Historia menuda de un gran buscón

Vitrina de Librería El Buscón en Trasnocho Cultural (foto: Giuseppe Di Loreto).

Las historias de librerías y sus clientes fieles tienen, por lo general, elementos literarios: o sea, opera la contaminación mutua gracias, seguro, al medio ambiente. Esa relación quizás esté marcada por cierto grado de irrealidad. Un buscón es un ser especial, vamos a estar claros. Una especie de cronopio a lo Julio Cortázar que husmea anaqueles en busca del libro perdido. Siempre será cierta esta aseveración de la escritora Cristina García Garza: «Uno va a la librería por lo que busca pero sobre todo por lo que no sabe que busca»

 

Sebastián de la Nuez

Los buscones compiten entre ellos. Un eterno rival de Felipe Márquez Brandt ha sido, y es todavía, Alejandro Rodríguez. Ambos se miraban de reojo en la gran sala de Librería Soberbia situada entre las esquinas de Puente Yánez y Tracabordo (una vez abandonado el segundo enclave en la avenida La Industria). Alejandro tenía recursos y muy buenas relaciones con Queta y Ana María, quienes le apartaban folletos raros y libros que Márquez Brandt también deseaba con fruición. Esa rivalidad todavía puede olisquearse de vez en cuando en El Buscón, o al menos así piensa Katyna Henríquez.

De esta clase de cronopios lanzados en vertiginoso afán sobre los anaqueles de una librería de viejo se han nutrido locales de Caracas y han quedado como iconos de un tiempo y un modo de gozar la ciudad. El español José Encuentra también ejercía de buscón, pero este sobre todo en Librería Suma, del canario Raúl Bethencourt.

Los buscones son insaciables y con sus pezuñas largas no hieren a nadie; por lo general muestran ojeras, ojos de búho insomne.

Alejandro es, quizás, el más fiel cliente que tuvo Soberbia jamás. No es un intelectual. No es un académico. Es un coleccionista de objetos encantado por el pasado. Su memoria es un potente disco duro escondido en un cerebro esponjoso. Recuerda a la perfección su primera vez en Soberbia.

Fue en agosto de 1978, qué te puedo decir, lo recuerdo como si fuera ayer y ya han pasado como treinta y seis años. [Soberbia] ocupaba un local en un edificio, como que era de la familia, donde está hoy el Sambil invadido en La Candelaria. Yo solía atravesar como quien va hacia los lados de la Cruz Roja, donde todavía hay un depósito de cachivaches. Allí iba a buscar cualquier cosa. Pasé un mediodía y vi su vitrina con libros sobre orquídeas, flores…

Cuando entró aquel primer día faltaban apenas treinta minutos para cerrar. Quedaría insatisfecho, solo podría ver una pequeña parte y no hallaría, seguro, lo buscado. ¿Y qué buscaba, si en realidad se dirigía a un depósito de cachivaches aledaño a la Cruz Roja? Soberbia simplemente se le había atravesado en el camino. ¡Ah! El buscón, el verdadero e insaciable buscón, siempre tiene algo pendiente. En este caso, Crónica de Caracas, la publicación del extinto concejo municipal. Con esa excusa se quedó un buen rato hasta que las hermanas lo despacharon. Según Alejandro, hay algo que jamás posponían: la hora del almuerzo.

De allí en adelante, al mediodía o en la tarde, terminaban por desalojarlo. Cuando estuvimos conversando en el café Soma del Trasnocho Cultural (2014), trabajaba como administrador en Locatel. Debe seguir trabajando allí. Es un hombre consecuente en su rutina, en sus costumbres. Es probable que siga allí aun cuando todo alrededor se esté derrumbando en esa ciudad. Alejandro nunca se ha acercado al mundo de las letras desde una perspectiva académica pero, si fuera a establecerse una asignatura hecha a su imagen y semejanza, debería denominarse Historia de la Imprenta en Venezuela desde una Cartografía Empírica.

Cuando insistí en preguntarle por lo que buscaba esencialmente, respondió luego de pensárselo un poco:

Es como meterse en el tiempo, en la época del libro. Imagino que eso no lo dan la ilustración o el texto sino un conjunto de elementos: la encuadernación, incluso la textura del libro, su olor…

Se lanzó a enumerar las maravillas de la tipografía: El Cojo Ilustrado, El Comercio —existió durante más de cien años y producía ediciones espectaculares— y Tipografía Americana.

Es un poco de todo. Pero ciertamente me gustan más los libros ilustrados que los de texto, por aquello de que no soy buen lector. Me gusta meterme más en el tiempo a través de las imágenes.

Cuando Soberbia se mudó, hacia 1980, desde la avenida La Industria al edificio Dillón, Alejandro subía a la planta alta, al depósito, y se ensimismaba hasta que las horas se le borraban. Durante Navidad o Semana Santa, allí se encerraba. El edificio todavía existe y da tristeza de lo rancio y desvencijado que está. Le pregunté a Alejandro si se consideraba un coleccionista y él me dijo que sí, aunque un poco desordenado:

No sé si soy acumulador de libros o de papeles pero un poco [todo esto es] para tener la historia en la mano, como dicen algunos: el mundo en sus manos. Lo mío es la historia en la mano pero le he perdido un poco el control, realmente. La inquietud la llevo por dentro, no sé hasta dónde.

Katyna Henríquez intervino en esta conversación con toda la razón de su experiencia vívida. Ella fue el puente para este descubrimiento de un personaje sin igual. Fue ella quien lo convocó esa tarde y me lo presentó. Katyna lo conocía bastante como cliente pero tenía hambre de más información sobre este entrañable personaje. En el transcurso de la charla que sigue deberá el lector tomar en cuenta que el local de Katyna se nutrió, en buena medida, con los remanentes de Soberbia, que cerró o estaba por cerrar cuando El Buscón comenzaba.

 

LA CONVERSACIÓN

Katyna: ¿Qué estudiaste, Alejandro?

Alejandro: Un año de Administración en la Católica cuando empecé a trabajar en la fábrica de cemento. Después, en la Central durante dos años, Historia. Luego, en un ir y venir, Administración de Personal.

K: ¿Por qué no tomaste ese rumbo de las letras y lo combinaste con Administración?

A: Estaba enamorado de lo que hacía, que no es ni más ni menos que lo que hago hoy en día en Locatel; pero además era la ventaja de trabajar medio tiempo y tener, en el centro, para dónde agarrar a caminar, digamos, hacia los libreros de Bolsa a Padre Sierra y los que se ponen debajo del puente de las Fuerzas Armadas después…

K: Hay un cuento muy bello: cuando yo entro aquí [se refiere al momento de instalar El Buscón en el Trasnocho], Felipe y Alejandro tenían un pique porque, como eran los dos clientes estrellas de Soberbia, tenían los mismos ojos atentos para ver las joyas y a veces coincidían el mismo día, veían algo, y el que llegaba primero… ¡Eso era a muerte!

A: Me pasó en la Plaza de los Museos: el Museo de Ciencias ponía un mercadito de cachivacheros y uno de los señores, que yo conocía, tenía una edición sobre Venezuela muy rara, un libro de viajes traducido al español de una francesa que estuvo acá. Esa francesa tuvo dos hijos que se relacionaron con la navegación fluvial. Entraban y salían por Ciudad Bolívar e hicieron un libro en los años veinte. Ella relató sus viajes. Era una vieja edición de 1886 y me dije: «Tengo que encontrar ese libro». Después me enteré que Felipe había ido desde su casa en San Bernardino a la Plaza de los Museos a buscar ese libro para comprarlo, ¡qué te puedo decir…! He perdido ediciones por confiado, porque las dejo apartadas…

K: ¿Dónde se conocieron?

A: Nos conocimos en Soberbia, creo. Hay cierto parentesco porque el esposo de una tía mía era sobrino de un tío de él [de Felipe Márquez Brandt]. No había mucha familiaridad pero sí afinidad con el tema de los libros; aunque Felipe es mucho más cuidadoso que yo, incluso él me regañaba cuando le ponía mis iniciales a los libros… No sé, se las ponía no para control sino como posesión. Un poco posesivo de mi parte.

Sebastián: ¿Coleccionas otros objetos?

A: Desgraciadamente sí, carritos Matchbox, que costaban dos bolívares antes. Soy perdido con los carritos. Afortunadamente el Museo del Transporte tiene una feria de corotos con un montón de cosas y allí he encontrado algo.

 

MAMA, TENGO UNA LÁPIDA EN MI CUARTO

Es caraqueño pero siempre anda buscando información sobre su familia, sus antepasados alemanes llegados a Venezuela a mediados del siglo XIX. Contó que Valentín Espinal es su tátara-tátara abuelo. Precisamente en el catálogo La imprenta como origen del diseño gráfico en Venezuela, publicado  para una exposición de 1996, Márquez Brandt describe a Espinal como el más notable impresor del siglo XIX en Venezuela. Por otra parte, el padre de una tía política de Alejandro, Jesús María Herrera Irigoyen, fue uno de los directores de la tipografía El Cojo. Alejandro cree que su afición por las cosas viejas viene de familia pues una abuela era recolectora de todos los recuerdos habidos y por haber.

A: De hecho, entre las cosas que rescaté de casa de mi abuela hay una lápida de un hijo de Valentín Espinal que, supongo, murió en Nueva York. Era impresor, tenía una imprenta que se llamaba «Carlos Espinal» y debe haber sido internado allá, en Nueva York, en 1897. Mi abuela tenía debajo de su cama esa lápida de mármol grabada por alguien famoso de la época, no tiene nada de particular, y yo como sea debía llevármela. Me la traje y mi mamá me decía que no iba a meter eso en su casa; pero tengo más de veinte años con la lápida allí. También colecciono estampillas, monedas y cajas de creyones. Me fascinan los colores, qué te puedo decir. Acabo de comprar un par en el colegio San Ignacio a un precio de regalo porque están desaparecidos del mercado y valen una fortuna los Prismacolor.

K: ¿Dónde colocas todo eso?

A: Ay, hija, ese es el problema, ¡dónde! Tengo unas estanterías metálicas, gavetas y clósets; o sea, mi cuarto, que debería ser cama, mueble y ropa, es libros por allá, por acá, mapas colgados, cuadros. Algunos cuadros que se me antojaron en algún momento.

K: Pero tu mamá ha entendido esa afición.

A: Mi mamá dice a veces que son cosas de loco y me ve como si estuviese en esos programas que pasan por DirecTV de coleccionistas compulsivos. Es algo así como automático, algo que me atrapa. Me pasaba horas y horas en Soberbia, compraba a veces ediciones que ni remotamente me imaginaba que iba a comprar. A veces me pregunto para qué las compré, pero hoy en día valen mucho más, ciertamente, aunque sea el más insignificante folleto.

S: ¿Me puedes dar algún ejemplo?

A: Digamos que las ediciones de Valentín Espinal, Tomás Soltero, los impresores del siglo XIX… En el mismo edificio donde trabajaba antes había un bufete de abogados que no había sido modificado en años. Todo lo que había allí, hasta los libros y los equipos de oficina, era de los años cincuenta o de los sesenta. En 1981, cuando veo que estaban sacando bolsas y bolsas para un camión a la entrada del edificio, se me ocurre bajar al sótano. Veo tarjetas viejas de navidad y ahí es cuando se me prende la chispa. Busco entonces arriba, en el bufete: no habían botado todo pero sí mudado todo.

En el piso vio un reguero de ediciones jurídicas, grandes volúmenes sobre barcos mercantes. Se hizo de una gran cantidad de folletos y ediciones: algo lo llevó a Soberbia, otras cosas se las quedó.

A: Basta y sobra que haya un plano de unas tierras en disputa en Maracay o mencionen un caso curioso de un divorcio, o un asesinato en Caracas en el siglo XIX, para que yo guarde el folleto. Y así: libros informativos, guías telefónicas, guías de Caracas. Cada vez que se me atraviesa una guía la compro, aunque la tenga repetida. Son muy escasas. ¿Quién guarda hoy en día una guía telefónica del año 67 o del año 31? Eso fue un regalo de la Fundación John Boulton cuando se mudaron de El Paraíso a la torre El Chorro. Dejaron un montón de ediciones curiosas en el piso de esa casa… No me alcanzaron los dos brazos.

K: Hoy en día, además de El Buscón, ¿cuál otra librería frecuentas?

A: Me metí el otro día en La Pulpería. Tenía meses que no me metía y aquello era una locura; te pierdes, la conoces por fuera pero por dentro es algo increíble, no sé cómo hacen con los bomberos y el doctor Castellanos porque allí, si te agarra cualquier contingencia… Tiene indicaciones, salida para allá, qué se yo, pero te pierdes después de todo. Primero busqué lo que aparté hace cinco años, lo escondí en un rincón entre un par de estanterías.

Luego revisó una sección dedicada a Caracas y comenzó a llenar otra vez el agujero, refiriéndose al escondite donde guarda aquello que no puede llevarse en el momento.

K: ¿Eso haces en El Buscón también?

A: No lo puedo hacer. Lo hice una vez y me descubrieron: en el mesón, en la parte de abajo, cuando te pusiste [se dirige a Katyna] a pensar y preguntaste qué raro, quién habrá puesto todos estos libros aquí…

K: ¡Aaaahhhhh, yo los saqué!

Cuando Alejandro volvió por el local se dio cuenta desde afuera, es decir, a través de la vidriera: «Coño, no está el montoncito.»

K: O sea, cuando yo vea un libro por ahí fuera de lugar…

A: Fui yo [risas].

Alejandro siguió siendo amigo de las hermanas Pardo luego del cierre de Soberbia. Tanto ha sido así que, con la crisis de medicinas e implementos terapéuticos, le buscó en su momento la andadera a Enriqueta (quien falleció hace unos meses, en 2017). Nos relató detalles de una relación afectuosa, más allá de la mera cercanía entre proveedor y cliente.

Alejandro forma parte de la raza de los buscones, bichos algo raros. No pude evitar recordar, cuando transcribí de la grabadora aquella conversación en Soma, una frase de Álvaro Mutis:

Todo lo que he escrito está destinado a celebrar, a perpetuar ese rincón de tierra caliente del que emana la sustancia misma de mis sueños, mis nostalgias, mis temores y mis dichas.

Todo el mundo debe tener un rincón así, unas coordenadas, unas paredes, unas cartas ajadas y cachivaches: muchos, medio inútiles. Un rincón propio de tierra caliente, aunque no sea tierra de verdad sino parqué o linóleo. O unas estanterías. Ese cuarto de Alejandro en un apartamento de Las Mercedes que comparte con su madre (no lejos, por cierto, de El Buscón), es su propio rincón de tierra caliente donde celebra el eterno retorno. Quizás lo resguarde del mundo externo, por lo general hostil, nada hospitalario.