De Salvador Garmendia sobre Rafael Briceño

Salvador Garmendia, en una foto tomada de internet.

Este texto de Salvador Garmendia —autor, entre otros libros, de Memorias de Altagracia y Día de ceniza—rinde homenaje a la voz de Rafael Briceño, a quien lo unió una larga y enriquecedora amistad. El texto ha permanecido inédito hasta ahora, en manos del hijo de Briceño, José Luis, quien lo ha cedido gentilmente a este blog. Por cierto, Garmendia escribió este artículo pocos meses antes de su muerte, acaecida el 13 de mayo de 2001

Salvador Garmendia

La voz de Rafael Briceño es parte de la memoria viva del país.

Yo diría que  esa propiedad humana, que a todos nos singulariza y nos define, en el caso de nuestro gran actor encierra la entonación justa, el timbre exacto y el color más vital y expresivo que conforman la imagen espiritual y física del venezolano. Es esa imagen del actor, en parte intangible pero llena de carnalidad y presencia, cuyo núcleo se engendra en la entraña del pueblo, a lo largo del tiempo se va introduciendo en  las costumbres, en los modos de  hablar y accionar, en  las inclinaciones y los sentimientos.

Esa es la voz de Briceño, que empezó a madurar junto a los sueños, las risas y las emociones de los venezolanos desde la década de los años cuarenta, cuando la radio llegó a ser  una cátedra abierta  de buen decir, de buen cantar y de sano reír para un pueblo sencillo que se alimentaba de esperanzas y con ella acometía con empeño y confianza el porvenir.

Rafael subió a ese tablado imaginario, se puede decir que en la primera fila desde el principio, a través de ciento y un personajes, que en su voz recorrieron toda la gama de la expresión dramática. A lo largo de varias décadas, Briceño hizo brillar sus condiciones y su elevada formación actoral en el gran teatro y la literatura universales llevados a la radio, tanto como  en la comedia y el sainete vernáculos, donde el habla criolla desplegaba cotidianamente su verdad y  su temperamento.  La radio fue así el gran altavoz que llevó la palabra creadora y el entretenimiento cotidiano a todos los horizontes del país; pero para los soñadores impenitentes como Rafael Briceño, el anhelo superior, el gran llamado y  la  tarea creadora definitiva tenían un nombre que lo reunía todo: el teatro; como si dijéramos la vida misma; porque el micrófono era lo imaginario, el vuelo de la fantasía.

El teatro aún carecía  de una existencia material en Venezuela. No era una carrera para inversionistas; era un reto difícil que contó desde el principio con vocaciones irreductibles y talentos colmados de promesas. Rafal Briceño estuvo a la cabeza de estos pioneros, al lado de otros grandes nombres como Román Chalbaud, José Ignacio Cabrujas, Isaac Chocrón y otros muchos dramaturgos y actores que no me cabrían en la brevedad de esta página, pero que encierran un inmenso significado en la formación cultural y espiritual del venezolano.

El advenimiento de la televisión y los primeros intentos del cine nacional contaron con Rafael Briceño entre sus fundadores y dieron corporeidad definitiva a una carrera y su consagración: vale decir, el sí que otorga  el pueblo mismo. Es el reconocimiento al ejemplo en lo personal y lo social, la honestidad indeclinable en la creación y esa lealtad a los sentimientos y las convicciones  que conforman lo esencial de una vida. Una vida y una obra que son  patrimonio del país, y cuyo nombre y apellido tienen para nosotros la calidez y la hidalguía de la amistad: Rafael Briceño.

Febrero de 2001