Un féretro camina en la Librería Ulises

Fue una de las librerías legendarias en la zona de Sabana Grande y en ella se congregaban los del grupo (¿iconoclasta?, ¿rabioso?, ¿intelectualmente desmesurado?, ¿políticamente incorrecto?) El Techo de la […]

Fue una de las librerías legendarias en la zona de Sabana Grande y en ella se congregaban los del grupo (¿iconoclasta?, ¿rabioso?, ¿intelectualmente desmesurado?, ¿políticamente incorrecto?) El Techo de la Ballena

 

Sebastián de la Nuez

Librería Ulises era el lugar donde se reunían los del Techo de la Ballena, no el garaje donde abrieron aquella exposición escandalosamente famosa en la calle Villaflor. En la Ulises iban a encontrarse y el local formaba parte de un pequeño centro comercial entre Sabana Grande y la avenida Casanova donde alguna vez estuvo el Colegio Alemán. Ese colegio había caído en desgracia durante la Segunda Guerra Mundial porque se decía que había en Caracas una quinta columna conformada por espías de Hitler. Hubo maniobras para despojar a muchos alemanes de sus propiedades, de modo que aquel colegio fue convertido en el Liceo Santa María, a cargo de los hermanos Hugo y Ernesto Ruán (unos decían que eran de Rubio; otros que colombianos. Nunca se supo).

Allí, donde una vez hubo ese colegio, se levantó después aquel centro comercial, de modo que el gran patio del plantel se convirtió en estacionamiento. Allí se instaló la Librería Ulises, cuyo propietario era un caballero llamado Héctor Alvarado. Se trajo del hipódromo a un muchacho hondureño y lo puso a trabajar. Ese joven no tenía la menor idea de nada, de modo que cuando un día entró un señor preguntando por La República, de Platón, se produjo cierto incidente:

—¿Aquí tienen La República?

—No, no vendemos periódicos; mucho menos periódicos oficialistas.

La República era, en efecto, un diario de Acción Democrática, entonces en el poder, en aquel tiempo dirigido por el periodista Luis Esteban Rey.

A los jóvenes del Techo les pareció que aquel sitio era ideal para reunirse, su ambiente contestatario les gustó. Debe recordarse lo que dicen Perán Erminy y Edmundo Aray, entre otros, en un documental que puede encontrarse en YouTube: aquel no era un grupo más sino un movimiento verdaderamente radical. Lo habían demostrado al salir por todo el cañón con el poema de Caupolicán Ovalles, ¿Duerme usted señor presidente?, y lo demostrarían también con la exposición de vísceras del médico y artista plástico (además de poeta y ensayista) Calos Contramaestre. Querían cambiar el mundo, fusionar vida y literatura. Una librería era un bonito sitio para tramar la siguiente hecatombe.

Era la época del levantamiento guerrillero, ellos no tenían armas ni se irían al monte pero había muchas formas de incordiar al sistema decadente. Cuando se supo que las autoridades allanarían el Teatro de las Artes, el cual funcionaba en los altos del cine Radio City (es decir, cerca de la Ulises), los actores y productores quisieron salvar algo del naufragio. Una de las cosas que lograron rescatar fue una urna que había sido parte del mobiliario de una obra de Emilio Santana, Catalepsia (un rotundo fracaso, por cierto), con Manuel Poblete y Eva Blanco. Como no supieron qué hacer con la urna una vez sacada del recinto, la llevaron y la colocaron en el estacionamiento de la Ulises. A las 2:00 pm, cuando abrían la librería, el crítico de arte Perán Erminy llegó y observó el féretro. Le pareció que debía estar, más bien, dentro de la librería, y conforme a ello procedió a mudarla de lugar. Poco después, el joven hondureño vio que la urna se hallaba dentro del local. No le pareció correcto y la sacó al estacionamiento. Sin embargo, llegó Juan Calzadilla y le pareció, cónchale, que no, que su lugar adecuado era dentro, no fuera a estropearse en la intemperie debido a las inestables condiciones climáticas.

Más tarde llegó alguien más y pensó que no, que mejor era sacar la urna para afuera.

Así estuvo el féretro, entrando y saliendo como si tuviera patas, hasta que el vigilante del centro comercial observó un tejemaneje raro y decidió dar el pitazo a la policía. De modo que se presentó la Digepol o lo que fuese que funcionara en ese entonces, y fue allanado el local sin mediar preámbulo pues sin duda allí estaba ocurriendo una vaina extraña.

Al momento de la incursión policial se hallaba en el local el sociólogo Alfredo Chacón y se declaró, de entrada, estudiante universitario. Declararse estudiante universitario en ese tiempo era, para las autoridades, un claro indicio de subversión. Lo empujaron, en consecuencia, hacia la radiopatrulla estacionada enfrente. Aquello ya concitaba a un enjambre de curiosos tratando de discernir qué era lo que estaba aconteciendo. Una vez metido en el carro policial, Chacón vio venir por la acera al filósofo Ludovico Silva: le hizo algunos gestos desesperados para que no se acercara pero ya era demasiado tarde pues Ludovico deseaba obtener información de primera mano.

—Chico, qué estás haciendo metido ahí.

También fue preso.

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En ese  sitio no se montó la exposición de Carlos Contramaestre, quizás la más escandalosa de la que se tenga noticia en la historia de Venezuela, sino en el garaje de una calle cercana que alquilaban unas viejitas muy confiadas y muy satisfechas, al menos en un principio, de haber podido rentar el garaje a una gente artística y tan seria.  Contramaestre, un médico que había trabajado en el pueblo trujillano de Jajó haciendo una pasantía rural, se trajo desde allá unas vísceras y las expuso en las paredes del garaje como un gesto provocador ante aquella sociedad ensimismada. Al día siguiente, después de la inauguración durante la cual, al parecer, los organizadores habían conversado y bebido más de la cuenta, llegaron a reabrir y mostrar al público —era domingo y estaban padeciendo una inclemente resaca— la llamativa exposición. Vieron que los “cuadros” expuestos se movían, adquirían vida propia… Cuando se fijaron mejor cayeron en cuenta de que eran gusanos. Homenaje a la necrofilia tomaba cuerpo y vida. El médico y artista quería decir exactamente eso, que todo estaba podrido en el país: Miraflores, la política, el arte, la vida…

Alguien descubrió que el catálogo de la exposición había salido de la imprenta universitaria, que por cierto no guardaba relación alguna ni con El Techo ni con ningún movimiento político. Pero cuando el presidente Rómulo Betancourt supo que la imprenta de la principal universidad pública había sido utilizada en este escabroso asunto, el escándalo se triplicó.

En fin. Eran días de inquietud, de reconocimiento mutuo entre aquellos grupos; discusiones encendidas, bares generosos, política en cada verso. Y en medio de todo, algunas librerías eran un sitio de referencia. Además de la Ulises, la Única, muy cerca de plaza Venezuela, o El Gusano de Luz hacia la plaza Carabobo, donde se pactaban tertulias al menos una vez por semana.

No eran personas de las cuales un país debiera fiarse demasiado, algunas tenían mañas de las que no era fácil desasirse. El poeta Efraín Hurtado —habría de morir muy joven— se hizo socio de Alvarado aportándole recursos a la Ulises. Cuenta la leyenda que se quedó un rato más el primer día como socio que era, cerró el local y ya iba por la esquina cuando se dio cuenta de que había sustraído unos libros subrepticiamente. O sea, se estaba robando a sí mismo, acostumbrado como estaba a comportarse de esa manera cada vez que entraba a cualquier librería. Reflexionó. Se dijo para sus adentros que cómo era posible y tomó una decisión muy a su pesar: volvió sobre sus pasos y los puso en su sitio.

Alvarado se casó con una descendiente de Cristóbal Mendoza, el primer presidente de Venezuela. La señora murió, dejó una farmacia y, por añadidura, medio estado Trujillo como herencia. Una fortuna incalculable. Alvarado fue el beneficiario pero jamás ha tocado un centavo de esos bienes ni tiene soberana idea de lo que significan o han significado monetariamente. Vive en Maracay porque lo asaltaron cierta vez en Trujillo, los ladrones pensaron que debía tener mucho dinero pero le robaron solo pertenencias de la casa. Después de eso huyó. Todavía vive, aunque escondido, en la capital del estado Aragua.

Sobre la Ulises hay una referencia del argentino Baica Dávalos en una entrevista con Miyó Vestrini para el Papel Literario a principios de los ochenta. Dice Dávalos que allí tuvo sus primeras conversaciones como escritor con Efraín Hurtado y Arnaldo Acosta Bello. En otra entrevista de Miyó, esta vez con Carlos Contramaestre (estas entrevistas están recogidas en la recopilación de la editorial Letra Muerta), ella le comenta al médico defensor del informalismo lo que sus amigos piensan: que ha dejado la necrofilia. Sin embargo, Vestrini piensa lo contrario: tú, Contramaestre, sigues siendo el mismo necrofílico que alborotó el cotarro con aquella exposición.

Contramaestre le da la razón:

—Vengo de México. Lo primero que hice allí fue ir a Guanajuato para ver las momias.

Y Vestrini manifiesta su curiosidad por saber si Contramaestre alguna vez ha hecho el amor con un cadáver. El entrevistado responde que no ha podido hacerlo aún pues en Guanajuato encontró gran resistencia: vitrinas, vigilantes, barreras.

Este era el tipo de gente que frecuentaba Librería Ulises, en terrenos donde alguna vez hubo una escuela o liceo. Venezolanos entrañables.

 

NOTA: texto debido al testimonio del crítico de cine, escritor y exdirector de la Cinemateca Nacional Rodolfo Izaguirre. También se debe a la revisión de algunos archivos aquí y allá.

Rodolfo Izaguirre y el administrador de este blog durante una conversación en febrero de 2016. Foto: Oswer Díaz Mireles.