Tiempos con Lezama, Carpentier y Guillén

En Las Palmas de Gran Canaria vive desde hace al menos veinte años un poeta cubano escaldado por la experiencia castrista. Hombre proclive al diálogo de tertulia con café bien […]

En Las Palmas de Gran Canaria vive desde hace al menos veinte años un poeta cubano escaldado por la experiencia castrista. Hombre proclive al diálogo de tertulia con café bien cargado y Ducados al por mayor aun a sus 81. Manuel Díaz Martínez lleva en su disco duro un buen trozo del acontecer revolucionario fidelista dentro del ambiente literario, y ha vivido para contarlo

 

Sebastián de la Nuez

Su último poemario solo circula en Canarias y se llama En La Isleta (Mercurio Editorial, 2017). Hay resonancias de una insondable intimidad en su palabra, ese dar vuelta a las cosas para ver su lado más oscuro al cual se refirió su amigo Eliseo Diego; pero hay, de igual forma, mar, nostalgia pura y dura, querencias llanas, humor. En su maleta vital lleva cuentos, periodismo de opinión y dibujos.

Durante mucho tiempo Manuel Díaz Martínez sufrió en vivo y directo el castrismo; lo sufrió desde sus diferentes puestos en lugares del periodismo y la cultura habanera, un ámbito en donde ejercía particular dominio Raúl Castro. El caso Heberto Padilla, al cual Díaz Martínez asistió desde una tarima privilegiada (tuvo arte y parte: pagó por ambos), resulta de especial significación.

Trabajó con Alejo Carpentier, José Lezama Lima y Nicolás Guillén. Los tres apoyaban la revolución. Lezama Lima nunca tuvo veleidades izquierdistas pero tenía fe en que con Fidel Castro el país cambiaría.

De verdad cambió, pero no en la dirección en la cual ellos creían.

Carpentier, por su parte, fue un funcionario de la diplomacia cultural. Estuvo en la embajada de Cuba en Paris, y luego itinerante por toda Europa. Con él trabajó en la Biblioteca Nacional. “Lo admiraba como escritor. Alejo era un poco áspero pero pienso en él y lo hago con benevolencia”.

Estuvo bajo las órdenes de Nicolás Guillén en la Unión de Escritores y Artistas, dirigiendo La Gaceta de Cuba. Con Lezama trabajó en el Instituto de Literatura y Lingüística, en calidad de investigador literario. Su conclusión sobre ellos tres:

—Fueron tres personas de una honestidad acrisolada en su apoyo a la Revolución; a quien más le debo, pues ya tenía problemas con la Revolución, es a Nicolás. Uno de los mejores amigos que he tenido. Una vez que hablamos sobre este tema en su despacho, me dijo algo realmente cierto: “Usted sabe perfectamente, Díaz Martínez, que me he pasado mucho tiempo parando golpes contra ustedes. Y que nunca estuve de acuerdo con la política cultural de la Revolución”. Eso lo decía quien era ya, desde luego, una figura literaria internacionalmente reconocida, un gran poeta de izquierdas, de toda la vida.

Díaz Martínez con Cadenas y los poetas canarios Antonio Arroyo y Aquiles García Brito. Septiembre 2017.

Díaz Martínez corrió con la suerte de encontrar refugió en España y, en especial, en esta isla que lo celebra y le da afecto. En septiembre de 2017 estuvo varios días compartiendo con su colega venezolano Rafael Cadenas, en el marco de un encuentro poético de NACE (Nueva Asociación canaria para la Edición). El escenario del encuentro fue el Palacete Rodríguez Quegles, en una calle de Las Palmas que lleva un nombre fundamental de las letras españolas: Benito Pérez Galdós.

Cuenta varios episodios en su curiosa y reveladora autobiografía Solo un leve rasguño en la solapa. En ella relata un derrumbe, dibuja unas semblanzas sobre personajes históricos, narra anécdotas. Tiene mucho alguien que vio actuar al Che, vio de cerca las maniobras de Fidel y la reacción del régimen ante la crítica, soterrada o abierta, que comenzó a surgir a partir de cierto momento desde el lado de los intelectuales. Lo que estaba sucediendo en la Europa del este con algunas expresiones de disidencia (como Carta 77 en Checoslovaquia con Václav Havel a la cabeza) aterrorizaba a los Castro, y pensaban que esto era una réplica de esas erupciones.

—¿Por qué Raúl Castro le tenía esa ojeriza a la intelectualidad cubana de ese tiempo?

—Porque es el más estalinista de todos. Era la reina del estalinismo (se dice que es homosexual, pero yo no lo creo). Mientras que Fidel Castro no era estalinista ni comunista, sino fidelista.

Actuaba a través de un personaje que se llamaba Luis Pavón Tamayo, el teniente Pavón, y por eso a ese periodo de represión se le llama pavonato.

 

ELEMENTO NO CONFIABLE

Al final, justo antes de autoexiliarse, ya no le quedaba duda alguna: la revolución cubana era una putrefacta máquina de domeñar gente.

Por ejemplo, el caso de los homosexuales. Siempre tuvo Díaz Martínez amistad con Severo Sarduy, y cuando el escritor tuvo que salir huyendo de la isla, mantuvo con él una nutrida correspondencia. Pero se produjeron dos hiatos cautelares en esa comunicación epistolar, uno de casi tres años (octubre del 67 –  agosto del 70) y otro de más de trece años (febrero del 71 –  diciembre del 84). Esos paréntesis de obligado silencio se debieron a una implacable cacería de brujas desatada en las esferas intelectuales por los estalinistas del régimen. Adivinen quién estaba en la cúpula de ese estalinismo. Exacto. Raúl Castro. ¿Qué desató la tormenta? Que un jurado le dio el premio de la Unión de Escritores y Artistas a Heberto Padilla. De las alturas del poder les llegó la advertencia de que no debían darle el premio a Padilla. Ya se sabía de qué iba el libro. Al final, esto:

—Le dimos el premio a Padilla por Fuera de juego y nos acusaron de contrarrevolucionarios. Lo publicaron, pero pusieron un prólogo en el que decían que aquello era un complot contra la revolución.

Vino el encarcelamiento de Padilla y su posterior “autocrítica”, obligada, cuando echó por tierra su dignidad o lo que tuviera de orgullo. Y eso que el propio jurado había hecho constar, en la presentación de la edición, que los poemas de Fuera de juego habían sido publicados antes en revistas del régimen sin causar herida alguna. Pues bien: Manuel Díaz Martínez, quien formaba parte de la Unión de Escritores y Artistas que le había dado el premio, fue  destituido de su cargo de redactor jefe del periódico de tal institución, y en su autobiografía relata:

Fui interrogado por funcionarios del comité central del partido y oficiales de la Seguridad del Estado. En uno de los interrogatorios me mostraron una carta mía dirigida por correo a Severo y me comentaron la respuesta de éste, y terminaron reprendiéndome por mantener relaciones epistolares con un “traidor a la revolución” que se había quedado en París.

A partir de entonces su relación con el castrismo marchó cuesta abajo en la rodada. Cuando sus relaciones con el poder hicieron crisis, Severo Sarduy, preocupado por su seguridad, dejó de escribirle para no avivar las iras de los inquisidores, que lo consideraban a él, a Severo Sarduy, un renegado, y a Díaz Martínez un “elemento no confiable”.

 

ANÉCDOTAS

Fue probablemente el más grande poeta cubano del siglo XX, y está entre las figuras emblemáticas de América Latina. Manuel Díaz Martínez se casó, por cierto, con Ofelia, que fue su secretaria. José Lezama Lima era un asmático obeso y de buen talante, un hombre entrañable de quien Díaz Martínez guarda sus mejores recueros, como el de aquel día en que lo llevó a almorzar al hotel donde los cubanos, por lo general, no podían acceder.

Era un momento muy difícil de la revolución. Había hambre en el país. Se tuvo que instituir la cartilla de racionamiento. En esos días le conceden el premio nacional de poesía “Julián del Casal” a Díaz Martínez, concedido por un jurado del cual formaban parte Nicolás Guillén, Gabriel Zelaya y Eliseo Diego, con un respaldo en metálico de mil pesos cubanos, una moneda que todavía conservaba algo de su viejo esplendor. En ese entonces, Díaz Martínez todavía trabajaba con  Lezama Lima en el Instituto de Literatura y Lingüística y quiso hacerle una deferencia: lo invitó a almorzar por todo lo alto, junto a Lorenzo García Vega, el miembro más joven del departamento. Díaz Martínez habló con su padre, quien tenía un amigo cocinero en el restaurant del Hotel Habana Riviera. El hombre hizo sus gestiones y se consiguió de esta forma una mesa para tres. Lezama Lima comía como una máquina de amolar.

—Maestro, pida lo que le dé la gana, aquí hay mil pesos —le dijo Díaz Martínez al sentarse.

Almorzaron espléndidamente. Al final quería darle otra alegría al poeta y pidió habanos. Tenían todas las marcas. El camarero vino con una de esas cajas que se abren por secciones (“No teníamos acceso a esos puros; los tabacos que se daban por la tarjeta de racionamiento eran unas tagarninas insoportables”) y a Lezama, viendo aquello, por poco le da un infarto. Manuel le dijo:

—Maestro, coja todos los que le quepan en los bolsillos.

Estaba como un muchacho a quien le llevas a una juguetería y le dices que agarre lo que quiera. Y encendiendo un gran puro, jadeando, como siempre le sucedía a causa de su asma, le miró y le dijo:

­­—Díaz Martínez [jadeo], muchas gracias. Así debería uno comer todos los días.

Ofelia Gronlier-Lamar era una muchacha bellísima. Manuel había conseguido una beca (1960-61) para irse un tiempo a Europa, pero antes de irse quiso pasar un día a despedirse de Lezama Lima. Fue entonces cuando vio por primera vez una muchacha sentada donde antes había estado la secretaria, una señora mayor que recién se había jubilado. Le dijo a Lezama Lima, por lo bajo, que se la presentara. Al regreso, al cabo de un año, fue a visitar nuevamente a Lezama Lima y allí seguía la muchacha en su escritorio. Le comentó —a propósito de su viaje por España y Francia— que sabía inglés y que ahora estaba interesada en el francés.

—Me voy a matricular en la Berlitz —le dijo.

—Pues mira, yo también.

La primera noche la invitó a una pizzería y al final se dio cuenta de que no llevaba suficiente dinero. La cuenta la tuvo que pagar ella.

Lezama Lima les regaló de bodas un plato chino decorado con mariposas. Díaz Martínez dice que era una belleza. Se quedó en La Habana, jamás se lo trajo a España.

 

SOBRE SU GENERACIÓN

Manuel milita dentro de esa generación que cumplió veinte años en los cincuenta y hallaría pleno cobijo en la Cuba revolucionaria de la cual todos se hallaban enamorados. Al comienzo. Podían plantearse cualquier cosa pues cualquier cosa era posible. “Querías hacer una revista y a la semana la revista estaba andando y a punto de editarse”, dice. Agrega:

—Es una generación políticamente frustrada pero intelectualmente importante. La generación que tiene 20 años en los años cincuenta se compromete, en su enorme mayoría, con la revolución. El desencanto frente a la realidad tiene un punto de inflexión en el caso Padilla.

Hoy anda viudo por Vegueta o Siete Palmas. Con dos hijas. María Gabriela vive en Madrid y Claudia Jacinta está con él en La Isleta, una zona portuaria de Las Palmas desde la cual puede observar, apenas asomándose a la ventana de su habitación, el mar. Lo cual podría hacerle pensar a uno en remembranzas y paralelos con el malecón de La Habana, ese azul embravecido y caribe… Pues no. Este mar de acá, y su clima, no se parecen en nada al cubano. Es otra cosa. No caben similitudes, cada mar lleva lo suyo.

Quizás puedan conseguir sus libros —entre otros, Vivir es eso, El carro de los mortales, Paso a nivel, Oficio de opinar— en alguna librería.