Si Rafael Baquedano se encontrara con Cristo

Rafael Baquedano, fotografiado el 10 de agosto de 2016 en los jardines del colegio San Ignacio.

El sacerdote jesuita Rafael Baquedano, pedagogo y filósofo, fue quien casó al ahora mundialmente célebre director musical Gustavo Dudamel. Al día de hoy, con sus facultades intelectuales intactas a pesar de la edad y sus achaques, Baquedano habla sobre sus vivencias en Navarra, su periplo de estudios, su relación con la UCAB; además, recalca su cariño por Venezuela y los venezolanos.  Esta entrevista fue publicada originalmente en septiembre de 2016 en la revista de la Universidad Católica Andrés Bello (número 141), El Ucabista Magazín. Se publica ahora, ligeramente editada

 

Sebastián de la Nuez / Foto: Oswer Díaz Mireles

Había tres Baquedano jesuitas pero ahora quedan dos. Falleció Jesús Mari hace varios años; trabajaba en el colegio San Ignacio. Eran siete hermanos en total nacidos en Navarra. Hay otro jesuita, José, en el colegio Loyola de Ciudad Guayana. El Baquedano de esta entrevista, Rafael, vive en el colegio San Ignacio, en La Castellana (Caracas). Fue quien casó a Gustavo Adolfo Dudamel en la parroquia María Trono de la Sabiduría, en la UCAB. Está retirado de cualquier actividad académica pero tiene fuerzas todavía para agradecerle a Dios porque un día de 1950 lo depositó en Venezuela. No quiere regresar a España, se siente totalmente identificado con este país donde ha hecho amigos desde su llegada. Aquí terminó de hacerse sacerdote, aquí luchó por sus ideales.

Al llegar tenía 18 años. Ya había comenzado el noviciado en Loyola (Navarra). De esa época recuerda el conservadurismo de sus padres. En especial, de su padre, Tomás, que era carlista (es decir, partidario de la monarquía totalitaria). Tenía un comercio y le iba bien en aquella comarca sufrida, estragada tras una espantosa guerra civil. La familia Baquedano siempre vivió en Navarra.

De aquella guerra Rafael conserva un vago recuerdo pues era muy niño, pero en todo caso sí tiene presentes los bombardeos sobre Pamplona. Fue allí donde el general Mola y los carlistas comienzan el alzamiento.

 

FACETAS POCO CONOCIDAS

Jesús María Aguirre, quien bien le conoce, aporta tres facetas sobre RB que, a su entender, han sido poco reconocidas: en primer lugar, su calidad como investigador. Hizo un diagnóstico de la Compañía de Jesús en el contexto venezolano de los años 68-69 que resultó en una obra de 16 volúmenes. Esos volúmenes están en el Centro Gumilla de la esquina de Luneta a disposición de los estudiosos. Fue un proyecto que coordinó.

La otra faceta es la de docente, sentando cátedra durante años en materias como metodología, ética y sociología.

Hay otra faceta que para muchos es inédita: tejió relaciones personales con la gente más insospechada del país. Es quien asiste, a última hora, al dramaturgo de ascendencia judía Isaac Chocrón. Personajes de la cultura nacional a quienes se les suponía distantes de la Iglesia católica fueron amigos muy personales. Baquedano asistía, por ejemplo, a quienes padecieron de sida cuando se desató la crisis por el VIH entre los ochenta y los noventa. Esos terrenos inéditos para la Iglesia tradicional él los pisó. Incluso mantuvo una relación muy estrecha con el científico Jacinto Convit.

La otra faceta es la del Baquedano párroco en Maracaibo: desarrolló  una gran actividad en comunidades populares durante varios años. Y esa veta jamás la abandonó. Cuando regresa, se incorporó como párroco a la UCAB. Se mantuvo en ese rol durante años.

Su madre se llamaba María. Rafael sentía la religiosidad omnisciente en el pequeño pueblo de San Martín de Unx —Merindad de Olite, comarca de Tafalla, a 45 km de la capital de Pamplona— donde se concentraba una fe muy tradicional. El abuelo materno de Rafael fue alcalde de ese pueblo. Era un ambiente tan conservador y religioso que, a los muchachos que no iban a misa en día domingo, los metían en el calabozo del ayuntamiento, castigados. La madre de Rafael tenía dos hermanos sacerdotes y tres hermanas religiosas. Una de ellas murió en Perú. La religiosidad la llevaban en la sangre.

Estuvo en el internado jesuita San Francisco Javier de Navarra.

—¿Quería usted venirse a Venezuela?

Contesta que sí al instante, que lo deseaba, pero le surge cierta duda: ¿quería ser jesuita realmente o estaba predestinado por tradición familiar? Lo cierto es que ya durante el bachillerato quiso serlo, y el primer año del noviciado lo hizo en Navarra. Al llegar a Caracas fue destinado a Los Chorros, un sitio para novicios que más tarde se convirtió en casa de retiro, y luego allí se construyó el colegio Hebraica.

Después fue enviado a proseguir estudios en Colombia, en una casa cerca de Tunja, Santa Rosa de Viterbo. Estuvo dos años terminando el noviciado. Luego, Filosofía en la Javeriana de Bogotá. Más tarde vuela a Roma para estudiar Ciencias Sociales en la Gregoriana. Una vez terminada la licenciatura, vuelve a Venezuela y pasa un año como profesor en el internado de Mérida. Luego, destinado a una casa de estudios jesuita en Chicago: cuatro años de teología al sur del estado de Illinois.

Allí, en Chicago, fue ordenado sacerdote. Eran ya los años sesenta. Volvió a la Gregoriana para terminar Ciencias Sociales y hacer el doctorado respectivo.

Después se viene a la UCAB y al poco tiempo es nombrado director de la Escuela de Ciencias Sociales. Recuerda esa época como problemática pues él y otros jesuitas eran «de avanzada» mientras que en el campus, a su entender, se encontraba instalado un ambiente más bien conservador. Y vino el conflicto. A él y a otros los consideraron semi-comunistas. Antonio Cova, un muchacho castigado durante aquella crisis, fue siempre profesor en la UCAB, no alumno de Baquedano; el canciller Arístides Calvani lo había llevado. Sobre Calvani, Baquedano dice:

Todos nosotros respetábamos mucho a Calvani porque era un hombre muy abierto… pero estaba obligado a ser muy conservador. Era comprensivo, conocía las cosas. Hizo mucho bien a la Escuela de Ciencias Sociales, fue su director-fundador.*

Sobre la Compañía de Jesús quiere hablar, ahora que cumple cien años en Venezuela. Es diferente, dice, a aquella en la cual entró su generación a principios de los cincuenta: quienes llevan la Provincia ahora son venezolanos. Antes eran españoles.

Salimos de España cuando éramos totalmente jóvenes. Por ejemplo, yo no me siento español en la manera de ser, ni me siento cercano a lo que oigo que está pasando en España, como son [los españoles] hoy en día.

Se siente venezolano, se contenta de que los jóvenes jesuitas de hoy sean «mucho más fieles a la cultura criolla» y agrega:

Nos interesan los problemas de Venezuela; nos interesa su literatura; nos interesa vivir en Venezuela. Ninguno de nosotros piensa en volver a España. No tengo ningún interés, ni pienso que me pudiera adaptar a la España de hoy.

Dice que uno encuentra a Cristo en los demás y que, si pudiera decirle algo a Él personalmente, de tú a tú, le manifestaría más o menos estas palabras:

Quiero seguir siendo realmente venezolano. Quiero que me ayude a cambiar todos esos vestigios que uno todavía tiene de sus raíces. El carácter del venezolano es exquisito. Es espontáneo y muy capaz de dar cariño. Venezuela es un país maravilloso. La gente que quiero es venezolana.

Eso dijo, de pie, en los pasillos del San Ignacio, cuando posaba para el lente de Oswer Díaz Mireles. Los pasillos, jardines y patios del San Ignacio son apacibles en vacaciones. Un hombre bueno, agradecido. Ahora está un tanto disminuido. En 2018, cuenta su amigo Aguirre, comparte en Enfermería —un piso completo del edificio en los terrenos del San Ignacio dedicado a la atención de los mayores en retiro— junto a sus compañeros, atendido por los jóvenes que ayudan en las tareas de esta casa en la urbanización La Castellana.

* Para entender por qué Baquedano se refiere a esta “paradoja” de Calvani, habría que explicar la crisis que sufrió la UCAB en el año 1972. Es otra histori