La palabra en la vida

Dice que no tiene imaginación y que su vida suele ser muy aburrida, por lo cual saca mucho material de sus sueños. Eso dice la venezolana Silda Cordoliani, quien presentó en Madrid —en el local de Cesta República, cómo no— una compilación de sus cuentos. Se titula, como para no dejar nada por fuera, Verdades, mentiras y silencios (El Estilete, Caracas, 2018)

 

Sebastián de la Nuez

Una telefonista en Margarita que trata de mami a una eventual cliente, sin conocerla. Un cerro majestuoso que ha desaparecido, al mirar por la ventana, porque ahora lo ocultan torres ruinosas. Un abuelo contando interminables historias de tío Tigre y tío Conejo. Un domingo bajo las sombras de los árboles de alguna plaza Bolívar provinciana. Huellas de Ednodio Quintero, José Balza y Guillermo Sucre. Ese trasfondo psicológico en la penumbra que al final resulta trágico. La escritora Silda Cordoliani (nacida en el estado Bolívar en abril, el año no importa), a lo largo de estos cuentos escritos en distintas épocas, aborda temas que son heridas: amenazas, utopías, desencuentros, películas quemadas, esperanzas muertas, oníricas neblinas que al final significan lo mismo, heridas. Y arrastra un país, su paisaje o su clima, a cuestas en la escritura. Esos personajes que aguardan a las puertas de la felicidad sin alcanzarla jamás, son venezolanos; en particular, venezolanas. Aquellos otros, desasidos, ciegos o ególatras, también lo son y no se los ha imaginado sino que los recicla de la realidad, ese contexto del cual le basta una partícula para levantar edificios de amor, entrega y desolación.

A veces, la forma de narrar es un mecanismo de engaño o transmutación, conejo sacado del sombrero a última hora; esa clase de intriga que te hace volver al principio cuando llegas al último párrafo diciéndote para tus sorprendidos adentros “ah, pero entonces…”, porque hasta ese momento el lector creyó que la línea argumental iba por un camino más o menos previsible pero resulta que no, que el texto lo acaba de morder desde la cola como el alacrán.

Verónica Jaffé, en la conversación que se organizó en Cesta República el 4 de junio, recordaba al poeta Armando Rojas Guardia, quien le pedía a la narrativa venezolana una antropología del venezolano de su tiempo. Eso fue en los años setenta. Verónica dijo: “Silda empieza a responder a esa demanda de antropología. La idea es contarnos”. Y a continuación aludió a Carmen Ruiz Barrionuevo, catedrática española especializada en literatura hispanoamericana, quien escribió el prólogo de esta edición: un exhaustivo examen de los libros anteriores de Cordoliani y su condición de narradora de mujeres (habla de conciencia de lo femenino), cosa sobre la cual Jaffé le preguntó a la autora, distinguiendo entre lo femenino y el feminismo, que en todo caso le habla a los mujeres, no a los hombres.

Y dijo entonces Cordoliani:

Soy una atea muy particular. Así, soy una feminista muy particular, sin normas ni estereotipos. Sí, hay una preocupación por lo femenino. Me viene de siempre. La mayor parte de mi tiempo la dediqué a leer libros básicos del feminismo. Sí, soy feminista. Pero cuando escribo eso no está en mi cabeza. Jamás hago moralejas sobre la relación entre hombres y mujeres. La moraleja no pasa por mi cabeza.

La conversación siguió por otros derroteros, con la animación del narrador Juan Carlos Chirinos y la participación de algunos asistentes. Uno de los derroteros fue el asunto de los sueños de Cordoliani. Dice que se regodea en ellos antes de lanzarse a escribir. Y que sus sueños, dada su vida bastante aburrida durante la vigilia, significan mucho, “sobre todo cuando me remueven… Sé que los sueños están diciendo muchas cosas”.

Puede que Verdades, mentiras y silencios tengan un título tan abarcador que en verdad no diga nada. Todo en la vida es eso. En cualquier caso, recoge el trabajo literariamente elaborado, sugestivo y seductor de una mujer con talento para ser muchas mujeres al mismo tiempo, poniéndose además en los zapatos de algunos hombres-personaje. Debería hablarse en su caso de cuentos sobre relaciones hombre-mujer si es que han de ponerse etiquetas.

Silda Cordoliani parece, de entrada, una mujer dulce, reflexiva, más bien tímida o apocada, cero tendencias al desmán o el exceso. Es distinta a los retratos que puedan hacerse de sus mujeres. O al menos eso es lo que parece. Quizás haya leído a Marguerite Duras cuando la francesa ha escrito (o dicho) que la escritura es, para quien escribe de verdad, lo desconocido de sí, de su cabeza, de su cuerpo; que escribir no es ni siquiera una reflexión sino una facultad que se posee en paralelo a la misma persona; otra “que aparece y avanza, invisible, dotada de pensamiento, de cólera”.

Lástima la cantidad de errores que se le cruzan al lector a menudo en este volumen, como baches en el camino de la lectura.

Otra cosa: falta hacer promoción y distribución para los libros de venezolanos en España. Al preguntar en las librerías madrileñas por Verdades, mentiras y silencios los dependientes no tienen ni la menor idea.

De izquierda a derecha: Juan Carlos Chirinos, Silda Cordoliani y Guillermo Barrios en Cesta República, el 4 de junio de 2018.