Versión sintetizada de una catástrofe en cámara lenta

La sala de los cines Ideal (cerca de calle de Atocha, Madrid) donde se exhibió el jueves 4 de octubre, en función de preestreno, “El pueblo soy yo. Venezuela en populismo” estaba a reventar… de venezolanos. Hubiese sido bueno ver a algunos españoles. En cualquier caso, el documental será exhibido en funciones regulares a partir de esta semana en ciertos cines españoles

Sebastián de la Nuez

Es cierto: el productor ejecutivo es el mexicano Enrique Krauze, connotado intelectual liberal que conduce la afamada Letras libres, hombre que ha venido estudiando el populismo en América latina con perseverancia y rigor. Ha sido, más que un productor ejecutivo, un cercano asesor de Carlos Oteyza en la realización de este film. Pero Oteyza, ojo, miembro de una familia cinematográfica por los cuatro costados, es alma y figura del documental El pueblo soy yo. Oteyza es en sí mismo el documental puesto que la factura cuidada y el pulido guion llevan su impronta inequívoca, personal. Para quien conozca sus anteriores trabajos, entre ellos los que hizo sobre Pérez Jiménez, CAP I y II y la historia petrolera del país, no le cabrá duda.

Esto es lo más acabado que se ha producido audiovisualmente en torno a la nefasta figura de Hugo Chávez Frías. En hora y media de metraje que no decae argumentalmente aborda diversos temas teniendo como lectura transversal el populismo carismático (se alude incluso al caso de Evita Perón): la construcción de una gran mentira vendida como panacea y coartada para el resentimiento que se vuelve crimen y latrocinio; el castrismo omnipresente, en la sombra o a pleno sol; la vigilancia y el chantaje al ciudadano que ya no será tal sino masa, “pueblo” en su peor acepción; el militarismo desenfrenado, el avance por el camino del estrangulamiento de la iniciativa privada, la represión sanguinaria, la destrucción de la industria petrolera, la censura de Prensa. Al final, los primeros planos de los rostros que ha hecho Carlos Oteyza son un catálogo del arrepentimiento, del horror, de la desolación (la imagen que acompaña esta nota es uno de tales rostros, fotograma del film). Para eso quedó la mirada del venezolano en la calle, en las colas, frente a la calzada desbordada de deshechos: para atestiguar la desnudez de la desgracia. No hay gestos de mayor soledad que los de la secuencia final, jóvenes y viejos. Y Oteyza remacha elípticamente una idea que es oportuna advertencia en la Europa de estos días: esto que le ha sucedido a Venezuela no es una casualidad cósmica sino algo que perfectamente puede suceder en cualquier sociedad, a cualquier hora, si los ciudadanos no saben escoger, si se olvidan de los fundamentos de la democracia y se dejan guiar tan solo por su indignación ante los desmanes de los políticos (desmanes que en todas partes los hay en mayor o menor medida). Esa primera frase de Krauze como sujeto entrevistado, al comienzo, resulta definitiva: ¿por qué le sucedió esto al pueblo de Venezuela? Porque en cierto momento desesperó de la democracia y entregó todo el poder a un solo hombre.

Los Oteyza son una familia de raigambre, asociada a la industria cinematográfica y publicitaria en Venezuela. El archivo de la productora Bolívar Films, invalorable  como filmoteca, ha sido literalmente saqueado por quien es uno de los principales gerentes de la dupla Cinesa-Bolívar Films, el propio Carlos Oteyza. Valga lo de “saqueado” en el sentido de quien dispone de algo a fondo, con ganas pero también con talento, para sacarlo a la luz pública en forma elaborada, orgánicamente, empaquetada para el consumo de las mayorías. Ha hecho decenas de biografías de venezolanos del siglo XX. Esa videoteca constituye hoy testimonio y síntesis noticiosa de los grandes sucesos que marcaron el devenir venezolano desde la segunda mitad del siglo XX para acá. Una colección de mediometrajes de gran valor histórico. Allí están, para quien quiera visionarlos, estudiarlos, transmitírselos a las nuevas generaciones para discutir su contenido con ellas. Desde ahora en adelante, en Venezuela hará cada día más falta revisar el pasado. Ponerlo en una balanza.

El pueblo soy yo es técnicamente impecable; se compone sobre todo de entrevistas, materiales de archivo bien seleccionados y tomas en las calles realizadas especialmente para este trabajo: un poema en movimiento del horror.  Los catorce analistas entrevistados a lo largo de hora y media llevan el peso argumental, el contenido, digamos, conceptualmente masticado. El espectador sale de la sala de cine despreciando más que nunca a Hugo Chávez Frías como posibilidad, como venezolano, como ser humano incluso. Es un desprecio para nada producto de lo epidérmico sino del conocimiento vívido de una terrible equivocación histórica cometida por un pueblo. Como dice Krauze (esa mirada distanciada y clínica de una persona como Krauze siempre es de agradecer), el venezolano “desesperó” de la democracia.