La Librería Alemana, ¿también ha muerto?

Hace unos días se dijo por las redes que apenas quedan diez librerías en Caracas. Es posible. En medio de la emergencia humanitaria, ¿qué interés puede tener un libro? La […]

Hace unos días se dijo por las redes que apenas quedan diez librerías en Caracas. Es posible. En medio de la emergencia humanitaria, ¿qué interés puede tener un libro? La Librería Alemana fue fundada por un hombre que había servido en el ejército alemán, Oscar Todtmann, durante la Segunda Guerra Mundial. Llegó a Venezuela y encontró la oportunidad de ser feliz. No la desperdició. Su hijo Carsten, en quien ha continuado el oficio familiar de los libros, afirma que su padre veía en el local un escenario donde moverse como quien lo hace dentro de una obra teatral

 

Sebastián de la Nuez

La librería es un lugar donde los libreros ejercen su particular liturgia frente a la clientela. Hacen el papel de demiurgos, se sueltan el moño, juegan —a veces— a ser apóstoles de la cultura universal, oráculos sin carné. La clientela de una buena librería solía ser algo parecido a una feligresía fervorosa.

O todo puede interpretarse como mero montaje escenográfico. Hay libreros con especial intuición para lo teatral. Oscar Todtmann, sin ir más lejos. Su hijo dice que solía recogerse en casa antes que prodigarse en la calle, que era persona de frecuentar pocos lugares más allá de una agencia bancaria, el mercado Guaicaipuro o el terminal de correos Ipostel donde llegaban los paquetes del exterior. Pero sociable sí que lo era, diga lo que diga su primogénito. Fundó con varios amigos un grupo de teatro denominado Las tablas coloradas. Hacían obras en las aulas del Colegio Humboldt los días viernes, sábado y domingo. Este caballero que alguna vez sirvió al ejército nazi —no le quedó opción en la vida de aquel tiempo— fue seducido por lo teatral.

—¿Decir que papá era un intelectual? No; él no era un gusano de libros. Era un hombre con un gran conocimiento del libro, con una cultura general muy amplia, eso sí —dijo Carsten al hablar sobre el negocio familiar en marzo de 2015.

El contacto con la colonia alemana era muy intenso, clave para el desarrollo de la Librería Alemana pues era su target, su razón de ser. La gente iba al principio porque sencillamente, para aquellos momentos de los años cincuenta, ¿qué más podían hacer? No había televisión o solo ofrecía programas en español. Una buena opción para informarse eran las revistas. En los mejores tiempos se vendían doscientos ejemplares de Der Spiegel. Los clientes reservaban un gavetero y ahí se les apartaba su ejemplar.

 

DESPUÉS DE LA GUERRA, LA ASFIXIA

Oscar y Dita contrajeron nupcias durante la guerra. Dita fue enfermera en aquellos años; Oscar, oficial del ejército. Dita venía de otro matrimonio, había enviudado luego de que su esposo cayera de un avión tras la invasión a Holanda. Al casarse, Oscar y Dita  marchan de luna de miel a Berlín. El ejército alemán detecta a Oscar y, aun cuando disfruta de permiso, hace que se reporte: va a parar al frente ruso. Ya se había dado la retirada de los alemanes en Stalingrado y Leningrado, está por terminar la guerra y es capturado en Polonia. La pareja deja de verse por cuatro años.

Una tarde, estando todavía preso en Polonia, Dita va donde un tío de Oscar, un gran librero alemán. Se llama Friederichsen. Por su local, Librería Geográfica Friederichsen, han pasado varias generaciones. Llegó a patrocinar varias exploraciones. Una de las librerías más antiguas y reconocidas de Alemania. Friederichsen fue durante el régimen de Hitler algo parecido al presidente de la cámara de libreros. Cuando llegan los ingleses tras la debacle, el hombre pierde la licencia de la librería. En aquel sitio Dita aprende mientras continúa su desempeño como enfermera. Entra en contacto con otros libreros y autores, viajeros, editores: entiende el comercio del libro. Friederichsen, junto a varios exempleados, al perder la licencia empieza a vender sus fondos bajo cuerda y después arma una pequeña empresa de venta y distribución. Exporta libros alemanes a los lugares con los cuales se ha relacionado hasta entonces. Su local se convierte en la Librería Geográfica Goetze, una de las más grandes en Hamburgo. A través de varios empleados ha formado una distribuidora sin que los ingleses se den cuenta. No aparece él directamente involucrado pero se usan sus conexiones.

Cuando Oscar regresa de la prisión en Polonia (estaba a mil metros debajo de la tierra, trabajando en minas de carbón), bastante maltrecho, quiere terminar sus estudios de ingeniería pero no se lo permiten. Le dicen que debe trabajar un año como voluntario en la recuperación del puerto de Hamburgo. Eso ya le sirve de bastón. Escribe a su madre y ella le contesta de manera seca y tajante: “En Venezuela no hacen falta militares”.

Ya tiene 32 años y solo es eso, militar. Pero odia a los militares.

 

LA LLEGADA NARRADA POR CARSTEN

Oscar Todtmann Behrens y su esposa Dita Salpeter de Todtmann llegan a Caracas desde Hamburgo a finales de 1949. Habían pasado las vicisitudes de la Segunda Guerra Mundial;  Oscar fue soldado durante más de doce años, sin haberlo querido ser ni un solo día de su vida. Fue un tiempo de mucha incertidumbre. Tiempo de espera. Tiempo que incluyó su paso como prisionero en las minas de carbón de Polonia durante largos años. A su regreso a Hamburgo, las autoridades lo enviaron a reconstruir el puerto de la ciudad, destruido durante la guerra. No solamente fue la peor época de la historia europea, sino también los momentos más desafortunados de la joven pareja: no veían futuro posible para ellos en Alemania, y así deciden emprender la aventura de vivir en Venezuela, país que solo conocían a través de los cuentos de los familiares que residían en Caracas. Escriben a Clarita Behrens de Schierenberg —la madre del padre, quien  lleva ya algunos años viviendo en Venezuela—, quien de manera tajante le responde al hijo: «No, muchacho, aquí no hacen falta soldados». Aun así, la pareja adquiere los pasajes.

 

DOS LÍNEAS FAMILIARES

Al llegar, Oscar trabaja con un perito de seguros y Dita insiste en su oficio de enfermera. La emigración alemana a Venezuela tiene raigambre y tradición. Muchos alemanes arribaron después de la Guerra de Independencia, cuando España perdió el monopolio. Entraban jóvenes enviados por las casas comerciales de Hamburgo. Los enviaban para que buscaran opciones y negocios en el Nuevo Mundo. A esa ola migratoria pertenecen los Blohm y los Vollmer. Y tales apellidos también forman parte de esta historia.

El joven Gustavo Vollmer funda la hacienda Santa Teresa con la heredera de la fortuna de los Palacio y de los Rivas. Ella muere al dar a luz el cuarto niño y Gustavo se trae a su hermana Emma para que lo ayude con la crianza de los hijos. Emma se casa con un Braun, boticario (el hombre regentaba su botica en el centro de Caracas) y procrean una hija que se casará con el cónsul alemán en Puerto Cabello, de apellido Behrens. Ahí ya es la época de Cipriano Castro. Su hija, Clarita Behrens, la menor, se casa con un Todtmann y por eso la abuela de Carsten y todas esas mujeres a partir de Emma nacen en Caracas. Siempre se vuelven a casar con alguien de Hamburgo, crecen dos líneas o árboles genealógicos: la caraqueña y la hamburguesa. Tanto Braun como Behrens como Todtmann eran de Hamburgo; y las mujeres, descendientes de Emma Vollmer, todas nacidas y criadas en Caracas y educadas en Alemania.

Se divorcian Todtmann y Clarita Behrens. Ella se vuelve a casar con otro gerente de la Casa Blohm, Schieremberg. Por eso Clarita Behrens tenía una casa en La Castellana donde hoy se encuentra una torre bancaria.

Clarita Behrens de Schierenberg nació en Caracas el 12 de octubre de 1890, nieta de Georg Braun y Emma Vollmer, hija de Emma Braun Vollmer y Adolfo Behrens, quien se desempeñaba como gerente de la Casa Blohm y fue nombrado cónsul del imperio alemán en el año 1880. Pero fue destituido en 1902 por oponerse al bloqueo alemán en las costas venezolanas. Entre  los años 1915 y 1920 fue uno de los fundadores y vicepresidente de la junta directiva de la Deutsche Schule, antecesora del Colegio Humboldt. Clarita Behrens, a quien le gustaba comentar que  había sobrevivido a dos maridos, a dos guerras mundiales y a dos ciudades, Hamburgo y Caracas, residía en una hermosa casa colonial en la avenida Mohedano de La Castellana, es decir, en las afueras de la ciudad. En esta residencia vive la pareja Todtmann a su llegada al país; generosamente Clarita Behrens les arrienda una habitación por una suma que equivalía al sueldo de Oscar Todtmann como perito de seguros en la empresa Werner Moller & Co.

Dita Salpeter de Todtmann, enfermera durante la guerra, continúa su profesión en Caracas haciendo guardias nocturnas en hogares de la alta sociedad alemana­caraqueña, mientras por el día trabaja en una  clínica  de  La Pastora, donde el 17 de julio de 1951 nace su primer hijo, Carsten Todtmann. Para entretenerse durante las largas guardias nocturnas, Dita Salpeter leía desaforadamente todo aquello impreso en negro sobre blanco, incluso podía contar La montaña mágica de Thomas Mann como si se tratara de una telenovela. Los libros se los enviaba un tío de Oscar Todtmann, el conocido Friederichsen (…).

Pero la historia de la Librería Alemana ya resulta muy larga y ha de continuar en otra entrada de este blog. Por cierto, ¿qué ha sido del local en la avenida Libertador, tan cerca del lugar donde la patética dictadura madurista ha asesinado a jóvenes estudiantes? Una avenida que le rinde culto a Simón Bolívar y ha sido tradicional zona roja, zona de secuestros, tiroteos, prostitutas y rufianes de toda laya. En esa misma avenida una decadente PDVSA fue invadida por negligentes fracasados que han destruido la principal fuente de divisas del país. También la Libertador es un escenario teatral, como lo fue Librería Alemana. La obra representada ahora es, quizás, la versión catastrófica de Casas muertas.

Es difícil que una librería sobrevive en un escenario de tal naturaleza dentro de un país arrasado. ¿Habrá cerrado ya?

Carsten Todtmann fotografiado en su casa de Caracas el 30 de marzo de 2015.