Del Hotel Potomac a «El espejo siamés»

En las páginas de su laberíntica novela El espejo siamés, el editor Ben Amí Fihman coloca a manera de telón de fondo calles, hoteles, bares y sedes diplomáticas de París, Caracas, San Petersburgo o Varsovia. Entre las menciones caraqueñas, el Hotel Potomac, en la urbanización San Bernardino

 

Sebastián de la Nuez

Muchas descripciones-reminiscencias en El espejo siamés (Oscar Todtmann Editores, 2017) resultan inequívocas, rotundas, exactas (aun cuando todas ellas sirvan al supuesto propósito de trampantojo que recorre el texto de cabo a rabo), con detalles históricos e imágenes realistas impregnadas de glamour decadente en donde resuenan los idílicos años cincuenta.

Para testificar el auge de la vida nocturna en la capital de Venezuela, Fihman hace referencia al Hotel Potomac, donde recaló alguna vez la legendaria cantante de origen judío Wiera Gran para interpretar temas de Edith Piaf. Fihman adorna cada frase, no se conforma con escribirla. Al lado del Potomac nombra al Pasapoga, que quedaba «en la planta baja del novedoso edificio Karam, liliputiense Rockefeller Center». Él lo conoce bien, al Karam, puesto que allí funcionó su hija más querida, la revista Exceso.

El Potomac, en la confluencia de las avenidas Vollmer y Caracas (casi frente al Hospital de Niños), fue uno de los tres hoteles construidos en San Bernardino de categoría ejecutiva entre 1944 y 1950. El primero fue el Waldorf, al lado de la Casa de Italia, remodelado recientemente; el segundo, el Potomac, saltaría a la fama internacional el día en que allí secuestraron al futbolista Alfredo Di Stéfano; y el tercero, el Astor, en la plaza La Estrella. Este último sobrevive a duras penas en forma de condominio. Los nombres de estos hoteles, de claro acento estadounidense, no son gratuitos. Por San Bernardino quedaban la embajada americana, la Shell y la Coca Cola; diplomáticos y ejecutivos necesitaban hoteles confiables y cercanos.

Últimamente han aparecido novelas y libros de cuentos de venezolanos residentes en el exterior donde el trasfondo de ciudades como Barquisimeto, Caracas y Maracaibo luce vívido, como si las páginas de sociales y culturales de periódicos que hace tiempo se volvieron sepia cobraran vida plena. Ciertos pasajes de este objeto literario no identificado, como el mismo Fihman califica su novela, ofrecen esa remasterización del pasado en forma de viñetas evocadoras y descripciones de rincones. Por algunos sitios se pasearon personajes como Carlos Rangel y Juan Liscano. Fihman no quiere que esos pasajes se confundan con nostalgia. Son parte del drama reflejado entre espejos que compone en su batiburrillo de secuencias y escenas; uno de esos espejos debe reflejar veladamente, a fin de cuentas, el trágico presente.

Del Hotel Potomac en la avenida Vollmer no queda nada tangible. En algún momento fue arrasado. Hay cosas que no son de concreto y vidrio y es imposible arrasarlas: perviven en el intelecto de quienes han vivido una ciudad y sus avatares. Aquellos que asistieron a una o varias metamorfosis en planos diversos. Todo eso es masa que no se diluye fácilmente; todo, desde un principio, retiene y habla. Hablan los viejos, hablas los silencios, hablan los periódicos, hablan las calles aunque les hayan cambiado el sentido. Habla el portal, habla la esquina. Hay algo acumulado que ni siquiera requiere una mirada por el retrovisor. Simplemente está ahí. Hay algo en la literatura venezolana, ese fantasma o ánima urbana. Hay quienes traen a colación esa antigua cartografía adornada de sensibilidades y percepciones recuperadas desde el exilio. La saben generosa en reminiscencias dramáticas, festivas, dulces, vaporosas. Llena de vida, permanece.

 

Foto: cortesía del arquitecto Nicolás Sidorkovs.