La posibilidad de ser otro

En una pared del Reina Sofía, Krazy Kat sueña con el ratón luego de ser noqueado (o noqueada) de un ladrillazo.

Krazy Kat ha entrado en el Museo de Arte Reina Sofía, tercer piso del edificio Sabatini, donde permanecerá hasta el 28 de febrero de 2018. Es la primera vez que una tira cómica merece atención en este recinto sagrado madrileño donde tienen lugar permanente el Guernica de Picasso y otras obras emblemáticas del arte contemporáneo

Sebastián de la Nuez

Y el espectador de diseño mental convencional, poseído por los temores del qué dirán, se guardará muy bien de preguntar (incluso de preguntarse) qué demonios hacen la gata loca, el ratón Ignatiuz y el perro policía en los mismos muros donde antes vio obras de Mondrian y Miró, por ejemplo. ¿No era esta la comiquita que alguna vez vio por Radio Caracas Televisión? ¿Qué hacen estos muñequitos en salas consagradas al Arte, así, con mayúscula?

Hay varias cosas con respecto a George Herriman y su cómic de las que uno se viene enterando ahora. Por ejemplo, que el autor T.S. Eliot lo admiraba. Un personaje que, por cierto, pregonaba la necesidad de no hacer distinciones entre disciplinas al estudiar la cultura.

La pregunta cabe: ¿qué particularidad ofrece, u ofreció a su debido tiempo, Krazy Kat como para que este Museo se fijara en ella? ¿Por qué no Huckleberry Hound, El Pájaro Loco o Tom y Jerry? ¡Ah!, porque seguramente estos últimos le deben algo a Krazy Kat.

Para tener un lugar en esas paredes es menester el manejo creador de una disciplina artística —aun cuando no parezca tan artística en primera instancia— desde una perspectiva trascendente. Es decir, que lo que esté dicho en la tira cómica, en este caso, sea la invitación a ver más allá de la tira cómica. Krazy Kat marcó un camino y habló de alteridad mientras divertía a chicos y grandes; de esa capacidad de los seres humanos que los hace más humanos: querer ser otro en un momento dado, o en muchos momentos dados. El director cinematográfico Frank Capra y la escritora Gertrude Stein manifestaron en algún momento su preferencia por las aventuras de la gata enamorada a quien el ratón le cae, por respuesta, a ladrillazos. No fue un éxito masivo, pero la comiquita se mantuvo durante muchos años en los periódicos de Hearst. ¿Por qué?

 

ESA COSA, LA ALTERIDAD

Herriman era blanco pero no tanto; nació en 1880 en una localidad de New Orleans y tenía cierta ascendencia caribeña. Para sentirse aceptado, quiso más bien, al desenvolverse entre los periódicos de Nueva York y Los Ángeles, disimular sus rasgos negroides para poder ser uno más y no causar reticencias.

La cosa comenzó así, según cuentan los textos desplegados en las paredes del Reina Sofía: el 20 de junio de 1910, George Herriman presentó The Dingbat Family en el New York Evening Journal. Un mes después, el 26 de julio de 1910, un ratoncito blanco arrojaba un diminuto objeto a la cabeza de un gato negro en la franja inferior de la tira. Era la primera vez que aparecían los dos principales personajes de la tira (dentro de una historieta que trataba de otros personajes).

Herriman atribuyó a Willy Carry, el chico de los recados del Journal, el mérito de haberlo impulsado a desarrollar las aventuras de aquel gato y aquel ratón que apenas habían aparecido de la manera descrita. “Cuando estaba realizando The Dingbat Family, el chico entró a trabajar y me dijo que era un dibujo gracioso”, recordó. “No me refiero al dibujo de Dingbat, dijo, sino al gato y al ratón. Así que le hice otro. Y Willy cada día me aportaba una idea”.

Al final, Brisbane (el director del diario) le dijo que se llevara al gato y al ratón de la tira y desarrollara con ellos una nueva. Luego, poco a poco, aparecieron los nombres de los personajes (primero Krazy Kat y después Ignatz), se separaron de la familia donde habitaban al principio, los Dingbat, y tomaron su propio camino. Era el principio de una larga trayectoria como tira diaria, comenzando el 28 de octubre de 1913; y como historieta semanal a toda página, el 23 de abril de 1916. A excepción de un par de meses de 1922, la tira siempre se publicó en blanco y negro hasta que el Journal, en 1935, pasó a formato tabloide y completamente a color.

¿En qué se basaba la trama de la historieta? Pues sencillamente en la inversión de roles entre su principal trío de personajes. El gato Krazy Katz adora al ratón Ignatz en lugar de perseguirlo. En lugar de huir del gato enamorado —tampoco hay certeza de que el gato sea femenino, ni de lo contrario—, el ratón lo ataca con un ladrillo. El perro policía Ollisa Pupp, lejos de acosar al gato, lo protege del ratón. Luego hay un montón de personajes secundarios.

A los 17 años de edad, Herriman había publicado sus primeros dibujos en el diario Los Ángeles Herald. Trabajó también en Nueva York durante varios años, pero finalmente se instaló en Los Ángeles.

Dice el catálogo de la exposición que Krazy Kat se sostiene sobre una tensa ambigüedad en donde los roles establecidos se desactivan pues, a fin de cuentas, se trata de bombardear la jerarquía, suprimirla. La indefinición sexual del gato/gata no se dirige a cuestionar la persecución en cuanto a identidad de género sino a las de cualquier grupo denostado por la hegemonía blanca, patriarcal y heterosexual. Herriman habla del “otro” para reivindicar un mundo ausente.

En una de las salas pasaban en loop varios cortos animados con la comiquita; ciertamente los episodios eran de una violencia pertinaz. Una constante en la disciplina del cómic, desde luego. Ladrillazos por parte de Ignatiuz, bestiales. En los periódicos en que apareció al parecer no resultó tan exitosa pero el propio William Randolph Hearst decidió apoyarla, y más todavía, darle una página completa, al ver que recibía buena crítica de parte de gente que respetaba como el propio E.E. Cummings,  poeta y ensayista, describía la relación entre los tres personajes principales de esta manera: “El perro odia al ratón y venera al gato, el ratón desprecia al gato y odia al perro, el gato no odia a nadie y ama al ratón”.

En el marco de esta primera exposición dedicada al cómic fue invitado un ensayista e historiador del género, Art Spiegelman, quien habló durante más de una hora, en inglés, para un público fervoroso y nutrido. En España parece haber una buena masa de gente aficionada al cómic y al tebeo, la novela gráfica y/o historietas de dibujos. No hace mucho hubo una excelente exposición en el Círculo de Bellas Artes dedicada enteramente al Capitán Trueno, un clásico en la península ibérica.

Art Spiegelman ganó un premio Pulitzer con su novela gráfica Maus, un relato basado en la vida de sus padres, que sobrevivieron al Holocausto (aunque tiene nacionalidad norteamericana, Art nació en Suecia de padres polacos), es editor y publica la revista Raw. El especialista español Santiago García presentó al invitado y trazó su trayectoria, que puede resumirse en la epopeya de  un self made man que se hace un puesto en el cómic de autor y contribuye a hacerle un puesto, además, al cómic como posibilidad de talante literario. Si la gente lee poco porque le asustan los textos, en la novela gráfica consigue (quizás o, mejor dicho, en los casos realmente excepcionales) eso que da lo visual y aquello “otro” que da la literatura, es decir, todo lo demás que no salta al primer plano.

Spiegelman durante su charla, el 19-12-2017 en el auditorio del Museo Reina Sofía.