Para celebrar el Día del Libro

La palabra anda por Atocha, Gran Vía, Paseo de Recoletos, Alcalá, o por donde usted mire pues el día de San Jorge es muy celebrado en la capital española y […]

La palabra anda por Atocha, Gran Vía, Paseo de Recoletos, Alcalá, o por donde usted mire pues el día de San Jorge es muy celebrado en la capital española y esto se toma como la fiesta del idioma: lo es. En este día, pues, debe recordarse que detrás de cada página hay un impresor, un autor, un librero y un lector que aspira a ser transportado a otros mundos

 

Sebastián de la Nuez

Miguel de Cervantes hizo algo fundamental con el idioma español: le dio vida. En general, un libro bien escrito, bien diseñado y encuadernado, renueva la vida del español cada vez que alguien lo abre, lo hojea, lo lee. Esta es la fiesta del idioma y ya el viernes pasado, día 20,  los madrileños celebraron La noche de los libros: hubo por doquier, y no solo en los sitios mencionados, conferencias, talleres, firmas, exposiciones y performances organizados por la Comunidad de Madrid.

El Instituto Cervantes y la Biblioteca Nacional de España son dos reductos más bien reservados: la gente no suele darse mucha cuenta de lo que ofrecen, o si se da no le interesa tanto. Bajando las escaleras de la BNE encuentras la historia de la propia Biblioteca y cómo funciona, una exposición pedagógica permanente. Más allá hay varias salas: otra instalación permanente, con esas guillotinas (ver foto) del siglo XIX y otros artilugios antiguos donde chicos y grandes aprenden sobre la escritura y sus soportes, desde el neolítico; luego, los motivos históricos y los personajes varían. También hay una sala de juegos didácticos a partir del objeto libro, una Sala de las Musas, una Memoria del Saber y  la Sala Mínima… hasta en el piso te tropiezas con las franjas luminosas que te dan un dato relevante en la gran historia de las letras universales y/o españolas. En una pared, vestigios de lo que hace unos años ocupaba mayor espacio: el poder de los cafés (fotos, historias, material hemerográfico) para reunir a los literatos y sentarlos alrededor de una copa de vino a charlar hasta las últimas horas de cada una de sus palpitaciones. Una de las frases que se conserva sobre los tabiques blancos es de Josep Pla:

Hay que venir a Madrid a ver los últimos cafés, los últimos noctámbulos, las últimas tertulias, los últimos intelectuales.

Escribir para dejar constancia, huella, memoria, testimonio, arte y artesanía. De eso se trata. Y leer, la contraparte que a todo le da sentido: por lo que vale la gracia, el talento y el donaire. «Mientras dure la vida, que no pare el cuento», dijo Carmen Martín Gaite, y la BNE reprodujo tales palabras en unos marcapáginas que se regalan. Para que usted lo tenga en cuenta, el cuento.

 

EL INVENTO Y EL RENACIMIENTO

Todo empezó en Maguncia hacia el año 1450, bastante antes de que Colón llegara a las Américas. La imprenta es un invento alemán, como la salchicha. Hoy, día de San Jorge y del libro, Google ha debido enterarse pero no ha sido así, no ha puesto nada en su página de inicio.

El invento de Gutenberg y el condumio de variopinta —a veces dudosa—  procedencia cárnica tienen un punto en común, según el popular dicho, pues el cometido del inventor era, además de dejar sin trabajo a los copistas, producir —siempre y cuando el artilugio funcionara como lo tenía previsto— clones de manuscritos como salchichas. Como dice la estudiosa Isabel Moyano, la imprenta «vino a satisfacer una demanda que ya existía». Coincide con avances nada gratuitos como el grabado, el libro xilográfico, el papel, la tinta grasa, los tipos móviles y la prensa.

Gutenberg contribuyó a dejar bien atrás el Medioevo. La imprenta no entra en España sino en 1566, cuando ya en Alemania, Francia e Italia llevaban años con ella. Fue en Italia donde coincidieron los grandes de las Humanidades y de las Ciencias que dieron pie al Renacimiento, y la imprenta era un punto de interés y coincidencia entre ellos. Bodoni fue un paradigma de impresor allí, su nombre es imperecedero pues aparece hasta el día de hoy en Word identificando un tipo de letra. Moyano es una rigurosa investigadora del libro y ha curado la exposición que hasta mayo exhibe el Instituto Cervantes, «Ciencia e imprenta: tesoros de la biblioteca de la Real Academia de las Ciencias». Hoy es un buen día para visitarla.

Un letrero a la entrada de una de las salas expositivas de la BNE.

Al principio los libros no salían encuadernados. Eso fue después. La joven profesora Moyano dio su charla partiendo de la exposición que ella misma ha contribuido a montar para hablar de esos antiguos libros que gusta ver, tocar y estudiar. La edición científica, vista desde su mirada histórica, guarda a través del tiempo ciertos rasgos con sus tiradas cortas, que nunca alcanzaron el tiraje de aquellos libros de éxito. Los primeros textos científicos ya incorporan el grabado —en madera o cartográficos— y constituyen, estos incunables, esa clase de objeto de culto que los hace al día de hoy invalorables. Los incunables son libros impresos antes del 1 de enero de 1501.

La imprenta alcanza gran desarrolla en Italia, luego en Francia y, por supuesto, en Alemania. Los impresos venecianos a finales del siglo XV constituyen un tesoro. Mayormente, en lo que atañe a las ciencias, la imprenta se dedicaba a recuperar antiguos textos. España y su propia imprenta, mientras tanto, ofrecen particularidades. La producción española fue más modesta. Había impresores destacados en Zaragoza y Pamplona, puntualiza la profesora Moyano. Hubo textos trabajados con extraordinario esmero. Pero las imprentas españolas serán poca cosa en comparación con sus competidoras europeas, que sí podían exportar. Venecia era el centro tipográfico. Contaba con 150 imprentas en los primeros años del siglo XVI. En toda España, en ese mismo tiempo, si acaso habría unas treinta. Incluso los primeros impresores establecidos en la Madre Patria fueron, precisamente, italianos.

La imprenta incunable va a abundar en textos literarios pero no científicos, aunque de esa época se conservan algunos buenos textos de medicina en magníficas ediciones, en castellano.

Una vez superado el periodo incunable, adelantado el siglo XVI, el desarrollo de la ciencia se concreta en preciosos libros de botánica y de biología. También los descubrimientos en América serán una inspiración.

 

POR CIERTO

Hace un par de meses, en la pequeña librería que se halla en el hall de la BNE que da hacia la zona expositiva, pusieron a la venta un libro, una ganga al precio de diez euros pues es un lujo su presentación, su manufactura, el contenido y sus ilustraciones. Se titula  El Quijote: biografía de un libro y relata el periplo bibliográfico desde que el ilustre caballero le puso punto final a su primera entrega de aventuras y desventuras del ingenioso hidalgo, en 1604. Se narran, en especial en los dos primeros capítulos, los diversos pormenores relacionados con la edición, que llegaría a manos de los lectores en 1605, a cargo de Juan de la Cuesta, nacido hacia 1579, quien formaba parte de la Hermandad de Impresores de Madrid, siendo oficial de la imprenta de María Rodríguez de Rivaldo. El proceso de impresión, como es de suponerse, fue largo y laborioso, con sus seis mil golpes de barra que ya sería muy largo de explicar aquí. Este volumen fotografiado aquí es un documento valioso hechos desde varios puntos de vista por diferentes autores, todos ellos amantes del Quijote, sin duda. Así es: la historia de un libro que es muchos libros. Una idea que debería animar a otros y extender la cadena, es decir, el contar, más allá (o más acá, según se mire) del Quijote, lo que hay tras cada libro que merezca la pena, pues seguramente lo que uno encuentre y sea digno de formar, a su vez, cuento e historia, de provecho será para el prójimo que gusta de la lectura, y de la aventura que hay en ella.

Como merecen ser contados esos personajes, los libreros e impresores. Que es, poco más o menos, lo que intenta este blog y por eso se recomienda abrir la pestaña «LIBROS y LIBREROS», con algunas reseñas de personajes muy curiosos y a veces asombrosos, y lugares de encuentro en una ciudad llamada Caracas que ojalá recuperase su talante. Y que hoy también los caraqueños celebren la palabra  y el idioma como lo hacen los madrileños, abrazando el buen signo del Día del Libro.