Ángel Roberto, librero

Ángel Roberto con Garcilaso Pumar (al centro) y Walter Rodríguez, a la derecha, en Librería Lugar Común de Altamira.

Una vez hubo un intento de crear un sindicato de libreros en Caracas, y la iniciativa partió de un profesor uruguayo que no hacía tanto había arribado a Venezuela. Solo fue eso, un intento. Ángel Roberto García, desde muchacho, fue testigo y luego protagonista de librerías extraordinarias, y en algún momento de su carrera sufrió en carne propia lo que suele denominarse «gobierno de exclusión». He aquí parte de sus vivencias

 

Sebastián de la Nuez / Foto: Giuseppe Di Loreto

Nació en Uruguay y es hijo de librero. Él también lo es, o al menos lo fue desde finales de los años ochenta hasta 2008. Sus tardes juveniles en Librería Lectura, donde trabajaba su padre —se llamaba como él, Ángel—,  lo marcaron: algunas fotos que ha publicado en su muro de Facebook dejan constancia de ello. Ángel padre, al día siguiente de la graduación de bachiller de su hijo, le consiguió un puesto en la distribuidora Alfa, empresa de los Milla. Inicialmente trabajó en el almacén y, un tiempito después, atendiendo la pequeña exhibición y venta que tenía la editorial en la calle Los Mangos de Sabana Grande, donde quedaban las oficinas. Así acumuló experiencia para entrar en 1989 a la Librería del Ateneo, al principio solo los fines de semana. En ese lugar sentó cátedra el alemán Hans Hirsch, pero cuando Ángel entra ya no está; están Alfredo Vallota, Paz Rodríguez y Miguel Márquez. Hacía poco se había ido Pedro Llorente, un español que formó parte del equipo inicial de Hans.

Durante cuatro años y medio permaneció allí, hasta que Monteávila apareció en el horizonte.

—¿Recuerdas la creación del sindicato de libreros que lideraba Vallota?

—Víctor García era un exiliado argentino [gerente del Ateneo a la sazón] y, si tenía que tomar la decisión de sacar a alguien, lo sacaba sin ningún problema. Sintió que con la creación de ese sindicato se establecería un poder paralelo en la librería. Pero yo creo que la idea de Vallota, que es anarquista, tú sabes por dónde vienen los tiros, era formar a la gente. Comenzó a hablar con otros libreros. Cuando llegué ahí, en 1989, vi la movida.

Entra Roger Michelena en escena, de quien Ángel habla con afecto. Le pregunta a quien lo entrevista si lo conoce; no, solo a través de las redes. Dice que sí, que es un personaje virtual, y se cuaja de la risa. Son compadres.

En el malogrado sindicato se involucraron Ricardo Abreu, estudiante de Historia, y Juan Rodríguez, chileno, profesor en la Alianza Francesa. Básicamente fueron ellos y Vallota. Michelena se puso del lado de los sindicalistas: los veía con simpatía. Ángel, con apenas 19 años, andaba en otra movida (es la propia palabra que utiliza). Observaba el conflicto desde la barrera.

Dos años después aparece Javier Marichal (ver entrevista) en el panorama. Ya habían compartido en Alfa. Ángel rememora el Ateneo en su compleja andadura y organización. Durante cuatro años y medio vio pasar a unas ochenta personas en aquel edificio de cuatro pisos. En la librería eran siete u ocho nada más para atenderla. Un monstruo,  y entonces vino el declive. Dice que, administrativamente, era un desastre. Una librería sin dolientes.

Todos los que estuvimos ahí intentamos hacer algo, nadie quería estar en una librería mal atendida o mal administrada.

Abandonó su carrera, Estudios Internacionales, por un tiempo; luego la retomó y se graduó cuando todavía laboraba en lo del Ateneo. Nunca buscó trabajo en su área de estudios pues ya no pudo salirse del mundo del libro. Creció la amistad con Roger. Disfrutaba el ambiente de la zona, los festivales de música, el teatro: años maravillosos. Cuando llegó la propuesta de Monteávila, aprovechó la oportunidad de mejorar desde el punto de vista profesional y monetario. Y además era un reto empezar desde cero, conformando el equipo, haciendo las primeras compras: fue contratado para trabajar con Katyna Henríquez, encargándose  de la compra de los libros y de montar las secciones de la librería. La Monteávila se inauguró el 30 de noviembre de 1993.

Esta especie de matrimonio con Katyna duró casi siete años. En 2001 a ella le proponen encargarse del Centro Nacional del Libro de Colombia. Por otra parte ya Ángel tenía un pie fuera de la librería pues desde el año 2000 compartía su tiempo entre Monteávila y su rol como  editor en una sociedad. Fue su primera experiencia editorial. Sin embargo, se queda y pasa un par de años difíciles: la salida de Alexis Márquez Rodríguez de la presidencia de Monteávila Editores y la llegada de Mariela Sánchez, sobrina del poeta Juan Sánchez Peláez, persona muy conflictiva. En cierto momento, desde la editorial no se le asignan los recursos necesarios a la librería. Una forma de tortura o chantaje, el dinero de la quincena que no llega. Después, recuperación hasta el año 2007 cuando, lastimosamente, se va todo al traste con el traspaso a la red Librerías del Sur.

— ¿Y qué hiciste? ¿Quién era el responsable allí?

—En el Consejo Nacional de la Cultura estaba Farruco Sesto y, básicamente, mi salida es porque me voy a la Feria del Libro de Bogotá. Me invitan a participar en un foro durante dos días en la Unión Latina y ahí comienzan a hablar de cuáles son los problemas del libro en cada uno de los países. Yo ya estaba obstinado de que midieran las cosas con la misma vara para todos los países y digo «mira, en Venezuela hay un gobierno que percibe las cosas de una manera, excluyendo completamente al sector privado». Empiezo a explicar mi visión del asunto, eso llegó a oídos de Farruco Sesto y, lógicamente, deciden pasar la librería, como para penalizarme, a otras manos. Carlos Noguera me dice que no quedamos en el equipo. Sin embargo, estuve meses haciendo el traspaso, de mayo hasta diciembre de ese año, entregando todas las cuentas.

Después trabajó en la editorial de El Nacional durante tres años como gerente de ventas. Hasta diciembre de 2011, cuando recala finalmente en calidad de gerente de marketing en Editorial Océano, donde trabaja hasta ahora [para el momento en que se le hace esta entrevista, 2014].

 

 

Los libreros entrevistado para este blog suelen albergar en sus faltriqueras sentimentales uno o varios libros que les marcaron de pequeños. Es un común denominador, por decirlo de un modo matemático. Pero en verdad esto no tiene que ver tanto con las Matemáticas como con las Humanidades. Hubo un libro que abrió esas puertas de la fascinación (las que todo el mundo lleva por dentro pero no todos las franquean) a Ángel Roberto cuando tenía unos cinco años, estando todavía en Uruguay. Lo recuerda como una especie de enciclopedia: traía vestimentas, razas, mapas, banderas de todos los países del mundo.

Siempre tuve una fascinación por las banderas, por las capitales, los hitos, las referencias importantes de cada país… Después nos mudamos a 21 kilómetros de Montevideo, a una zona balnearia muy bonita que se llama Lago Mar. Vendieron la tienda. Mi papá comenzó a trabajar en Losada y nos vamos para Lago Mar a vivir. Tuvimos una vida totalmente distinta, al aire libre, a tres cuadras había un lago y a siete cuadras el mar. Imagínate eso en verano, ¡era una maravilla! Yo andaba en bicicleta de chamo con mi hermana… era libre completamente. Eso duró hasta los 7 años.

En 1977 el padre vio su horizonte demasiado estrecho dentro de Uruguay. Decidió emigrar. Su amigo Walter Rodríguez lo había hecho un año antes. Llegó a Venezuela con el compromiso de trabajar en Kadmos, donde eran socios sus coterráneos Leonardo Milla e Isidoro Duarte, hombre curtido en la distribución de libros.

Durante un tiempo.Ángel García hijo tuvo una percepción desagradable sobre Leonardo Milla, el hombre que había expandido las librerías Alejandría. Fue su primer jefe. Dice Ángel:

Los años lo fueron ablandando, pero era bastante déspota, incluso, con los autores de la editorial y con la gente en general.

Con el tiempo se harían amigos. Dice que con algunos libreros se llevaba muy mal pero no con Walter porque ¿con quién no se lleva bien Walter?

 

 ♣

 

Ángel dice algo más sobre su padre, uno de los emblemas de la mejor época de Lectura en el centro comercial Chacaíto. Algo que probablemente lo describa:

Mi papá siempre decía que él tuvo la experiencia de pocos libreros porque sabía de libros técnicos, de textos escolares y de libros de interés general. Era un librero completo, pero no era el tipo que se vendía, no era el librero estrella. Una persona más bien humilde, incluso tímida. En casa le decíamos La enciclopedia ambulante porque no había tema que no supiera.

También hay algo que le decía Milla y él lo recuerda. Le transmitió la idea de que debía sentirse orgulloso por formar parte de la historia del libro de Venezuela. Le decía que el valor de una editorial está en los autores.