13 premios nacionales de Fotografía

Vicente Correale en su apartamento, en agosto de 2016. Muestra una de sus viejas cámaras.

Vive en un modesto apartamento de la avenida Sucre, frente al 23 de Enero. Es uno de los mejores fotorreporteros del país y con esa profesión maravillosa, que se resuelve en un parpadeo de luz, ha levantado una familia. Vincenzo Correale es otra prueba del bien que le hizo a Venezuela atraer a varias generaciones de inmigrantes europeos dispuestos a la aventura

 

Sebastián de la Nuez / Fotos de Oswer Díaz Mireles

Entre las fotos que conserva en Ornella hay estrellas del deporte, iconos de la farándula criolla, artistas, toreros, personalidades de la alta sociedad que hace tiempo desaparecieron de los medios. Ornella es una barbería y, al mismo tiempo, improvisada sala de exposiciones. En sus paredes posa buena parte del país de las décadas pasadas, en blanco y negro y a color.

Las fotografías tapizan el lugar y, si el visitante trepa por unas escaleras, en el trayecto sigue la cosa y arriba también, en una especie de buhardilla, entre cachivaches de anticuario ecléctico. Es una anarquía. Tienen  valor anecdótico, sentimental, sociográfico.

 

LA FOTO Y LA NARRACIÓN

Recientemente, en un foro en Madrid en el cual intervinieron sociólogos y periodistas colombianos, venezolanos y españoles, el presidente de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, Jaime Abello, decía una cosa muy simple en relación a la sobrevivencia del periodismo frente a la proliferación de redes que todo lo dicen en tiempo real:

Las historias que no están bien contadas, se pierden.

Es verdad y quizás eso, tan sencillo, siempre lo ha sabido perfectamente, intuitivamente, Vicente (o Vincenzo) Correale. De hecho, ha ido pegando desmañadamente en la barbería de un barrio humilde trozos de historias, rostros y/o capítulos de ellas. Cada foto, una viñeta o escena; en su conjunto, las imágenes cuentan una Historia mayor.

Eso es periodismo: crónica, semblanza, registro, denuncia. Lo hace —lo hizo siempre, desde el principio— un hombre que se preparó en Italia como barbero a comienzos de los años cincuenta. ¡Como barbero! También fue boxeador antes de meterse a fotorreportero.

 

CUARENTA AÑOS EN EL OFICIO

Tiene a su esposa Nancy, venezolana, con quien lleva casi cincuenta años de casados. Y dos hijos ya adultos que viven, hoy, en el extranjero.

Es la esquina de Guamito en la subida al Manicomio el lugar exacto donde está la barbería; fue abierta en1973. Dentro de su cálida estrechez pueblerina, olor a lavanda varonil, camaradería y amistad. No tiene clientes sino feligreses. Intercambian noticias, esperan su turno de buen humor, recuerdan esa venezolanidad que no se ha perdido.  Parece que quienes entran allí igual pudieran compartir un techo de palma a las orillas de una playa en Barlovento o donde sea. No hay sino cabezas blancas a la espera de que Renato, el hermano de Vicente que desde hace años quedó a cargo, les eche tijera.

Vicente Correale ha acumulado trece  premios nacionales de Fotografía en su currículum, hasta ahora. Es un campeón de la imagen deportiva. Ha hecho su carrera, sobre todo, en El Universal pero en Ornella hay fotos de cuando trabajaba en Sport Gráfico, a las órdenes del popular Carlitos González. Y antes había comenzado en La Religión.

Lo que trepa por estas paredes, hasta el techo, es solo una muestra: la estrella portuguesa del fútbol,  Eusebio; Pascual Navarro, el pintor que se la pasaba por Sabana Grande; Peggy Kopp, una belleza que se ganó el Miss Venezuela en 1968; Pedrito Rico, el cantante español; los boxeadores Betulio González, Alfredo Marcano y Pedro Gamarro (glorias pasajeras); Mimí Lazo «cuando estaba carajita»; el editor Ernesto Armitano, Pelé, Jesús Marcano Trillo, la actriz Lupita Ferrer, el torero Carmelo Torres. Retratos de damas de la high caraqueña para la columna del incombustible Omar Lares («Sprit»). Una máquina de escribir manual Adler sobre una mesa atiborrada de cosas más una ampliadora de las de antes. Una bicicleta que ya no se usa, marca Legagno, de carrera.

Su primera cámara fue una Comet, italiana, con película de 127mm.

Llegó a Venezuela en octubre de 1956 (ver este enlace). Su primer premio nacional de Fotografía lo ganó en 1969. Pero al colegiarse en el CNP, algunos murmuraron: «Hasta un barbero entró en el colegio».

Con el tiempo, el barbero-boxeador demostró de lo que era capaz. Ya lo estaba demostrando. Antonio Hueck Condado, una leyenda del reporterismo gráfico, fue quien lo llevó para El Universal. Venía colaborando con él los domingos.

Vicente Correale, boxeador.

Es cierto: fue boxeador y así se ganó la vida por un tiempo. Era welter junior (63 kilos). En su apartamento, a varias cuadras de la barbería, guarda un trofeo al ganador de la mejor pelea de la noche en el Nuevo Circo, datado en 1959. Su record fue de seis peleas perdidas y tres ganadas. Tenía el tabique de la nariz desviado, eso frustró en parte su carrera entre las sogas. Le sangraba mucho la nariz. Eso y una confesión: cuando subía al ring, no le gustaba.

Amarista, un tipo de dos metros de altura capaz de bajar desde los 76 kilos hasta emparejarse en la categoría de Correale, le salió por sorteo en una ocasión. No estaba capacitado para enfrentarlo pero tuvo que hacerlo, ya no podía echarse atrás. En otra ocasión le tocó pelear con un señor llamado Salvador Escobar, a quien le decían, al parecer no gratuitamente, Matahombres. Correale recuerda y sonríe:

—Me le enfrenté al tipo, cagón como estaba. Le dije a mi entrenador que no se preocupara, que yo le echaba pichón; bueno, el primer asalto lo gané. ¿Por qué? Porque el señor se reía de mí. Sabía que yo no le iba a ganar.

Pero en el segundo llegó  Matahombres, dijo «no sea pendejo» y lo cruzó. No se cayó pero el réferi paró la pelea, por si las moscas.

—Yo estaba ensangrentado, pero no me caí. Le reclamé por qué la había parado, pero tenía razón en pararla. Cuando llegué a la esquina… no me caí porque estaba el asiento pero las piernas no me respondían.

Se retiró de ese asunto del boxeo.

También es cierto que se complicó la vida demasiado joven y tuvo que salir a ganarse la vida, dejando de lado los estudios; cuando trató de rehacer su bachillerato, ya adulto, lo tuvo muy difícil y desistió. Le tenía terror a las matemáticas.

La foto de la tragedia de Vargas.

Las fotos cuentan historias, ya se ha dicho. Aun cuando necesitan un texto, hablan por sí mismas. La foto que tomó durante la tragedia de Vargas la hizo en el parque Naciones Unidas, donde habían congregado a miles de damnificados. La mujer que llora estaba haciendo la cola —para la entrega de algo, quizás de una comida— con la niña en brazos. Al mediodía, de vuelta en la Redacción, mostró un grupo de imágenes al coordinador de Fotografía, Carlos Hernández. Era el 16 de diciembre de 1999. Hernández echó un vistazo y señaló una en particular.

—Esta es la foto.

—Cuidado, porque ahorita hay varios compañeros [del mismo periódico] haciendo fotos allá…

—Aquí no hay más nada que hacer —zanjó Hernández—, esta es la foto. Lo dice todo.

Fue a primera página. En efecto, lo decía todo. No se dio cuenta de lo que valía en el momento en que la estaba tomando; simplemente, había disparado una serie, y en esa serie apareció retratada la tragedia con toda su crudeza y, al mismo tiempo, en toda su compasiva dulzura el gesto de la niña deseando borrar la lágrima de su madre.

Correale se quita mérito, dice que hoy en día la cámara te lo hace todo.

En su caso, dice, debe trabajar atendiendo a la velocidad.

Ya uno se acostumbra. Béisbol, ciclismo, 125, 250… la foto te puede salir movida porque todo es acción… Antes se jugaba mucho con la velocidad y el diafragma. En aquel tiempo [antes de la era digital] las cámaras no eran tan versátiles como ahora. Me acuerdo cuando empezaba, iba al estadio y estaban todos esos jugadores profesionales…

El medio le resultaba intimidante. Todos los recursos fotográficos los debía ajustar manualmente. Nunca fue a una escuela de fotografía. Cualquier duda, preguntaba, sin vacilaciones:

—¿Buscar el rostro o buscar la hazaña?

—Cometí muchos errores porque me fijaba mucho en la cara, en la expresión. Buscaba los primeros planos. Al lector le llamaban la atención los primeros planos. Y yo, claro, mucha gente no sabe… pero trabajar en un periódico, en El Universal, el primer periódico del país…

O sea, eso también era intimidante. El Universal dedicaba amplia cobertura al deporte: de domingo para lunes se le reservaba un sitio destacado en portada y contraportada. El fotógrafo deportivo podía cubrir ocho pautas en un solo día. Tenía la suerte de andar en moto: un maratón que terminaba a las 9:00 de la mañana, luego una carrera de bicicletas, después un evento ecuestre. Y así.

Tienes que conocer cada deporte. Por ejemplo, el deporte ecuestre es aparentemente fácil: un caballo saltando. Pero no puede ser cualquier caballo; y cuidado donde te colocas, porque te puedes poner en un sitio donde el caballo mire hacia otro lado. El béisbol es fácil. Fotografías al hombre bateando.

Se ha llevado varios pelotazos, uno en particular en la rodilla: lo pescó distraído y no vio que venía hacia él. Durísimo, y eso que la pelota ya había picado en el suelo. Hoy en día no es tan peligroso pues los reporteros gráficos están en un sitio resguardado (al menos aparentemente).

Otro asunto es la natación: el nadador casi nunca saca la cabeza porque, si lo hace, corta el agua y pierde más tiempo. A nivel nacional le puedes decir al nadador, después de la competencia, que te haga el favor, que se zambulla un momento y saque la cabeza para tomarle la expresión.

Trucos que se van aprendiendo.

Los entretelones de esta profesión son como para un libro. Fue a Panamá en 1970, a los Juegos Centroamericanos y del Caribe. Fue a las Olimpiadas de Grecia y se asombró de aquella organización en las delegaciones del Primer Mundo. «Eso es todo una máquina». Esa estrella del béisbol venezolano, el grandeliga Oswaldo Guillén, lo trata con familiaridad: «Ah, portugués», le grita el bateador cuando lo ve desde lejos. Arbitrariamente, porque Correale no tiene nada de portugués. En esta profesión te haces amigo de grandes mitos, observas en primera fila sus hazañas y, a veces, sus miserias muy humanas.

De todo eso se alimenta la sabiduría llana de Correale, quien nunca tuvo estudios de bachillerato o los dejó apenas empezados. La verdad es que la emigración, la voluntad de abrirse paso —a golpes, en alguna época—, verse obligado a cambiar el rumbo bruscamente, aprender sobre la marcha, hacerse grande entre los grandes de su profesión: eso es una escuela privada, ruda y sumamente pedagógica. Podría llamarse la Vincenzo Correale  Experimental de Venezuela. No hay algo igual por mucho que otras tengan la aprobación del Ministerio de Educación.

 

VER FOTO DE LUIS HERRERA CAMPÍNS EN ACTO DE VOTACIÓN.