Bill Evans en días de emigración

Orlando Montiel en el departamento de discos de la tienda FNAC, de Callao, el 9/10/2018.

Apenas unos apuntes de un encuentro en medio de la zona más turística de Madrid, intento de abarcar a un melómano profesional sumergido en la pasión que marca su vida: sus influencias, sus nostalgias y memorias. Salió de Los Haticos, en la ciudad de Maracaibo. Ya en 1967 andaba por los pasillos de Radio Caracas Televisión y se topaba con Renny Ottolina: musicalizaba las promociones de su show meridiano

 

Sebastián de la Nuez

Gabriel, maracucho y contador de profesión, trabajaba en su propia casa, la casa de los Montiel, en los cincuenta. Para acompañar sus horas atareadas se compró un tocadiscos —probablemente un Garrard—que hacía sonar durante ocho horas al día aproximadamente. El maracucho Gabriel compraba discos de acetato todas las semanas, de cualquier género.

El hermano más pequeño de Gabriel, Orlandito (eran siete en total), no podía evitarlo: se pegaba las siete u ocho horas de música, las que fueran, los fines de semana o al regresar del liceo por las tardes. Así escuchó a Lily Pons, una soprano ligera que había nacido en Cannes en 1898, y más nunca se le olvidó esa voz. Escuchó la suite del Cascanueces y luego iba silbando por ahí los contornos melódicos del tal Chaikovski. Escuchó a Bing Crosby, a Frank Sinatra, a Juan Vicente Torrealba: Gabriel era así de ecléctico. Se le quedó grabado el long play de Alfredo Sadel con la orquesta de Aldemaro Romero. Hasta el mismísimo día de hoy, cuando conversa en una cafetería en los alrededores de Callao, Orlandito, que ya va por los 74, tiene como principal profesión en su vida escuchar música, seleccionarla e invitar a otros a escucharla a ver qué les parece. Nació en Mérida pero es tan maracucho como el resto de su familia. Silbaba. Silbando le produjo doce discos a Guaco. Silbando fue el primer gerente buscador de talento venezolano para CBS: había que ver lo que significaba el sello CBS en el mundo musical de los  setenta. Siete años estuvo en la sucursal recién abierta donde recibía cada semana dos ejemplares de los nuevos lanzamientos internacionales de la compañía; algunos discos se los llevaba a Jacques Braunstein, con quien haría más tarde El idioma del jazz, una emisión emblemática por décadas en la Emisora Cultural de Caracas. Un día recibió un disco de Bill Evans tocando piano acústico, pero no entendió nada. No fue sino hasta el año 2000 o así que se convenció de que debía escucharlo con calma. Hoy, en Madrid, como todos los días, colocará quizás «My foolish heart» o «It might as well be spring». La nota nostálgica de Evans, ese lirismo arrastrándose sobre las teclas, le llega profundo en estos días de emigración.

—Con el jazz pasa algo: hay etapas en las que uno no está preparado para digerirlo.

En la emisora radial Ecos del Zulia, un locutor llamado Néstor López tenía un programa en la mañana: «El preguntón musical». Se trataba de adivinar orquesta, cantante o autor de una canción. Comenzaba a sonar y enseguida llamaban a la emisora.

—Otra vez tú, muchacho —decía Néstor al aire.

Era Orlandito y siempre acertaba.

En Caracas, donde habría de desarrollarse profesionalmente a fuerza de práctica e intuición, comenzó haciendo promociones para Radio Caracas Televisión bajo la égida de Luis Guillermo González. De allí partió su carrera. Con el tiempo formó parte de la empresa que lanzaría a la gran leyenda de la música caribeña en los 80, Sonero Clásico del Caribe con todo y su Pan con Queso. Orlando les buscó a los mejores en diseño y fotografía para las carátulas de sus discos; les armó sus grandes presentaciones en las inmediaciones del Museo de Arte Contemporáneo, a ellos y al Trabuco Venezolano. Nada menos que Álvaro Sotillo diseñaba los afiches.

En Madrid, hoy, recoge fragmentos de aquel tiempo para confeccionar una gran crónica de la música popular urbana en la Venezuela de los ochenta. Será, a fin de cuentas, un homenaje al talento que supo llegarle al gran público. «Yo sin ti no valgo nada», cantó Evio Di Marzo.

En efecto: toda aquella energía —figuras rumbo al estrellato, músicos de estudio, productores, empresas mediáticas, distribuidores: todo el engranaje— no valdría nada sin el público fervoroso, melómano, entregado.

OM al centro, entre el escritor Leonardo Padrón, a la izquierda, y Guillermo Barrios, arquitecto, frente a Cesta República (Madrid, 5/7/2018).