El exlibrero amigo de Rómulo

El editor José Agustín Catalá (1915-2011) es una leyenda a la que se le ha rendido tributo, por lo demás merecido: nadie como él supo compilar, ordenar y dejar constancia de la tortura y los abusos, en Venezuela, de los regímenes de Gómez y Pérez Jiménez. Sus ediciones son el registro y la historia de la barbarie del militarismo. Pero además fue librero alguna vez 

Sebastián de la Nuez

Se le ocurrió montar la librería Santos Luzardo como modus vivendi y parapeto al salir de la cárcel adonde lo habían mandado por conspirar contra la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Pero José Agustín Catalá fue, ante todo un gran editor. Y, en algún momento, librero. Al salir de la cárcel de Ciudad Bolívar, el régimen seguía sin fiarse de él y lo vigilaba muy de cerca. En sus Apuntes de memoria cuenta que en aquella época, para un hombre que había sido perseguido, encarcelado y torturado durante ocho años, resultaba prácticamente imposible conseguir trabajo. Sin embargo, un empresario progresista le dio empleo como vendedor en la empresa Prodieta. «Poco tiempo duró el feliz enganche», dice en su libro: no quiso continuar pues uno de los socios de la compañía, supo Catalá, amenazaba a su benefactor, Alejandro Hernández, con retirarle el apoyo financiero si no prescindía de los servicios de aquel enemigo del régimen. Así que optó por marcharse para evitarle un mal mayor a quien generosamente le había ayudado.

Después de eso instaló en el Bloque 6 de El Silencio una librería pero habría de clausurarla al cabo de un mes. Los de la Seguridad Nacional le recordaron que su libertad había sido condicionada a no relacionarse de ninguna forma con los libros. Tenían razón para temerle ya que había sido el autor intelectual y financiero del Libro negro con su listado de presos, torturados, exiliados y muertos por la dictadura. Le aconsejaron los SN marcharse al interior. En estos casos ya se sabe lo que significaba un consejo. El editor lo que se había propuesto era, simplemente, estar en el Bloque 6 a la vista como para que cualquiera pudiese constatar que mantenía sus manos fuera de conspiraciones; allí estaría, todos los días a la orden, accesible para quien quisiera acercarse, fuese policía o cliente.

No lo dice en sus memorias pero en alguna entrevista posterior sí: los funcionarios de la Seguridad Nacional agregaron que la librería debería cerrarse, en realidad, no por las publicaciones que pudiera vender o repartir o porque el gobierno temiese que el lugar se convirtiera en cueva de conspiradores, o no solo por ello. La razón clave era otra: por la zona pasaba todos los días el automóvil presidencial con su preciosa carga rechoncha dentro, y aquel local tan cercano a la avenida les lucía, a los SN, como demasiado estratégico. Preferimos, sabe usted, evitar tentaciones.

Y así, la librería Santos Luzardo quedó en un rincón histórico. Catalá marchó a Maracay, donde se hizo cargo de una bomba de gasolina. Podrían establecerse algunas similitudes entre los oficios de bombero y librero, pero es mejor dejar las cosas de ese tamaño.

José Agustín Catalá siempre fe muy amigo del líder accióndemocratista Rómulo Betancourt, y esa amistad se consolidó en democracia, una vez derrocada la dictadura y cuando Betancourt asumió la primera magistratura, tras ganar las elecciones a finales de 1958. Eran amigos pero su relación no era fácil. Sin embargo, a través de algunas anécdotas puede entenderse el talante profundamente democrático que, diga lo que se diga, movía al presidente Rómulo Betancourt. Catalá le editó varios libros. En su oficina de Maripérez, todavía en sus últimos años de actividad, guardaba cartas y fotos donde se les veía juntos. Catalá había formado parte del gabinete, durante la presidencia de Betancourt en el quinquenio 1959-1964.

El primero de los libros que le editó se titula Rómulo Betancourt, semblanza de un político popular, compilación de artículos publicados en el exterior antes de llegar al poder. En su oficina de la Avenida Principal de Maripérez, cerca de la Hermandad Gallega, seguía despachando Catalá con más de 90 años en el año 2008. Tenía su oficina tapizada prácticamente de fotos suyas junto a grandes líderes adecos, entre ellos, naturalmente, Betancourt.  Livia Torres, una mujer de carácter que trabajó con Catalá durante al menos treinta años, comentaba acerca del carácter del expresidente venezolano en funciones de autor frente a su editor. Decía que «era horrible con las correcciones, demasiado meticuloso con sus apostillas… Las apostillas eran como de veinte páginas y a 8 puntos. Agregaba una comita o quitaba un puntico y había que repetir el texto completo porque trabajábamos en cinta. Yo me ponía loca cuando venía algo de él, no me gustaba.»

Betancourt, sin embargo, podía ser fastidioso con sus apostillas y enmiendas sobre lo ya corregido, pero también podía ser afectuoso con su amigo, como cuando le rubricó una nueva edición de Venezuela: política y petróleo a cargo del Fondo de Cultura Económica.

Por otra parte, solía enervarse ante las críticas sobre su obra. Catalá conservaba una nota en la que acusa recibo de un envío y le agrega: «Como opinaste que debía ponerle una tasa de acotación a lo que escribí sobre [Salvador] Allende, te van diez tasas. Las tomo de lo escrito para mis memorias». Se refería a un trabajo anterior que le había enviado a Catalá, rechazado por el editor con estas palabras: «No te publico esa vaina.» Para el momento de esta anécdota, Betancourt ejercía la Presidencia. De modo que ese era el lenguaje de un editor frente al presidente de la República. Pero Catalá sabía que podía permitírselo pues, como él mismo decía, podía ser  «el señor presidente en Palacio pero en la vida normal éramos de tú a tú. Un tipo a veces intolerante con otras personas, pero a mí me toleraba.»

Contaba entonces el incidente de la invitación de un 18 de julio. Estaban recorriendo los pasillos del Palacio de Miraflores, cosa que al presidente le gustaba hacer a menudo, y de pronto, interrumpiendo el diálogo entre ambos, le dijo:

—Bueno, terminamos la conversación esta noche en la casa de Altamira.

—No puedo esta noche.

—¡Qué vaina es esa! ¿No puedes acompañar al presidente?

—Bueno, presidente y todo pero no te puedo acompañar porque tengo mis compromisos.

—¿Qué compromisos son esos? Siempre andas enredado en faldas. No cargas un policía, no cargas a nadie que te cuide.

—El problema es que no se trata de una mujer. Se trata de un hombre.

—¡Ah vaina! Ahora sí es verdad.

Según Catalá, le dijo otra palabra que él no estaba dispuesto a repetir, y al cabo de un rato de silencio Betancourt volvió a la carga:

—¿Se podrá saber de quién se trata?

—De Gustavo Machado, que es tan amigo mío como soy yo tu amigo.

Gustavo Machado, uno de los hombres fundamentales del comunismo en Venezuela, amigo personal de Fidel Castro. Machado y Betancourt eran hombres en pleno enfrentamiento. Catalá era fraternal camarada de contrincantes ideológicos y favorecedores de la lucha armada. A fin de cuentas, se había sacrificado por ellos, ayudándolos en la resistencia. Era ficha de Acción Democrática pero también podían contar con él los enemigos de su jefe. Habían sido compañeros de cárcel durante la dictadura; no podía darles la espalda: Douglas Bravo, Argimiro Gabaldón, Gustavo Machado y algunos otros.

Estos cuentos echados por el propio Catalá dan una idea del talante de Betancourt y del tipo de relaciones que podía establecer con su entorno.

Por fin, el incidente del texto sobre Allende fue zanjado de esta manera: en efecto le enviaba  diez tasas en aquella ocasión, diciéndole que cumplían la doble función de no parecer irrespetuoso a la memoria de Salvador Allende —era el punto que le reclamaba Catalá— y además «se cumple tu observación de que el folleto se convierta en libro.» Catalá quedó satisfecho: logró la modificación de lo que en principio fue un artículo tremendamente ofensivo contra Allende.