Proeza de actor en noche de estreno

En la noche del homenaje: de izquierda a derecha Isaac Chocrón, Henry Sakka, Tania Sarabia, María Cristina Lozada, Rafael Briceño, Fausto Verdial y José Ignacio Cabrujas.

Para un dramaturgo, la inminente  suspensión de su obra en la noche del estreno debido a la ausencia de un actor es un hecho inolvidable y, quizás, traumático. Al escritor y pintor César Rengifo le sucedió eso cierta vez, y allí estuvo un actor con una gran capacidad de improvisación para salvar la noche. He aquí una nota que junta el segundo festival teatral que se llevó a cabo en el Teatro de La Comedia, el estreno de Sagrado y obsceno y la historia de una gran amistad entre Rengifo y Rafael Briceño

 

José Luis Briceño R

El dramaturgo Cesar Rengifo pasó por esta experiencia de vértigo el 23 de mayo de 1961 en el estreno de su obra Lo que dejó la tempestad. En 1980, casi veinte años mas tarde y faltando seis días para su muerte, decidió contar, desde el escenario del teatro Municipal, los detalles de esta improvisada proeza.

El país estrenó nueva Constitución en 1961 pero entró en un ciclo de atentados con explosivos, secuestros e intentonas golpistas por parte de sectores militares y civiles que  buscaban derrocar al presidente Rómulo Betancourt e imponer por la fuerza en Venezuela un modelo comunista de sociedad al estilo cubano.

La ola de rumores sobre golpes e insurrecciones no incide en los planes de la Federación Venezolana de Teatro, la cual inaugura el 27 abril, con el patrocinio de ProVenezuela y el Concejo Municipal de Caracas, el Segundo Festival de Teatro Venezolano.

La sede del Festival y centro del movimiento teatral era el Teatro de La Comedia, ubicado en el lugar en el que hoy se encuentra el Hotel Alba. El alquiler de la sala corría por cuenta de la  Dirección de Cultura del Ministerio de Educación. “Los grupos disponían de espacios para ensayos a un costo accesible”, recuerda el crítico Rubén Monasterio, autor de Un enfoque crítico del teatro venezolano.

Abril, mayo, junio y julio fueron meses de estrenos para escritores como José Ignacio Cabrujas, autor de Los insurgentes; Gilberto Pinto, director del teatro El Duende y autor de El rincón del Diablo; Elizabeth Schön, Melisa y yo; Pedro Barroeta, La farsa del hombre que amó dos mujeres; Luis Peraza, Reciedumbre; Alvaro Gómez, Regina; y Vicky Franco, Sesgo.

La clausura se llevó a cabo el 20 de julio en el Ateneo de Caracas con la obra de Isaac Chocrón, Una mínima incandescencia: actuaban Esteban Herrera y Berta Moncayo bajo la dirección de Horacio Peterson y la escenografía de Guillermo Zabaleta.

Escena de “Sagrado y obsceno”.

Sagrado y obsceno, escrita y dirigida por Román Chalbaud con el grupo Alfil, había sido la obra escogida para la inauguración. El elenco: Margot Antillano, Carlota Ureta Zamorano, Eva Blanco, Rafael Briceño, Jesús Maella, Edgar Jiménez, Luis Pardi, Arturo Calderón y Rolando Peña.

El argumento de la obra, apunta Monasterios, alude directamente a la política represiva del Gobierno y “se orienta a desmitificar una sociedad oficialmente próspera y democrática dentro del submundo del hampa con un toque de erotismo morboso”. Cumplido su tiempo dentro de la programación del Festival, pasa al teatro Nacional donde Sagrado y obsceno es blanco de la represión que denuncia. La Inspectoría de Espectáculos  la suspendió atribuyéndole supuestas faltas a la moral pública.

En Lo que dejó la tempestad, César Rengifo utiliza como excusa un acontecimiento de la Guerra Federal para denunciar la situación política presente del país y hacer un explicito llamado a la lucha armada, recuerda Monasterio en su ensayo. El primer acto transcurría tal y como lo esperaba su director Humberto Orsini pero el miedo típico que acompaña a los autores en  la noche de estreno se mantenía activo, alimentando en Rengifo un mal presentimiento.

 

MUCHOS AÑOS DESPUÉS

A las ocho de la noche del 27 de octubre de 1980 se apagaron las luces del Teatro Municipal. Un reflector iluminó el escenario y apareció  la figura del actor Rafael Briceño, vestido de Juan Vicente Gómez, el personaje de la televisión más popular del momento.  Después de unos segundos de aplausos Briceño dijo:

—¡Chito! Quiero agradecer en nombre de la patria a las autoridades del Conac por el bonito programa que le hicieron a mi socio Rafael Briceño en ocasión de sus cuarenta años de cómico chusco, y que fue hecho en la imprenta de La Mulera. Como se verá, muy poco ha pasado en la cultura de este país después de mi  muerte. Reciban un pico.

Con la ovación del público se dio inició al programa pautado. El repertorio escogido por el maestro Luis Morales Bance, director de la orquesta Solistas de Venezuela, incluyó una pieza de su autoría titulada Danzas y vigilias, un preludio de Bach y el estreno mundial de Los tres cuadros de Anita Pantin de Juan Carlos Núñez.

Para la segunda parte, Briceño apareció nuevamente en el escenario  e interpretó textos de Shakespeare, Arthur Miller, Román Chalbaud, José Ignacio Cabrujas, Isaac Chocrón y César Rengifo.

Al final, Cesar Rengifo apareció en el escenario y leyó quizás lo que fue su último texto, contando las emociones de una noche de estreno, de 1961 cuando se escenificaba por primera vez Lo que dejó la tempestad durante el Segundo Festival de Teatro Venezolano. Dijo Rengifo sobre aquella otra noche:

—Entre  los espectadores y muy cerca de mí se encontraba el actor Rafael Briceño. La obra se había iniciado entre nervios, preocupaciones y angustias, no solo por ser día de estreno sino por algo más grave: el actor que debía hacer el papel de Ezequiel Zamora no había llegado al teatro ni se localizaba en parte alguna. Bajo esa tensión concluyó el primer acto. Sonó el primer timbre para el segundo acto, todo era  inquietud y expectativa tras el telón.

Siguió Rengifo narrando el clima de desmoralización detrás del telón; sin la escena de Zamora la obra no podía ser entendida y quedaba comprometida no solo  ella sino todo el festival. Sonó el segundo timbre y la situación era igual de apremiante. Rengifo, presintiendo el derrumbe, salió rápidamente del teatro para no escuchar la lamentable explicación que, sin duda, tendría que dar el director.

 

MIENTRAS TANTO

Mientras los más atormentados pensamientos pasaban por la cabeza de Rengifo, Rafael Briceño, al  notar que algo andaba mal, abandonó su butaca y se metió detrás del escenario. Conversó con el director, Humberto Orsini, y se enteró de que Fidias Elías, el actor que representaría el papel de Ezequiel Zamora, no había llegado. Y cuenta el propio Briceño muchos años después, a Eduardo Fuenmayor en su libro de El ausente que voy siendo:

—Después de escuchar la explicación callé un segundo y le dije a Humberto: “Yo hago el papel”. En otras compañías teatrales con las que había trabajado, sobre todo mientras estuve de gira por Latinoamérica, me había tocado sustituir a algún actor a última hora.

La diferencia era que para esas ocasiones particulares se contaba con un apuntador, figura ya en desuso para los años sesenta del siglo XX. Continúa Briceño:

—No obstante en aquel momento recordé haber visto entre el público a un excelente apuntador con el que trabajé tiempo atrás. Lo llamaban Torito. Envié a alguien a buscarlo. Comencé a vestirme y cuando Torito llegó al camerino le dije: “Cuídame como a tu madre, porque ahora soy un prócer  de la patria”.

Agrega Briceño:

—Mientras yo me ponía la casaca y terminaba de maquillarme, él iba  pasándome la letra, explicándome las entradas de cada escena: leía y yo repetía (para ese entonces estaba joven y memorizaba los textos con gran facilidad). Cuando aprendí el acto le dije: “Déjalo hasta aquí. Al finalizar el segundo acto venimos y repetimos el procedimiento”. Sonó el timbre, se levantó el telón y salí.

Por su parte, César Rengifo, cuando ya había avanzado más de una cuadra, sintió que un joven corría hacia él llamándolo mientras le anunciaba que el acto había comenzado.  “¿Llegó el actor?”, preguntó. “Creo que sí”, le contestó el joven.

Regresó presuroso a la sala. En efecto, el segundo acto ya transcurría bajo un efecto violento de grises, amarillos y oscuros. En escena, Ezequiel Zamora, fulgurante, dialogaba enérgico y tenaz con Brusca, la Rompefuegos. Estaba perplejo. ¿Por dónde y cuándo había llegado el actor perdido? ¡Pero no era Fidias Elías quien hacía el Zamora!

—Agudicé vista y oídos y con asombro adiviné, más que descubrí, que en escena y frente a Brusca, estaba Rafael Briceño, el mismo que veía la pieza minutos antes desde una butaca.

Afirmó Rengifo que Briceño encarnó el papel de héroe federal con dignidad y brillantez. Gracias a él el espectáculo y el festival pudieron continuar.

Ese es Rafael Briceño, sustancia de teatro por todos los costados.

—César —le dice Briceño a Fuenmayor— murió seis días después de aquel encuentro, el 2 de noviembre de 1980. Fue un amigo incondicional: se me paraba una mosca y le pegaba un tiro, me defendía a capa y espada. Nunca hubo para él otro actor como yo.

 


Para el tercer acto de Lo que dejó la tempestad, Briceño repitió la fórmula empleada con Torito. Luego salió a escena y terminó la función. Al caer el telón sonaron los aplausos. “Al final, César se metió tras bastidores para felicitarme. Fidias, quien había llegado después del segundo acto, intentó excusarse pero César estaba demasiado molesto para escuchar pío”: “Lo lamento pero el papel es de Briceño”, fue la respuesta del dramaturgo.

El destino del Teatro de La Comedia se decidió tan pronto terminó el Festival. Una medida judicial desalojó a la Federación Venezolana de Teatro de la sala. “Sus ocupantes”, comenta Rubén Monasterio en su libro Un enfoque crítico del teatro venezolano, “salieron, y no es ninguna metáfora, con las tablas en la cabeza y vigorosamente estimulados por la policía”.

El teatro fue ocupado por la actriz Natalia Silva, quien intentó estabilizar en la sala una compañía de teatro comercial con una programación de comedias ligeras.  No tuvo éxito y después de un tiempo, la sala, que jugó un papel clave en el desarrollo del teatro a principios de los años 60, cerró sus puertas y posteriormente fue demolida. El movimiento teatral quedó por un tiempo dando tumbos y a la deriva.