Las calles de Vegueta

Calle Obispo Codina Nº 4, en Vegueta (foto tomada el 24 de julio de 2017).

Sebastián de la Nuez

Las calles de Vegueta son reminiscencia en estado basáltico con adoquines de cinco siglos y pico, fachadas de roble tachonado, verjas de hierro fundido y esos balcones a los que ya no se asoma nadie. Puede que muchos de los adoquines hayan sido cambiados o maquillados por algún cabildo, por algún ayuntamiento. Ya no se sabe. En Canarias se superponen los niveles de poder local y gobierno insular, y sus facultades para hacer y deshacer confunden al recién llegado (demasiado andamiaje para un par de millones de habitantes entre las siete islas).

Sobre los adoquines circulan coches con sumo cuidado, no vaya a ser que se lleven a un guiri distraído por delante mientras toma una foto o mira, medio lelo, un portón. Los guiris son turistas con pinta más que todo nórdica (pero pueden ser de cualquier nacionalidad). A estas alturas, muchas de esas calles son peatonales o casi: se permiten autos solo excepcionalmente. Son estrechas y sí, deben cargar encima cinco siglos de historia, chismorreo, invasiones, injusticias y miserias. Su particularidad, en función de este texto, es que son recorridas en estos días de julio de 2017 por un caballero que una vez fue niño entre ellas. Salió de allí hacia Venezuela para no volver durante cincuenta años. ¿Qué le dicen estas calles del siglo XXI donde ya no reina el franquismo sino el jazz que auspicia la cerveza Heineken? ¿Le dicen, simplemente, que el progreso es esto, la fundición de arquitecturas coloniales con este ambiente de turisteo cuatro estrellas, más sus simpáticos nativos que hablan parecido a los cubanos? Edificios, ermitas, conventos, iglesias, plazas recoletas o heridas de sol tropical, muros de basalto, ¿se llevan bien con el mercadeo de tiendas artesanales como Kactus, cervecerías y pubs donde se habla inglés y alemán como si tal cosa? En Vegueta hay una Casa de Colón donde el navegante, fuera genovés o castellano, jamás pernoctó: en todo caso anduvo cerca, antes de hacerse a la mar para emprender su particular gesta. Fondeó en esa costa que se ve allá, cualquier día de 1492; arrió velas en las tres carabelas, se pertrechó de víveres y agua; arregló algún maderamen. En fin, debe haber olido este mismo mar, debe haberse entibiado bajo un sol semejante. Gozó de este aire salado que hoy habita la calle Herrería justo antes de marchar hacia las Indias para cumplir su destino. Lo  curioso es que la Casa de Colón se ha ido apoderando de sus aledaños, convirtiéndose en un gran museo y centro cultural y, en un costado de la manzana que ocupa, se yergue la casa —esta sí determinada con exactitud— donde nació el legendario tenor Alfredo Kraus, heredero de Caruso. Memorias de un navegante y un cantante licuadas en el mismo lugar.

Sin embargo, hay cosas más resaltantes en Vegueta, sitio de evocaciones y referencias: las preciosas combinaciones de sustantivos que se echan al vuelo de repente en una esquina. Como la voz pilar de cantería en una placa sobre una pared frente a una placita hoy vestida de escenario y platea para una fiesta de la danza o del teatro:

En esta plaza se erigió a fines del siglo XV la primera iglesia catedral de Santa Ana, después conocida como Iglesia Vieja. A partir del siglo XVIII se instala un pilar de cantería para el suministro de agua. Al finalizar esa centuria se levantó el respaldo de la actual Catedral. El pilar sigue dando nombre a la plazuela.

¿Acaso no es una pieza poética, con personalidad propia, este encuentro sonoro y cristalino a la vez? Como diría el poeta canario Agustín Millares Sall, entre el día y la noche hay un idilio / con nombres y apellidos insurgentes.

 

PRIMERAS LUCES DEL AMANECER

Por encima del ambiente pausado y fresco de este barrio; de sus monumentos conservados intactos o de aquellas edificaciones remodeladas por dentro para dar cabida a una fundación, un ente oficial o museo; tras esos sustantivos que adornan su historia y esos bancos de piedra, todo envuelto en aire que huele a mar muy azul, lo más resaltante, en el contexto de esta crónica, es su voluntad de tiempo amasado a pesar de las concesiones al turisteo: ya lo ha dicho Hermann Hesse, el oficio del poeta —o del cronista, en este caso— no es mostrar caminos sino ante todo despertar la nostalgia.

Se trata a fin de cuentas de un tiempo ido pero no desaparecido: el de la infancia del retornado, testigo y participante.

Cierto: entre esas calles ha vuelto a ver discos en 45 revoluciones por minuto, un gramófono o picó Philips donde sonaban una y otra vez los EP con cuatro canciones, dos por lado. Ha vuelto un cruel cuento, un juego entre hermanos, unos enormes ventanales con hojas de madera (ahora le han parecido más bien reducidos, mire usted las perspectivas de la vida); una vieja que se tiraba peos sin querer. Ha vuelto Defa, una especie de quincalla donde se vendían cochecitos a escala de la colección Matchbox. Aunque Defa ya quedara en otra zona, forma o formaba parte de la carga emocional de Vegueta.

Ha cruzado de parte a parte esa casa del número 4 de Obispo Codina donde había un sable envainado y fantásticamente usado. Sus últimas páginas, no recuerdos, ahora lo sabe, fueron escritas en ese apartamento o piso, como dicen en España, durante aquellos meses que precedieron a su larga marcha venezolana.

Y esta es la historia: el transeúnte retornado que salió de Gran Canaria a los 7 años llegó ahora por el barranco Guiniguada y entró por Obispo Codina, donde dos farmacias compiten despiadadamente una frente a la otra. También hay una tabaquería, una tienda de ropa y un par de sitios con mesitas en la calle: la tasca El Canalla de Vegueta y la cervecería Te Lo Dije Pérez (sic). Del otro lado, la casa del obispo, eternamente clausurada, solemne y gris de piedra el edificio de una sola planta; de un lado de unas escaleras de apenas cuatro o cinco peldaños, un busto de Manuel Verdugo y Albiturría, el primer obispo que tuvo Canarias y que murió en 1816; del otro, uno de Luján Pérez, el escultor.

En la esquina doblas a la izquierda (sin llegar a los predios de la catedral de Santa Ana, imponente y eterna, un poco más arriba en dirección a las Casas Consistoriales, frente a la plaza con los perros de bronce echados) y entras en esa callejuela, San Marcial, donde apenas hay lugar  para Kactus y El Rincón del Lector, una librería de viejo al servicio de una ONG solidaria que exhibe, en su vitrina, junto a unas grandes figuras de madera pintada, un volumen que destaca entre otros por su colorido: Estampas isleñas de ayer mismo.

Sigue caminando el recién retornado pero comienza a invadirlo el tiempo amasado a medida que avanza hacia el centro de Vegueta. Es un proceso emotivo pero también de registro neurológico. O quizás esa explicación sea, nada más, una manera de nombrar que el alma ha sido tocada. Entonces se le asoman por los costados, aleteando, desde los resquicios canteriles de esta tapia o de aquel muro, luminosos y coloridos duendes que creía haber dejado atrás hace décadas. Es como si entrara en una dimensión re-conocida. Junto a los duendes resuenan pasos en la noche, aparecen alfombras de flores por Corpus Christi, el Rolls Royce de un tal Míster Pábila —alguien sabrá cómo se escribiría, pero así se pronunciaba—, aquella víspera del Día de Reyes… Los juguetes son lo más vívido. Han aparecido en la casa del número 4 —el edificio más alto de la manzana, con cuatro pisos— con sus ventanales enormes ante los que un niño flaco y miope se sentaba a ver pasar coches. Esa madrugada los Reyes le trajeron, precisamente, junto a un fuerte de madera con sus indios de plástico para acosarlo a flechazos, un Mercedes Benz monoplaza, prototipo futurista, plateado, cuyo engranaje sonaba como Dios al friccionar sus ruedas sobre el piso de listones de madera.

El padre del retornado, Antonio, ha escrito su propia imagen de Vegueta dentro de un libro que le dedica a Gran Canaria, la isla donde nació; algunos párrafos no le dijeron nada al principio, al que camina por Vegueta en julio, pero ahora comienzan a adquirir sentido. Otros habrán de esperar su turno, como aquel que pone por delante vivencias muy personales del autor:

Vegueta está vacía para quien no haya ido a misa de difuntos en San Agustín o a Santo Domingo; para quien no haya recorrido las estaciones de San Antonio Abad al hospital de San Martín (…).

Al final de ese párrafo Antonio hace referencia a los peces “del estanque de cada patio antiguo, con papiros en el centro” e insiste en que Vegueta permanecerá vacía para quien no haya visto en el brillo de esos peces “el reflejo de algo fugaz y eterno que pasa silencioso bajo los antiguos sillares del barrio”. Más adelante dirá que ayer recorrió las ruinas del pasado y que ha vuelto a lo que el tiempo hizo cenizas:

“En vez de la luna brillaba en las calles una luz trágica (…)”

 

100 PIPERS

Para aquel que se fue con siete años a un país tan lejano como desconocido, hubo, la verdad sea dicha, un efímero retorno previo: unas vacaciones estivales en etapa ya juvenil. En esas vacaciones, su padre y él pasearon a mediodía por Vegueta. En cierto momento, Antonio, el mismo que vio la luz trágica cierta noche sobre este barrio y escribió aquella frase impregnada de desesperanza, invitó al hijo a entrar en cualquier bar —un bar de Vegueta, por supuesto, cerca del mercado— y pidió un whisky 100 Pipers. El sol se había levantado esa mañana con renovados bríos, resplandeciente. El hijo de Antonio pidió, contra su real voluntad, pero sopesando al instante todas las consideraciones de rigor, una ingenua limonada Sweppes… Anotaría, desde entonces, 100 Pipers como su marca favorita escocesa aun cuando jamás perdió de vista —no le importó, desde luego— que no figurara ni de lejos entre las más prestigiosas.

 

ESE MAR DE AFICHE

Las calles adoquinadas devuelven la película franquista hacia atrás pero el retornado sabe, ahora mejor que nunca, que en su particular campana creció ajeno a eso. Quizás apenas lo sufrió, de refilón o rebote, en las aulas de clases de un colegio salesiano donde los profesores, y los mismos curas, hacían demasiado énfasis en ciertas frases como aquella que terminaba alegando que por encima de Franco solo estaban Dios y las leyes… O algo así. También se hacía hincapié en las flagelaciones que los púberes debían estar dispuestos a infligirse (¿por propia cuenta?) tras haber cometido pecado. El pecado era, por lo general, algo que llamaban los curas, en misa o en el aula, tocamiento.

Justo al doblar la calle San Marcial y encontrar la amplitud de Herrería —frente a la entrada lateral de Casa de Colón, con variada oferta de eventos por estos días— está, a mano izquierda, un edificio de dos plantas con una placa que dice:

Aquí se fundó en el siglo XV el Hospital de San Martín, primero que tuvo esta ciudad, el cual permaneció en este lugar hasta finales del siglo XVIII

El primer hospital de Las Palmas.

En Vegueta todo es así: el primer hospital, el primer convento, la primera iglesia en cuyo interior rezan las piedras, como dice Antonio en La isla¹. Viejas losas sepulcrales, ¡cuántas pisadas para ser contadas! De repente suenan seis campanadas que apaciguan, aún más, la tarde marcando el camino ralentizado (amasado, pues) del tiempo con ese tono parsimonioso de los pueblos que duermen la siesta en paz. Al asomarse a la calle Los Balcones desde la Plaza del Pilar Nuevo, el caballero que ha retornado con afanes de recuperar algo —además de la infancia, que en realidad siempre estuvo junto a él— sin saber exactamente qué, divisa al fondo, más allá de las casas y del Centro de Arte Atlántico que anuncia la retrospectiva de Pepe Dámaso, un afiche turístico del mar a todo lo ancho del horizonte atrapado entre los muros al final de la vereda. Apenas una franja muy, muy azul.

Es cierto: siempre estará allí, cuando todo lo demás se haya convertido en arena y ceniza. En él, como dice el escritor, aletea el reflejo de algo fugaz y eterno que pasa silencioso bajo los antiguos sillares de este barrio entrañable en una isla más cercana, al menos geográficamente, a la mítica África que a la España de la Unión Europea y la zona euro.

¹La isla. Antonio de la Nuez Caballero. NACE (Nueva Asociación Canaria para la Edición), Las Palmas de Gran Canaria, 2015.