Un venezolano en PhotoEspaña

Alexis Pérez Luna en el parque de El Retiro el 13 de junio de 2018. En sus manos, su libro más reciente.

En el sótano de una librería en la calle Galileo 52, de Madrid, se exhiben los maniquís del venezolano Alexis Pérez Luna. Ha cumplido cincuenta años detrás de su visor y sigue abriéndose posibilidades: como por ejemplo, las que carga para arriba y para abajo en su Smartphone. No desaprovecha las maravillas de la tecnología. Es uno de los mejores fotógrafos del país

 

 

Sebastián de la Nuez

Hasta el 26 de agosto sigue el festival PhotoEspaña en Madrid y en otras ciudades, cumpliendo en 2018 veinte años. Es un evento heterogéneo y su centro es la fotografía y las artes visuales con antologías, colectivas, propuestas individuales y actividades diversas en museos, galerías de arte, salones de fundaciones privadas, librerías y tiendas. El año pasado estaba Marilyn Monroe brincando, con sus pies y brazos desnudos, en CaixaForum. Este año, la ciudad de París en blanco y negro, en los años cuarenta, reaparece desde la penumbra de sus faroles a gas según el lente de Brassaï, un hombre que supo aproximarse a sus temáticas incorporándoles su propia personalidad. Son solo ejemplos.

El venezolano Alexis Pérez Luna guarda tesoros que pueden verse en su página web (www.alexisperezluna.com) aun cuando él dice que todavía hay mucho por digitalizar de su desordenado archivo. Sus maniquís fueron seleccionados para PhotoEspaña edición 2018.

Son cincuenta años en la brega, desde que su mamá le regaló una Nikon. Guarda imágenes de la República del Este cabeza por cabeza antes de que se conociera como tal.

—¿Nunca habías expuesto en España?

—Sí, hace muchos años, con Vladimir Sersa y Sebastián Garrido. Nos invitaron a exponer a raíz del Festival de Cine de San Sebastián, y fue muy curioso porque nos dijeron: “Miren, hay una galería muy buena y hay un bar, ¿qué prefieren?” Por supuesto, escogimos el bar.

Ha expuesto en Argentina y en México. Ha sido Premio Nacional de Fotografía. Entró a trabajar en el periódico El Nacional en 1968. Dice que este festival español es uno de las grandes citas anuales junto con las de París, Buenos Aires y Houston. Alexis tiene cinco hijos y una esposa, Marisela Fuentes. Dice que se juntaron ya de viejos y que los hijos los tuvo cada quien por separado: cuatro de él y una de ella. Estudió Administración y ayudó a su padre con un hotel y un restaurant. Luego establecieron un hato de ganadería, y eso le  ha permitido dedicarse a la fotografía con libertad, con afanes de creador, recorriendo Venezuela. Ya en 1964 era el fotógrafo del centro excursionista de su liceo, el Andrés Bello. Como buen fanático de Brassaï, quien en realidad se llamaba Gyula Halász y era húngaro, se ha acercado a sus temáticas buscando en ellas su propia personalidad de artista inquieto con ojo avizor. Personajes, cosas, sitios, puertas y ventanas. Iglesias, cementerios, ventorrillos, letreros, ranchos o chabolas; maniquís. Hay 43 de sus maniquís en blanco y negro en una librería que pertenece a unos argentinos, en la calle Galileo número 52 de Madrid. Estas fotos, en los saloncitos del sótano, tienen un tamaño 30X40. Las pasó a papel en un sitio de la propia capital del Reino: salida digital, proceso químico.

Ahora hay que tomarle una foto a él, el fotógrafo. Dice que una taza de café siempre puede ligarse al arte creador pero una botella de agua como que no tanto. Alexis es eso, a fin  de cuentas, un creador de personajes que ligan dentro de un determinado contexto, bajo cierta mirada. Sin embargo, como Brassaï, no tiene ninguna necesidad de distorsionar o deformar, de mentir o predicar con su trabajo. Llega y dispara. Parece fácil, ¿no?

En el sistema analógico ha preferido (o prefirió) Nikon, toda la vida, pues fue la marca a la que se acostumbró desde que su madre le regalara la primera cámara.

—Y cuando cambié a digital, que tuve que asumir el aprendizaje de las nuevas tecnologías, que no es fácil, cambié a Canon.

Tuvo que volver a estudiar al dar el salto. Enseguida se apresura con una expresión contundente, como para despejar discusiones de una vez por todas:

—Pero realmente eso no tiene importancia. Algunos se enrollan con lo de digital y analógico: es un cambio de soporte, más nada. La imagen es la misma, se compone igual… la medición de la luz sí es distinta: bastante más complicada en digital, no es esa escala de grises completa que conocimos nosotros los que nos formamos en lo analógico. La valoración de la foto iba del negro puro o del blanco puro pasando por ocho grises: en digital eso se dificulta un poco, aunque ahora con los programas de postproducción es una maravilla porque agarras el archivo crudo, que es en colores, y cada color lo trabajas en una escala de grises. Así, muchas fotos que son originalmente en color, las paso a blanco y negro porque, además, yo siento que veo en blanco y negro.

—¿Cómo es eso?

—Cada vez que veo un color, lo traduzco. Por ejemplo en esa pared de ladrillos veo un setenta por ciento gris. Cuando hago una fotografía, hago primero una previsualización en una escala de grises…

Sin embargo fue a Egipto y a la India,  que son países de colores estridentes, y supo que allí debía usar el color. “Es casi imposible escapar de esas tonalidades del color [en esos países]”. No para de aprender. Recientemente hizo un curso en Buenos Aires de fotografía con celular. Un alumno más en el grupo pues está convencido de que sus posibilidades son maravillosas “aunque no puedas hacer grandes ampliaciones. Muchas de las fotos que están en mis libros son hechas con celular”. Ha sacado diez libros, siete individuales y tres colectivos. Ya en 1980 apareció uno sobre letreros, con su grupo de amigos profesionales de la fotografía, antecedente del que acaba de aparecer, Las paredes no mienten (Monroy Editor). Ahora está en etapa de digitalizar sus negativos: lo que resta de su archivo, que dice que es muy complicado, muy desordenado.

Una esquina en la librería Centro de Arte Moderno, de Madrid, con fotos de Pérez Luna.

—¿Se puede tomar una foto de tu página web?

—Absolutamente, no tienen marca de agua y tienen buena resolución. Mis fotos están libres.

—¿No eres celoso de tus fotos?

—En absoluto. Las han utilizado más para cosas buenas que para cosas malas.  Y para mí eso es importante que cualquier persona que esté haciendo una investigación, por ejemplo alumnos universitarios, las usen. Son más los beneficios que me pueden reportar que los peligros. Tengo una gran  confianza. No soy de los que dice “no me enamoro para que no me decepcionen”. No. Uno se enamora y pueden suceder cosas buenas o no. Mi experiencia ha sido buena. El 99 por ciento de la gente pide permiso, me llama o me escribe. Prefiero dejarlas libres [las fotografías].

—Pero si las expones es porque están a la venta…

—Claro, pero no es lo mismo una foto que reproduzcas que la original, copiada con una buena técnica. De todos modos, la fotografía siempre ha estado marginada, al ladito del mundo del arte. Pero bueno. Somos al fin y al cabo los grandes historiadores. Es el documento más fiel y original de una interpretación de la realidad porque a fin de cuentas toda foto es un autorretrato: si bien refleja una realidad, esa realidad la fotografío según mis vivencias. Yo soy hijo de español y francesa, viví mucho tiempo en el interior. Entonces la ruralidad, la visión del paisaje del llano (yo pasé mi infancia en Calabozo, en Guárico), todo eso está en mis fotos. Siempre. Es mi impronta personal. La vida, los hijos, la familia… Todo lo que uno ha vivido está allí, por más inocente que sea la foto que uno haga.

—¿Con quién te formaste?

—Con Juanito Martínez Pozueta, profesor de fotografía en la Central en el año 1967.Él preparaba los químicos a la vieja usanza, mezclando los polvitos. Fue un aprendizaje fantástico allí en la Escuela de Periodismo, mientras estudiaba Administración.