Páginas de un país roto

Libros de venezolanos publicados recientemente invitan a pensar en una corriente literaria inédita, marcada por un país que sufre no solo una trágica situación (que podría ser más o menos pasajera), sino una traumática experiencia de desmembramiento en todo sentido

 

Sebastián de la Nuez

Los venezolanos están escribiendo mucho, desde la diáspora o desde el propio lugar de los acontecimientos. Hay una necesidad muy vigente de registrar la debacle del país: a veces como trasfondo, o a veces de manera desnuda y directa. Se hace crónica, cuento, novela o poesía para sacar lo que se lleva por dentro, acumulado. Para saldar cuentas. Para tratar de ponerle orden al caos.

La literatura desde la diáspora o, en general, la literatura que atiende a la catástrofe que ha significado la entronización del chavo-madurismo en el país, debería ser materia, ya, en alguna parte, de foros y discusiones.

Ben Amí Fihman  es de los que escriben con desparpajo, sobre todo al meterse con iconos de la cultura criolla en El espejo siamés  (Oscar Todtmann Editores, 2017): revolotea continuamente sobre Caracas por mucho que se sitúe en París o Biarritz, y aunque alguno de sus personajes, o él mismo disfrazado, declare que la melancolía lo asalte cuando recorre sus calles. El idilio de Fihman y Caracas, con epicentro o bien en una frondosa avenida de La Castellana o bien en algún restaurant de los alrededores de Sabana Grande —el Jaime Vinas por ejemplo—, ha sido postergado.

La filóloga Laura Cracco no solo vuelve una y otra vez a Venezuela para denunciar al chavismo —una vez más, pero en su voz la denuncia suena a desgarro— al escribir desde España, sino que a través de las páginas de su diario-novela África íntima (Kalathos, 2017) late el corazón de El Cardenalito, un parque de Barquisimeto que recorre o solía recorrer con su hijo Sebastián: un lugar a donde volver, umbrío y confortable, recóndito y sosegado, mientras afuera estallan los cristales.

El iconoclasta Rodrigo Blanco Calderón ensaya toda una metáfora del pueblo sacrificado en Los terneros (Páginas de Espuma, 2018) a partir de la foto del joven desnudado y humillado por los colectivos en la Universidad Central durante los sucesos de 2014; es precisamente en ese cuento que le da título al libro donde se halla la frase más terrible que pueda retratar a la política oficial de un gobierno (que no es otra sino inocular el miedo en la sociedad): «Lo peor que le pudieron hacer esos malditos malandros a ese muchacho de la universidad fue no matarlo». Rodrigo parece tener él también, por su cuenta, ese lugar recóndito al cual asirse desde la distancia —vive actualmente en Francia—: la casa y taller de un genial artista plástico recluido por siempre jamás en Petare.

Por su parte, y aun cuando él no sea, ni mucho menos, un ejemplo de la diáspora venezolana, Boris Izaguirre ha declarado recientemente a la revista Icon que en su última novela, Tiempo de tormentas (Editorial Planeta), decidió retratar, a través de sus propios padres, a la generación de intelectuales «que el chavismo hizo lo imposible por ningunear».

Last but not least en esta epiléptica muestra de autores venezolanos escribiendo desde la gran herida-país, la autora Silda Cordialini presentó hace pocos días en la tienda Cesta República Verdades, mentiras y silencios (El Estilete, 2018), reunión de relatos interesantes y muy bien escritos. Pero uno en particular destaca en función de esta nota, «Del corazón todavía», con ese rumor de oleaje que conlleva su anécdota y la manera en que se narra: alude al problema de no reconocerse a sí mismo, de no saber si uno es uno o será este otro que desprecia, teme o rechaza. (Pero sobre este libro habrá otra nota en este mismo blog).

En suma: cada quien rebusca en sus memorias, acaricia sus nostalgias, metaforiza sus dudas. Se escriben cuentos, ensayos y novelas con este sello doloroso; se publican en España y Venezuela, o solo España (y eventualmente Francia), y sería bueno conocer o imaginar lo que todo esto, en conjunto, significa o significará. ¿Algo todavía no discernible en los terrenos literario y de la documentación de un gran trauma social? A final de cuentas expresan desde diferentes caminos el clima interior que produce la situación de una querencia rota, desmembrada, enajenada.