La canción del retornado

Esta reseña sobre el canario Antonio Rivero Suárez es, más bien, un homenaje al empeño y la perseverancia en un oficio: el del librero. Rivero Suárez vivió 25 años en Venezuela y construyó su propio destino. Regresó a su tierra y continuó construyéndolo

 

Sebastián de la Nuez

La planta baja de la casa número 56 —calle Los Apamates, sector Las Delicias de Sabana Grande— estaba invadida por anaqueles de metal rebosando paquetes de libros envueltos en papel de estraza. Mercancía destinada a la librería y distribuidora Rivero Suárez, distante a unas pocas manzanas. Antonio Rivero Suárez había alquilado la parte alta de su casa a una familia amiga; no la planta baja, reservada como depósito. Aquella planta baja era la propia imagen de una abultada prosperidad.

Se hizo distribuidor de libros y cromos montado en una bicicleta al poco tiempo de haber arribado a Caracas procedente de las islas Canarias en un barco el 27 de julio de 1951. Ni siquiera había sido asesinado Delgado Chalbaud cuando llegó. Encontró una única carretera para subir a la capital, de unos 8 kilómetros de longitud y aproximadamente 360 curvas, según su propia descripción. Se encontró con la vieja ciudad, donde todavía quedaban techos rojos. Vías estrechas, tráfico insoportable. La dictadura de Marcos Pérez Jiménez la estaba transformando; de hecho, la avenida Urdaneta se construyó en apenas tres meses y la zona del este a partir de Chacaíto se amplió con nuevas urbanizaciones. El destino de Rivero Suárez en esta ciudad a más de dos mil millas de distancia de Las Palmas de Gran Canaria —donde había nacido— fue señalado desde el comienzo: su primer trabajo, en la única tienda de deportes de Caracas, lo consiguió a través de su hermano, albañil: quedaba al lado de la librería Lectura en Chacaíto. Era el año de gracia de 1951 y desde la avenida Casanova hacia el sur no se veían sino matorrales o sembradíos. Allí terminaba la ciudad o al menos así la recuerda hoy, a sus 89 años, desde su retiro (parcial) en Gran Canaria.

Estuvo en Venezuela durante 25 años. Regresó en octubre de 1976. Se había casado con una canaria, Carmen: tuvieron dos hijos que ahora trabajan en Canaima, la librería que instaló en la calle Senador Castillo Olivares número 7 de Las Palmas a su regreso. En Venezuela no hizo otra cosa sino trabajar, vender, construir, progresar y ahorrar. Distribuidora Rivero Suárez reaparece en tonos grises en esta foto que tengo ahora entre mis manos, desvaída, donde se asoma una aleta de un antiguo Oldsmobile aparcado enfrente de su vitrina. Todavía existían los parquímetros en Caracas. Antonio posa ante su negocio con la camisa medio por fuera, con cara de no haberse afeitado esa mañana, justo en la segunda transversal de Bello Monte, entre Sabana Grande y la Casanova, a treinta metros de la legendaria pastelería Callao.

Ahora, a sus 89, se levanta cada mañana con el ánimo resuelto a buscar las noticias sobre Venezuela. Lleva el país por dentro en esta isla cuyo mercado de compradores de libros se conoce al dedillo. Varias fotos que le rodean en su pequeña oficina del segundo piso de Canaima fueron tomadas en Caracas o en actos canarios relacionados con Venezuela.

Entre los recuerdos de Antonio redescubro Librería del Este en el edificio Galipán de la avenida Francisco de Miranda, administrada por un matrimonio catalán. El edificio Galipán tiene mucho que ver con la pelea entre la amnesia y el desolvido[1]. Fue una construcción emblemática del modernismo caraqueño de los años cincuenta. Inaugurado en 1952, lo derribó un constructor de centros comerciales a comienzos del siglo XXI. La lucha por impedirlo dio pie para la creación de la Fundación de la Memoria Urbana el 25 de julio de 2000. Al poeta Alfredo Chacón se le grabó  Librería del Este en su imaginario urbano y juvenil, el ámbito espacial de la librería con su oferta estimulante. Recuerda el edificio y le regala un adjetivo, imponente. Y agrega:

—[La librería] era un centro de negocios de la pareja propietaria. La mujer jugaba un papel muy importante: era la cajera. A la hora de preguntar algo, ella estaba allí antes que los demás para responder.

Del otro lado de la avenida, siguiendo los recuerdos de Antonio, el Quiosco del Este administrado por otro matrimonio catalán. Este tarantín cerraba solo los lunes porque sus clientes eran extranjeros que vivían en Las Mercedes, empleados de las compañías petroleras americanas.

Antonio llevaba el gusanillo librero desde temprano. Lectura al lado de su primer trabajo parecía un remache del destino. A los seis meses volvió a Canarias y regresó a Venezuela con un cargamento de novelitas románticas y policíacas. Las vendía a bolívar pero el costo había sido, al cambio, de 25 céntimos cada una. Con el crédito que le dio Editorial Bruguera se trajo de Tenerife dos cajones. No se acuerda a cuánto le salía en pesetas, pero en todo caso en Venezuela obtenía cuatro veces el costo. En ese entonces tardaban en llegar los pedidos cinco o seis meses. Los dos cajones mencionados se los trajo personalmente, como equipaje. Haría cinco viajes en total para traer mercancía. Lo más enojoso no era el trayecto trasatlántico sino, una vez en suelo criollo, la carretera de subida a Caracas. Vendía también barajitas, que distribuía en todos los puestos de revistas desde Petare a Catia y viceversa. Recordaba los nombres de todos los vendedores de periódicos que voceaban sus barajitas.  Un catalán las importaba y Antonio recorría colegios repartiendo álbumes y sobres. Eran cuentos, más que nada.

Comenzó a relacionarse con editoriales sureñas, sobre todo de Argentina.

A finales de 1986, cuando Antonio regresó a Venezuela de visita —se había marchado definitivamente diez años antes—, estuvo en la fiesta de celebración de la Cámara del Libro con todos los asociados en algún club de un centro comercial de Las Mercedes cuyo nombre no recuerda. Su viejo amigo Stephan Gold (propietario de Lectura) lo invitó y fue a buscarlo en su automóvil; lo llevó, al terminar el ágape, de regreso por la noche al edificio donde el canario pernoctaba. Siempre recuerda que el polaco permaneció pendiente en su automóvil hasta que en efecto entró y cerró la puerta del edificio. El temor por la delincuncia ya se había convertido en un acto reflejo caraqueño.

Tino González, con lentes, y Antonio Rivero.

La librería propiamente dicha se apoyó en la eficacia de Agustín González, popularmente Tino, otro canario. Teodosio, su hermano, también trabajaba o había trabajado con Antonio, al igual que el cuñado de Teodosio. Su mujer, costurera, atendía su propio taller situado frente a la librería. De modo que alrededor de la distribuidora se constituyó una especie de red. Se reunían en casa de la familia Jaén Doreste, una de las más queridas de la comunidad canaria en Venezuela. O iban al Club Canario Venezolano. En cuanto a Tino, era un librero por la calle del medio con una mente clarísima. Respondía con seguridad cuando un cliente preguntaba por algún título raro. En la foto aparece, con lentes y a la izquierda, al lado del patrón. La hija de Antonio, Laura, ha heredado ese don supremo y especialmente útil cuando las computadoras no existían o no se usaban como fichero: la memoria fotográfica que te permite localizar un ejemplar en particular, entre el océano de estanterías, sin necesidad de artilugio alguno. Todavía hoy en día los empleados del mostrador, en Canaima, acuden a Laura en caso de duda.

Agustín era un personaje solitario y vivaz. Llevaba la gracia en su hablar canario venezolanizado. Su sangre estaba, al parecer, recargada de azúcar y eso lo mató antes de tiempo.

Antonio recuerda Librería Internacional, cerca de la Cervecería Caracas, atendida por Alfredo León Lupión, quien fuera alto oficial por nombramiento del ejército republicano español[2].

 

 

[1] Este vocablo, acuñado por la escritora venezolana Victoria De Stefano, es una metáfora utilizada en otros capítulos del libro del cual ha sido extraído este texto.

[2] Este relato continúa en un libro en preparación que se llama Oficio de papel.