Fidel y el Che, percebes en la BNE

Un domingo en la céntrica plaza Tirso de Molina (Madrid). El mercado de los corotos políticos se repite con asiduidad.

La gente necesita lugares como este donde se reencuentre consigo misma en una vitrina, en un montón de revistas o suplementos de los setenta-ochenta, en un collage con sus ex ídolos de la adolescencia. En la Biblioteca Nacional de España está la cuadratura del círculo según Leonardo Da Vinci, los dibujos imperecederos del caricaturista Ibáñez y una muestra editorial en torno al cumpleaños de la Constitución

Sebastián de la Nuez

De eso trata una de las exposiciones en el sótano de la Biblioteca en el Paseo Recoletos: de revistas y libros que cualquiera puede aún guardar en su biblioteca personal. Un adulto de hoy la observa: están los libros de Neruda que leyó con devoción a los 18 años. Ahora resultan ser el testimonio de una época de cambios profundos. Una institución de renombre, unos expertos, han convertido ese recuerdo un tanto folklórico (Canto general, por ejemplo) en un objeto trascendente como obra cultural de significación política, un producto representativo de una época, de una manera de ver el mundo que —por lo visto— contribuyó a transformarlo para bien.

“Los papeles del cambio: revolución, edición literaria y democracia 1968/1988” celebra los 40 años de la proclamación de la más reciente Constitución española. Los papeles del cambio son los que recorrieron España desde kioscos y librerías e influyeron en su juventud, en las corrientes ideológicas que lograron el consenso para los pactos que condujeron al logro de la nueva Carta Magna. La muestra, argumentan sus comisarios,  quiere rescatar el rol fundamental  que jugaron las editoriales literarias “en la construcción de una cultura democrática (…); crearon las condiciones para una democracia cuando todavía la democracia no existía”. Hay revistas de incisivo humor de la época, están la escandalosa —para ese entonces— Interviú y la muy abierta Cambio16 —que traía la columna de Mario Vargas Llosa y a la muy ocurrente Carmen Rico-Godoy al cierre— junto a Triunfo, Hermano Lobo, etcétera.

Un cartel descriptivo de esa amalgama de intensidades referenciales que se dio en esos años en el ámbito comunicacional refleja un contexto:

El antifranquismo es minoritario pero hiperactivo. Los jóvenes leen en libros a veces abstrusos las vías de la subversión en España y fuera de España. Vietnam duele, la revolución está en marcha, Cuba vive, el marxismo arrasa y el psicoanálisis se hace pandémico.

Todo eso está muy bien como registro pero nada en esa sala de la BNE apunta al gran engaño que resultó esa Cuba que “vive”, o sea, que erupciona de puro fervor creativo y revolucionario en estas décadas. Una Cuba, por ende, marchosa, ejemplarmente marxista, seductora en la distancia: ¡tan atractiva y airosa para el español progre promedio! Por cierto, ya había dado muestras suficientes de su talante represivo, homófobo y criminal para 1968. Durante los 20 años que abarca la muestra profundizó en ello pero de manera más brutal y despiadada, si cabía; se hizo más refinada en la tortura, en el control ciudadano, más abyecta su élite, más especializada técnicamente en el aplastamiento a la disidencia. El comandante que llegó y mandó a parar, con sus secuaces más inmediatos, o el mismo Che, aparecen asiduamente en ensayos o artículos, en portadas de revistas o en su tripa, barbudos y satisfechos de sí mismos. Todo ese material fue seleccionado como elemento dinamizador del tránsito país franquistapaís democrático. Y están los libros con autores que cantaban loas al castrismo.

Sin lugar a dudas, es una muestra que refleja la España de la época. Todavía hoy muchos españoles tienen idealizada la revolución cubana. No se han enterado de la realidad. Algunos domingos en la plaza de Tirso de Molina se instalan militantes del comunismo trasnochado  o podemitas marginales (los hay). Toman el sitio para sí con sus tarantines y les encasquetan a los turistas sus abalorios y discos de la Nueva Trova.

LOS TEBEOS DE LA BIBLIOTECA

A través del hall de entrada se accede a la exposición de los tebeos, desde los egipcios hasta el genial Ibáñez y su Rue del Percebe. Se llama “Beatos, mecachis y percebes”. Aun cuando trata de abarcar demasiado en muy poco espacio, vale la pena pasearse entre los pasillos. Es lo que la BNE conserva como acervo histórico de las tiras cómicas, que históricamente no tenían nada de cómicas sino de rendición religiosa. Pero llevaban, de alguna manera, una condición intrínseca del género: la secuenciación. Esa forma de narrar en secuencia, a saltos, la lleva por dentro cualquiera que tenga un resto de niño en su alma. Son de ese tipo de cosas que se aprende y no se olvida. Es un género que da acciones por sobreentendidas, estableciendo un pacto con los lectores. Se las salta. De esto saben mucho el cine y la narrativa contemporánea. Ambiciosamente, los que concibieron esta muestra intentan abarcar desde los principios de la Humanidad hasta los inicios del siglo XIX dentro de la primera etapa, la de los beatos: vuelo sobre los prolegómenos del género. Es una muestra necesariamente fragmentada, arbitraria. Destaca ilustraciones apenas con un parentesco lejano de lo que se conoce hoy por “tira”. Viñetas, estampas, dibujos. Desde los egipcios. Una sucesión de figuras sobre un mismo plano o panel expresando algo en su conjunto, una creencia maya o una devoción cristiana. Los antiguos estaban más cerca del mito y la religión; además, no conocieron la mirada fotográfica.

Esto último es importante: se dice, y con razones, que a partir de 1839 ya la forma de mirar del hombre sería diferente, a partir del artilugio de Daguerre.

Los caricaturistas (aun cuando no fueran tales, realmente) narrarán a través de imágenes y estructuras gráficas la democratización de palabra e imagen y la pugna entre ellas para contar historias de vida de santos y beatos, muchas realizadas con “una estricta concepción compositiva cercana al retablo y por lo tanto de origen arquitectónico”, como dice el folleto de la exposición. La segunda parte, Mecachis, hace referencia al seudónimo que utilizó el más popular de los caricaturistas españoles del siglo XIX, Eduardo Sáenz Hermúa. Abarca ya el nacimiento del tebeo tal como se le conoce hoy, con la popularización de la tira en periódicos y la aparición de las novelas gráficas. Ya en el tercer eslabón de esta historia muy reducida se le rinde honor a la tira 13, Rue del Percebe, la más popular entre las que aparecían en DDT, Tío Vivo Pulgarcito en la España franquista: una comunidad vista transversalmente, dando un corte al edificio para que el lector disfrutara de las peripecias de cada uno de sus inquilinos. Un homenaje al catalán Francisco Ibáñez, creador de muchos personajes.

Naturalmente, esta etapa es multidisciplinaria y universal por naturaleza, se afinca en ilustres dibujantes europeos (ojo: la muestra se basa en aquello que ha recogido la BNE durante años, no trata de ser exhaustiva), llegando a la actualidad donde lo ortogonal (es decir, lo que se proyecta en ángulos rectos) parece ser, según el curador principal, Bordes Cabrera, un elemento esencial seguramente junto al carácter minimalista de la mayoría de las propuestas.

Es verdad: la gente necesita lugares como los espacios de la BNE donde pueda verse en un espejo múltiple.  El ciudadano llega, mira la portada de la revista Interviú que traía aquel reportaje inolvidable (“Delincuentes por Dios y por USA”, sobre las hordas de hare krishna y sus negocios poco escrupulosos) y se recuerda a sí mismo en la España de la época o en la Venezuela puntofijista. Debe dejarse llevar. Es una tibia deriva capaz de depositarlo frente a un domingo por la mañana de 1980 acompañado de Doña Urraca, Mortadelo, Zipi y Zape… O bien Pomponio, Don Fulgencio (“El hombre que no tuvo infancia”), Ramona, Lorenzo, Pepita, Dick Tracy y El Fantasma en el suplemento a colores de El Nacional.

Reencontrarse ahora con parte de ese universo en una vitrina de museo, en un retablo montado en los pasillos de una sala de exposiciones cuidadosamente iluminada, es una forma de recuperar la infancia, la adolescencia, la cancha de baloncesto donde encestar todas las cosas divertidas y fantásticas.

Los reencuentros sirven para hacer balance. Quizás lo inconveniente sea quedarse para siempre anclado en aquellas creencias de juventud que acompañaron utopías estériles y tramposas con sus ídolos de melcochoso barro.