Las tardes con eñe

Manuel Vicent en enero de 2013. Foto de Juan Manuel Prats tomada de internet.

Una pléyade de estrellas de la edición, la literatura y el periodismo ha desfilado en estos días por el Círculo de Bellas Artes, en tardes de sol y noches frescas. He aquí una reseña de la conversación sostenida este sábado entre Manuel Vicent y su colega Raúl del Pozo sobre periodismo y literatura, años setenta y presente, Guerra Civil y diálogo. Cataluña y populismo barato

 

Sebastián de la Nuez

Reconoces el edificio del Círculo de Bellas Artes porque, viernes y sábado, una larga fila de gente da la vuelta a media manzana: es la fila de quienes desean subir en ascensor, previo pago de 4 euros, a la terraza, con el loable fin de tomarse una copa de vino o una caña y observar, de paso, la maravillosa vista que ofrece esta atalaya sobre el centro de Madrid.

El Festival Eñe, que “nació para ser una fiesta de la literatura” —y de paso vender libros en abierta connivencia con librerías y editoriales—, no llega a la terraza sino que se centra en la planta 2 aun cuando también hubo eventos de este festival en las plantas 4 y 5. La 2 alberga varios espacios para el encuentro y la exposición de editoriales. El sitio principal es, entrando a la derecha luego de subir unas amplias escaleras con balaustrada de mármol, el teatro Fernando de Rojas. Fue allí donde se reunieron este sábado dos epígonos del columnismo de pelo muy blanco y lengua muy afilada: Manuel Vicent, conocido por sus artículos en El País, y Raúl del Pozo, quien cuatro veces a la semana acapara la contraportada del diario El Mundo. Amigos desde hace décadas, se consideran a sí mismos supervivientes de una época que ya es memoria y quizás nostalgia; no habían estado juntos, hasta ahora, conversando sobre estos temas de tanto interés para los profesionales del periodismo latinoamericano (pero la única alusión a América Latina fue cuando uno de los dos mencionó, de pasada, a Gabriel García Márquez). Una hora de intercambio verbal y la moderación del periodista Antonio Lucas.

 

ENCONTRARSE CADA DÍA

Juan Luis Cebrián empujó un día de mediados de los setenta a Manuel Vicent en dirección al Congreso de los Diputados bajo una premisa sencilla: “Vas allí y te paseas; luego, sueltas lo que quieras”. La libertad total, que es la libertad ideal. Fue y se encontró con un preciado lugar donde habrían de coincidir, con el tiempo, los comunistas y los franquistas: el bar. Al principio no pues Carrillo, Dolores Ibárruri y los demás comunistas lo consideraban un sitio demasiado frívolo para su vetusto gusto. Pero después no; después se entusiasmaron y comenzaron a ir, y las cosas fluían mejor. Exclama Vicent:

El primer día que entró Carrillo y se encontró con Fraga: ¡eso es inolvidable! Para alguien que era periodista y que deseaba ser escritor, estar ahí, en esa fuente de actualidad, era una joya.

Hubo más: el paso desde la soberbia ignorancia al tímido pero cordial saludo del falangista Blas Piñar frente a su enemigo el diputado vasco e izquierdoso Bandrés, quien se sentaba a cuatro escaños de él en el grupo mixto. Tras varias semanas ya Blas Piñar, siempre el primero en llegar, hacía algún gesto que delataba apenas consentimiento ante la presencia enemiga; al cabo de seis meses ya se levantaba para saludarlo, aun tímidamente.

Juan María Bandrés Molet, abogado, fue senador de las Cortes Constituyentes en 1977 y diputado por el partido Euskadiko Ezkerra desde 1979 a 1989. Blas Piñar López, por su parte, era jurista, editor y escritor de extrema derecha cuya trayectoria política se identificó plenamente con el franquismo.

Vicent destacó todo el tiempo, al hablar de sus comienzos como cronista parlamentario, las oportunidades de conciliación que ofrece un espacio físico común cuando en él coinciden polos opuestos. Incluso, sentarse a la mesa a la orilla de un café para despachar graves asuntos de discrepancia se vuelve algo posible.

Si el diálogo se hubiese dado entre Gil Robles e Indalecio Prieto en 1936, quizás otra habría sido la historia. Dice MV:

No se saludaban en el pasillo, durante el Congreso de la Segunda República. Si hubieran tomado café, sentándose a dialogar, una vez o dos veces, no hubiese habido Guerra Civil.

Les preguntó el moderador acerca del periodismo como género literario y Vicent puso una imagen muy clara: aquella en donde, en una mesa de Redacción, un periodista va a escribir una palabra y duda. O, mejor que una palabra, duda entre un adjetivo y otro. Esa duda, esa búsqueda por la mejor palabra posible, lo hace acercarse al escritor. En cambio, el que está todo el día dale que te pego al teclado sin mayores preocupaciones sino llenar su página, puede ser periodista pero no escritor.

Para Raúl del Pozo, escribir un artículo es escribir una historia, contar lo que se sabe y hacerlo antes que nadie. “Para mí un artículo es una historia de 450 palabras, y siempre es así. La diferencia con el periodismo es que se debe contar lo que se sabe en el menor tiempo posible y dejándose llevar por la música del idioma, con las más bellas palabras”.

Ambos diferencian periodismo duro y puro del de opinión, llamándolo columnismo. Vicent, incluso, habla de columnismo como género literario. Antes de los años setenta lo practicaban aquellas personalidades externas, no involucradas en el periódico, a quienes se les invitaba a dar su opinión. “Toda la generación del 98 está en los periódicos: todo Ortega y Gasset, absolutamente todo, está en los periódicos de su época en forma de pequeños ensayos. Valle Inclán también. El columnista, pues, venía de afuera”, dice Vicent.

A partir de los años setenta, surgen los columnistas-periodistas, quienes se ganan su prestigio cubriendo fuentes o haciendo entrevistas y de allí pasan a tener columnas. O, como dicen en España, firmando arriba.

Pero claro, las cosas cambian, las redes sociales e internet en general han trastocado el mundo de las comunicaciones masivas. “Ahora todo el mundo es periodista”, dice MV. Es cierto. “Todo el mundo lo ve todo”, agrega, aludiendo a las facilidades de la telefonía móvil para grabar vídeos en la calle o en cualquier sitio, a toda hora, en cualquier circunstancia. También es cierto. Y una tercera cosa dice MV como síntoma de los tiempos presentes:

Pensamos digitalmente. Es el aparato el que nos enseña a pensar.

 

CASO CATALUÑA

Luego hablan del populismo y del caso Cataluña. Se reprocha el mismo Raúl del Pozo, y se lo reprocha a la sociedad en general, no haber estado más atento ante estos brotes de nacionalismo.

¿Es posible el diálogo a estas alturas?, insiste el moderador. Pues hay dudas en ambos interlocutores. Desconexión, odio, quiebra social en el seno de la sociedad catalana: todo eso se ha acumulado y significa que el asunto va para largo. Esa quiebra se relaciona con las amistades de todos los días, incluso brota en las relaciones interfamiliares. Recuerda Manuel Vicent una anécdota en la plácida zona de Baden Baden, víspera del comienzo de la Primera Guerra Mundial. En un balneario, con bellos jardines alrededor, la gente bailaba un vals. Era el día en que se supo que Francisco Fernando, archiduque de Austria, había sido asesinado en Sarajevo. Sin saber por qué, en medio de esa felicidad, esa gente que bailaba y se saludaba cortésmente comenzó a odiarse entre sí. La fiesta acabó en una escabechina.

Remata con pesimismo Raúl del Pozo:

Ahora hemos llegado muy tarde.

Añade que «a esto habría que haberle salido al paso mucho antes». Le preocupan esos señoritos en coches oficiales que, aprovechándose de los fondos del Estado, han fraguado una conjura contra ese mismo Estado. Pero más le preocupan los chicos y chicas que ha visto en las plazas barcelonesas mirando como si esperaran la llegada del Salvador, y que muchos hayan creído perfectamente posible jugar a la república catalana, y quizás sea posible pero «este no es momento de independentismos sino de velar porque se cumplan las leyes». No es cosa metafísica ni del nacionalismo español sino de una posibilidad peor [un desenlace violento].

Han creado una utopía tramposa.

 

En esta noche del Círculo con eñes por doquier, Del Pozo y Vicent declararon públicamente su amistad magnífica a pesar de la distancia que ponen sus respectivos periódicos, siempre celosos uno del otro.

Nadie como los españoles para armar un jaleo anual a favor de una letra; nadie como ellos para gritarse cosas horrendas a través del columnismo, o de los micrófonos, o armar una utopía de la nada con tal de perpetuarse en el poder al estilo chavista.

Pero también nadie como ellos para defender a Cervantes, Góngora, Quevedo y sus eñes respectivas, y de paso el buen decir, el mejor posible, con la musicalidad de las palabras y la sintaxis de rigor en el papel y en la pantalla. En esta cruzada, desde luego, juegan bien las iniciativas como la de este festival más otras que se dan a lo largo del año, oficiales y no oficiales. Por cierto: dice Vicent que si un incauto rebuzna sobre el papel, a final de cuentas el papel se vuelve amarillo y puede vagamente, con los siglos, irse al sumidero o hacer combustión en algún basurero. Pero en internet rebuznas y el rebuzne siempre aparece como si fuera de última hora.

Cosa peligrosa, que un rebuzne siempre asociado a ti aparezca cada vez que pisas Google, denunciándote urbi et orbi cuando a lo mejor fue, tan solo, un desliz pasajero.