renegada, en mayo del mismo 1853, se publica Dolores, de Gertrudis Gómez de Avellaneda; en julio de ese mismo año fue el momento para inaugurar El premio de la virtud, de Amalia Fenollosa.
  • En 1865 El Federalista imprimía La casa número seis, por Emilia Serrano de Wilson, desde el 9 de octubre.
  • El Diamante, el 21 de agosto de 1850, divulgó el «privilegio» concedido por el gobernador de la provincia de Caracas al señor Clemente Ribas para publicar y vender una traducción del inglés «cuyo título ha depositado y es como sigue: José reconocido por sus hermanos, comedia en dos actos. Obra literaria muy preciosa y sentimental.»
  • La Voz del Patriotismo anunciaba una «novela puramente sentimental e interesantísima» en su edición del 22 de noviembre de 1851, Cristina o una historia holandesa. Obra igualmente de ficción producto de la pluma de madame Sophie D’Arbouville (una lacrimosa poeta y novelista nacida en París en 1810).

 

ÁVIDAS DE VIDAS AJENAS

Ese cúmulo de novelas folletinescas hizo pensar a la historiadora en cómo habrían sido las décadas anteriores. ¿Cómo habrían reaccionado las consumidoras de cuentos y novelas entre 1840 y 1850, ayunas de experiencia? Cierto: la lectura no solo era placer sino padecimiento, desespero, tormento y conmoción sentimental. Una observación: la lectura llevaba a las mantuanas caraqueñas ese aire viciado de la Europa romántica, lejanamente mundana, moralmente cuestionable. Una escritora venezolana de finales de siglo, Concepción Acevedo de Tailhardat, sufrió lo suyo: los recuerdos de sus 9 años afloran en la carta que sirve de prólogo al libro de poemas que dio a la imprenta en 1888, Flores del alma. Hace mención de una «obrita» titulada Pascual Bruno que le había causado una honda impresión… La historia de Pascual Bruno es simple y tormentosa: una doncella de la condesa Gemma de Castel Nuovo se casa con otro miembro de la servidumbre, sin recordar que ha dejado una promesa de amor en su tierra natal a un joven montañés. Pero el joven no es otro sino el bandido Pascual Bruno, hijo de Antonio, otro bandido que ha intentado matar al padre de la condesa y cuya cabeza ha sido expuesta en una jaula de hierro en cierto castillo.

Alcibíades dice que probablemente la niña Concepción leyó una edición venezolana de la novela de Dumas padre, pues no otro sino él es el autor de Pascual Bruno. El texto del autor francés fue editado en Caracas por la imprenta de Domingo Salazar. Por cierto que el periódico El Caraqueño se editaba en la misma imprenta.

A la escritora que entonces fue niña aquella cabeza enjaulada del bandido puede que se le haya venido encima desde la habitación penumbrosa de sus hermanas, horror de todos los horrores. Escribe en tal prólogo:

Era una noche en que mis hermanas habían salido. Mi madre en su cuarto rezaba sus oraciones. Yo estaba sola en la sala y leía sentada cerca de la lámpara. Frente a mí se abría la puerta del cuarto de mis hermanos alumbrado apenas por una débil bujía. La cama que estaba en el fondo del cuarto quedaba medio envuelta en la penumbra. El libro me tenía nerviosa, calenturienta. A ratos tenía que dejar la lectura, porque las sienes me palpitaban y sentía como martillazos en el cerebro. Y tornaba a leer.

Fuera por autoflagelación o por diversión, las muchachas mantuanas vivían con avidez las vicisitudes de personajes extraordinariamente buenos o infernalmente malos imaginadas por autores y autoras de diversa catadura. Había en la época gabinetes de lectura, como los de Cabrerizo o José Solves, a los cuales se permitía entrar a las mujeres, ya que a las bibliotecas no.

Aparece la Nueva Librería de un tal monsieur Fernando Hangk en 1843 y, tres años después, La Prensa en su edición del 8 de noviembre anuncia Librería Nueva, de Augusto Sallé. La de Rosa y Bouret habría de establecerse en 1850. El local de Rosa y Bouret fue sucursal de su casa matriz en París (o sea, una especie de franquicia). Su apertura, un suceso: se anunciaba en el Diario de Avisos del 25 de enero de 1850 de este modo:

La casa de comercio de los Sres. Rosa, Bouret y Cía., libreros de París, acaba de establecer una librería española en Caracas, Calle del Sol N° 15, esquina de San Francisco

 

FRANCIA ES EL DIABLO

Introdujo mucha literatura europea, el local de Rosa y Bouret.

Alcibíades invierte varias páginas de La heroica aventura de construir una república en seguirle la pista al comportamiento de la publicidad en los periódicos: Esteban Ponte, competidor de los hermanos Rojas, tomó las páginas de El Independiente, por ejemplo, para promover «la lectura para todos». Pero también se temía por las influencias de la novela francesa en el ánimo de la mujer criolla. Hubo reacciones. En El Federalista, la historiadora descubrió una carta —o la referencia a ella en un editorial— de una dama de sociedad quien, alarmada ante la epidemia que percibía en la ciudad, deseaba anhelosamente ver en las manos de la mujer venezolana «una literatura menos perniciosa que las novelas francesas que hoy es el único alimento ofrecido a la inteligencia tierna de las niñas.»

Alcibíades recuerda, al mismo tiempo, aquel anuncio del gabinete de Cabrerizo aludiendo abiertamente a la prohibición (¿explícita en alguna normativa?) de acceso a las bibliotecas públicas por parte del bello sexo. El anuncio en El Liberal no deja dudas y pone de bulto el filón femenino que desea aprovechar el comerciante poniendo a disposición de las muchachas aquel depósito, que así lo llama. Manifiesta que Cabrerizo dispone de un catálogo impreso que une «lo útil con lo agradable, como es historias, viajes, poesías y novelas, abundando las obras de puro recreo, porque mi ánimo ha sido dedicar especialmente este depósito al bello sexo.»

O sea, que al bello sexo lo que le gusta es el puro recreo.