José Antonio Rial, antifranquista por siempre

José Antonio Rial fotografiado en 2006 para el diario El Universal.

Llegó a Venezuela como un oficial de marina exiliado, luego de conocer durante siete años la cárcel por oponerse al franquismo. Nacido en 1911, fue testigo del siglo en España y en Venezuela; periodista, novelista y dramaturgo. Esta entrevista fue publicada originalmente en las páginas culturales de El Universal en 1997. José Antonio Rial murió el 17 de noviembre de 2009. Es el autor de La prisión de Fyffes

 

Sebastián de la Nuez / Fotos: Venancio Alcázares

José Antonio Rial nació en 1911. Al momento de realizarse esta entrevista trabajaba en un libro sobre el periódico El Universal del que llevaba contadas 350 páginas. Se dice que son los temas los que eligen al escritor, no al contrario. Si esto es así, entonces él fue elegido por el tema desde el mismo instante de 1950 cuando comenzó a colaborar en las páginas de opinión de este diario con el plan de saldar cuentas con Francisco Franco, el dictador que se acostumbró a describir en detalle a fuerza de evocarlo sin odios.

En El Universal se mantuvo durante 27 años al cabo de los cuales, calcula, escribió diez mil artículos. Diez mil enfrentamientos ante la página en blanco, diez mil apuntes sobre historia, política internacional, arte, ciencia: los temas que nunca le abandonan y sobre los que se mantiene actualizado. Por cierto, le ha aburrido de tal manera La isla del día de antes, de Umberto Eco, que abandonó a las pocas páginas, pero Las arrugas del tiempo, un ensayo escrito por un científico que sigue la pista de Stephen Hawking, le fascina.

Sentado en un sofá del segundo piso de su casa en la urbanización Macaracuay, José Antonio Rial semeja un paisaje después de la batalla: por sus arrugas ha pasado no la historia directamente, pero sí los coletazos de ella tanto como sus preámbulos. Estuvo en Tenerife mientras Francisco Franco tramaba los últimos detalles que desencadenarían la Guerra Civil que asoló a los españoles, y se convirtió más tarde en una de sus víctimas, encarcelado bajo sospecha de sedición. Una vez en el exilio contempló de cerca el cinismo de la Seguridad Nacional en la cara de un jefe de Información en El Universal, tangerino sefardita, de quien guarda un recuerdo atroz. En sus viajes de periodista entendería por qué las agencias internacionales de noticias envían despachos de guerra desprovistos de toda huella humana, especialmente los de UPI y AP: sus corresponsales, mientras los tiros suenan en la plaza, trasiegan whisky bourbon en la cantina del hotel donde se hospedan.

Le ha seguido el pulso al siglo, mirándolo a veces por una rendija y en ocasiones a pecho descubierto, y al cabo de todo este tiempo le ha quedado un gusto agridulce en la palabra.

Periodista y dramaturgo, pero sobre todo hombre de ideas que prefiere la literatura del siglo XIX a la de éste, tan dada a la novelería, no otorga concesiones a la mediocridad ni se permite la duda ante un dilema ético. Como cuando discutió con Carlos Giménez, el director de sus obras teatrales más exitosas, porque apareció de repente, entre la utilería destinada a la escenificación de La muerte de García Lorca, una máquina de escribir. Muy bien sabía al dramaturgo que el poeta granadino jamás había tocado una máquina de escribir. Pero en la utilería estaba y en escena apareció, por liviandad y cabezonería de Giménez. En todo caso, entre sus desplantes a terceros y lo imprevisible de su humor, guarda de Giménez ciertos buenos momentos que giraron alrededor de las tablas.

Pero José Antonio Rial es, sobre todo, aquello a lo que se refiere Mario Vargas Llosa cuando habla de mentir con pleno conocimiento de la verdad. Supo arrancarle matices al horror brutal y monocorde de lo que fue historia de la España negra: el asesinato de Federico García Lorca a manos del falangismo. Hizo de la noticia una obra que es drama y es ficción de la verdad; y del grito “¡Abajo la inteligencia!” proferido por el siniestro oficial Millán Astray, metáfora del salvajismo fratricida.

El propio Rial supo lo que aquella frase encerraba mientras sufría siete años de condena en diferentes prisiones de las Islas Canarias.

Jose Antonio Rial, escritor. Septiembre 2006.

Un hombre llamado Casto Fulgencio López lo introdujo como columnista en El Universal a poco de su llegada al puerto de La Guaira. A este hombre lo había conocido durante la travesía en barco desde Canarias. Mientras trabajaba en la editorial y librería Las Novedades comenzó, entonces, a escribir artículos sobre un tema que manejaba muy bien y que era de interés para los intelectuales de izquierda de la época: García Lorca y su poesía. Una forma de vengarse de Franco.

Sin embargo, su trabajo como reportero en firme comenzó luego, al encontrarse en un pasillo con el director Luis Teófilo Núñez, padre, un hombre que tenía varias virtudes y algunos defectos:

“Era culto. Había leído a Bolívar. Le gustaba más Bolívar como escritor que como luchador. Núñez era muy discreto y educado hasta para botar a alguien: le hacía quitar la silla y la mesa pero no le decía que se fuera”.

En aquel periódico olía a orines, como en todas las redacciones que Rial había conocido en España. Pero allí todo tenía un aspecto muy lóbrego. Comenzó como reportero en la fuente de Sociales a las órdenes de una señora colombiana y del hombre relacionado con la Seguridad Nacional de cuyo nombre no desea acordarse. La primera entrevista de Rial fue a Susana Duijm, la flamante Miss Mundo. La cosa no le disgustó del todo.

Aquel siniestro personaje firmaba artículos copiados de un periódico de Tánger. Sin ser periodista fungía como jefe de Información. El 23 de enero del 58 en la mañana llegó al periódico con la intención de trabajar, y la gente de talleres más algunos de Redacción por poco lo lincha:

Lo sacaron a la galería, que era ancha, y empezaron a jugar con él como si fuera un balón, dándole patadas y tirándolo contra la pared. Llegué cuando eso estaba sucediendo aquello y me quedé horrorizado, pero no me metí en nada. En eso llegó Pascual Venegas [Filardo], jefe de Redacción, y aunque no tenía mucho mando porque Benarroch le había ido quitando autoridad, tenía el respeto de aquella gente. Se metió y lo salvó. Pero es que aquel tipo era un esbirro de la Seguridad Nacional. Salió de entre las manos de aquella gente con la ropa destrozada y sangrando.

Esa noche lo cobijó Rial en su casa. Clorinda, al ver a Benarroch por la mirilla del apartamento aquel 23 de enero a medianoche, le pidió a su marido que no le abriera. Pero José Antonio abrió, y aquel hombre irrumpió llorando en el apartamento; le había ido a pedir auxilio al doctor Núñez, ya que la gente del periódico lo había expulsado de facto. Le fue a pedir auxilio porque él, a fin de cuentas, se había portado muy bien como jefe. Y el doctor le respondió algo así:

—Bueeeeeno, Mercedes tiene por ahí 500 bolívares pa’l mercado. Se los voy a pedir para dártelos.

Y el soplón contestó, según su propia versión, inflado de dignidad:

—Doctor, no vengo a pedir una limosna.

Huyó del país, luego volvió y Luis Teófilo padre abrió con semejante sujeto una oficina en un piso alto del edificio del diario a la que llamó Innac. Según la narración de Rial, una oficina de esquiroles, un grupo de redactores y reporteros alternativo a quienes trabajaban con todos los beneficios de la Ley según un sueldo estipulado en nómina. Tiempo después, con la amplitud de la democracia representativa en pleno desarrollo, Rial halló al personaje de marras de la Oficina Central de Información.

Rial ascendió hasta llegar a ser, primero, jefe de Información, y de Redacción después. Sus palabras resultan, a la vista de la historia transcurrida, lapidarias:

Si me hubiera acomodado a lo que quería el doctor Núñez, es decir, que le gobernara a la gente… Era muy difícil. Gobernar a la gente significaba implantar una especie de dictadura, con castigos y expulsiones. A eso no me avine. Quizás si hubiera llegado directamente del barco, de la disciplina de a bordo, aunque fuera mercante, con aquella cosa férrea, quizás lo hubiese hecho. Pero venía de haber pasado varios años en la cárcel, que me crearon una moral de compañerismo, un sentimiento de fraternidad hacia los que estaban conmigo. Eso me impedía ejercer un mando duro, y el doctor quería un mando durísimo. Y se necesitaba, claro, un mando disciplinario, que hiciera que la gente llegara a su hora y cumpliera. Eso era difícil de conseguir.

Rial salió de El Universal en la época en que murió Franco en España. Siguió, desde fuera, como colaborador. Siempre aspiró a que en aquel periódico se escribiera de libros y de pintura, y quería al mismo tiempo asegurarse su futuro en el país. En los años cincuenta había obtenido la carta de naturalización, le habían publicado un libro (Venezuela Imán), su particular visión de asombro ante la avalancha de extranjeros que se diseminaba por Caracas, y necesitaba un título universitario, así que se inscribió en Periodismo, en la Universidad Central. Había llegado desde España como oficial de la Marina y no se iba a quedar así. Mientras estudiaba, trabajaba para El Universal buscando personajes y hechos que reseñar en la calle. Como se negó a ser capataz, pasó a reportear free lance desde la calle. Así comenzó a olfatear todas las historias inéditas, sorprendentes o simplemente cotidianas que encerraba la ciudad en cada esquina. Y así entrevistó a Rada, el mecánico de aviación del Plus Ultra, el avión español que cruzó el Atlántico desde Puerto de Palos hasta Buenos Aires. Una verdadera leyenda. Lo encontró trabajando en un taller mecánico de automóviles.

En la UCV fue el primero en su clase junto a Isabel, la hija de Mario Briceño Iragorry. En España no había llegado a entrar en la Universidad, pues en su rol de oficial de la Marina y como miembro de una prole de seis hermanos en un hogar sin muchos recursos, resultaba bastante difícil.

De modo que cuando aquí se facilitó la entrada a la Universidad, yo me metí de cabeza. Un día, Serrano Poncela, un hombre muy severo, profesor de Literatura Universal, preguntó en clase que quién era José Antonio Rial. Me puse de pie y me dijo que quería hablar conmigo. No acostumbraba hablar con nadie; era severo y autoritario, y había que serlo, porque si no la clase se convertía en un bochinche. Salió conmigo y me dijo: ‘Usted escribe con sindéresis, sus artículos me gustan. ¿Pero no ha escrito nada más?’ Le contesté que tenía una novela de 500 páginas.

En ella había puesto en práctica el mismo principio de sus crónicas periodísticas, aquel con el que Chejov aconsejaba a Máximo Gorki: “No diga que el vidrio de la botella brilla mucho o poco con la luna; simplemente hágalo brillar”. Venezuela Imán había sido publicada por Mediterráneo a los cuatro años de haber llegado su autor al país (alguien se enteró de que Rial escribía una novela sobre la Caracas de aquel momento y le dijo que en cuanto la terminara se la llevara al editor con señas tales y tales. Mediterráneo era una editorial pequeña, limitada). Ya en España había optado al premio de la revista Destino, sin mayor éxito. Así, la circunstancia de encontrar salida inmediata a su libro, a pesar de su volumen, lo sorprendió de una manera harto grata y a la siguiente clase se la llevó a Serrano Poncela. El profesor le dijo que saldría de vacaciones, y que al retorno hablarían. En efecto, al volver le dijo que en principio había temido por el contenido de aquel “mamotreto” pero que, una vez leído, “¿sabe qué le digo? En España no abundaban novelistas así. Usted es un novelista nato”. Y le dio una carta para la Editorial Losada, recomendándole a don Gonzalo Losada su publicación bajo este sello. Inmediatamente le enviaron el contrato.

Desde entonces, obra tras obra —Tiempo de espera, Segundo naufragio, Bolívar y Cipango, entre otras—, trabajando ora para El Universal, ora para una empresa que le permitió disponer de una oficina propia y convertirse, al mismo tiempo, en corresponsal de France Press, levantó junto a su mujer Clorinda una familia con dos muchachos y una niña que fue ilusión y estremecimiento durante 14 años, cuando falleció por causas naturales. Al momento de esta entrevista se mostraba orgulloso del hijo mayor, una eminencia en ingeniería astrofísica en la Universidad de California, y del segundo, ingeniero petrolero [hoy en día residente en Monterrey, México].

Luego de todos estos años, los demonios de la emigración aún le acechan al amanecer mientras lee la ficcionada autobiografía de Franco escrita por Manuel Vázquez Montalbán. El tiempo todo lo sutura, y su serenidad es la de quien ha sabido reconciliarse con sus pesadillas mediante la escritura, rito de exorcismo: sobre todo aquella novela que le empujó a escribir su madre, La prisión de Fyffes [una prisión de reos políticos en Santa Cruz de Tenerife]. No llegó a Venezuela saltando desde la cárcel, no; había salido en 1943, luego de cumplir parcialmente la condena de doce años y un día —lo cual podía significar, de hecho, que ese día se convirtiera en dos años adicionales de castigo—. Llegó a Caracas en 1950. Simplemente, como dice él, se hartó de su país. Incluso estaba perfectamente establecido para la época con una papelería al por mayor que le daba buen dinero, y que se la dejó a un hermano, en Santa Cruz de Tenerife.

—Pero usted, mejor que político, es un intelectual.

—Bueno, no soy un intelectual. Porque esa palabra es muy fuerte, si no sabes escribir griego ni latín y no das clases de filosofía es difícil llamarse intelectual; en todo caso soy un artista. Además el intelectual es un creador de teoría. Aquí ha habido un señor que ya murió, por eso no lo nombro, que casi firmaba como filósofo. No me estoy refiriendo a García Bacca, que era un filósofo. El verdadero filósofo español es Miguel de Cervantes, que nos crea una imagen de lo español: eso es hacer filosofía aunque sea a través de una novela. Don Quijote y Sancho es una dualidad española. No. Yo soy un autor dramático, con obras representadas e incluso traducidas en Estados Unidos y en Rusia. Entonces, mi teatro ha tenido cierta trascendencia, y el teatro es arte, cuando lo es. Y he escrito novelas difundidas en todo el ámbito de la lengua castellana. Artículos a montones. Y un libro de ensayos. Eso lo considero arte. Pero yo no tengo base cultural para considerarme un intelectual.

—Y qué me puede decir de la relación entre el dramaturgo y el periodismo.

—La gran escuela para escribir es el periodismo. Divulgar las cosas, ponerlas al alcance de la gente y, si se puede, darles una cierta belleza con mucha claridad y transparencia: eso es un oficio difícil. Ha habido escritores que han querido aprender a escribir, como Somerset Maugham; nunca ha sido una primera figura inglesa, porque la crítica allá es terrible, pero sí muy leído. Quiso aprender a escribir. Había recibido una pequeña fortuna de su padre, alquiló una oficina y todas las mañanas iba temprano y se ponía a copiar a los clásicos. Por la tarde se iba otro par de horas a hacer lo mismo. Así, dice él, aprendió buen inglés; así se hizo un cuentista excelente y un novelista regular. Bueno, es una escuela: los clásicos. Yo no creo que copiando a los clásicos se gane mucho, no sé. Es decir, ¿cuál es nuestra escuela de escritores, dramaturgos, novelistas? La lectura. Desde luego, en las escuelas no se aprende. En las escuelas se aprende ortografía, en todo caso, y un poco de gramático. De modo que el arte de escribir se aprende leyendo.

Cierta vez, Luis Teófilo padre lo llamó a su oficina y le espetó: “Se dice por ahí que usted es comunista”. Y él le contestó: “Mire, doctor, a usted no le pueden decir ni que soy maricón ni que soy ladrón. ¿Qué queda? Comunista”.

En verdad era un republicano, lo que quería decir en aquellos tiempos, viniendo de donde venía, un demócrata perseguido.

Cuenta que en sus tiempos los periodistas carecían totalmente de léxico. Había uno en particular, en sucesos, que para describir un incendio no tenía otra palabra que candela. “La candela corrió por allá, se subió la candela al techo, vinieron los bomberos y trataron de apagar la candela…” y Rial le aconsejaba que se estudiara el diccionario.

—El arte de escribir se aprende leyendo —insiste—, independientemente de cualquier clase de pedagogía. Nunca en la Universidad se aprende a fondo. Se aprende, quizás, a pensar. A pensar lógicamente.