El lugar de la guerra

Detalle de una de las fortificaciones que se han conservado en el Parque del Oeste.

La Ciudad Universitaria fue uno de los hervideros de la Guerra Civil. Un campus apenas naciente que se desarrollaba según los patrones de Berkeley, Yale o Berlín. El problema era que estaba demasiado cerca del centro de los poderes español, o de su símbolo. Modesto López Otero es el padre arquitectónico de la Ciudad Universitaria madrileña. Pero el verdadero artífice fue un dentista; por mayores señas, el dentista de Alfonso XIII, un hombre nacido en Cuba que convenció al monarca (¿mientras le sacaba una muela?) de la conveniencia de contar con un sitio adecuado para la Complutense. Este resultaría ser un lugar de muerte y horrores: otro más en la Guerra, escenario de enfrentamiento durante dos años y medio

 

Sebastián de la Nuez

El nombre de Buenaventura Durruti, el jefe republicano que murió en circunstancias nunca aclaradas del todo, resuena por los predios de la Facultad de Veterinaria o ante el edificio de la Fundación Del Amo, ese blanco que ven allá con los arcos; esto que hemos cruzado, la Avenida de Séneca, era la divisoria entre los dos frentes y entonces no se llamaba así sino Camino del Instituto de Higiene, que llevaba el nombre del insigne Alfonso XIII.

Todos los terrenos que abarca la vista eran los de la Ciudad Universitaria todavía a medio construir cuando estalló la guerra en el año 36. El edificio de Veterinaria tenía su sección antirrábica: la rabia era una enfermedad muy frecuente y muy popular por aquel entonces en esta ciudad de descampados y perros que vagaban de su cuenta. Tras la contienda quedó aquel paisaje todavía más pelado de lo usual, más yermo y esquelético. Puede verse en las fotos que conserva la Biblioteca Nacional de España y que datan de 1939, justo al terminar la balacera.

Varios de los muros que ven fueron horadados, pasto de la metralla, y estos son los caminos que antes fueron de lodo y sangre. Muchos muros no estaban todavía levantados pues la Ciudad Universitaria era apenas un proyecto en desarrollo. Las tapias y paredes o rejas y ventanas que fueron ametralladas y bombardeadas una y otra vez han sido, en buena parte, maquilladas. Hay expertos en eso. Esa es una preocupación fundamental de los testarudos del Gefrema (Grupo de Estudios del Frente de Madrid), historiadores —aunque no lo sean de carrera, que sí los hay, lo son por afición irrenunciable—que mantienen la memoria del Frente de Madrid incluso desenterrándola, cuando es preciso. Los del Gefrema constituyen la prueba andante de los versos de Miguel Hernández y Antonio Machado; pasean de vez en cuando a su feligresía por debajo de los puentes y entre estos edificios y aquellas vistas de lo que pudo ser y no fue —el estadio universitario, por ejemplo— haciendo que renazca el escenario de una Historia todavía cruda, lacerante y viva.

A. Morcillo en el Parque del Oeste.

Hoy domingo lidera la marcha Antonio Morcillo, lleva el discurso aprendido con todos sus detalles y meandros bajo su cabeza canosa. A él le ha quedado claro desde siempre que esta ciudad, hoy tan cosmopolita y europea, no se aplaca con fuego. Aun cuando no sea soldado ni los versos de Miguel Hernández le tocaran en suerte, lleva él también, a su modo, la tierra a la cintura y el Manzanares a un costado. «Este laurel con rencor no se tala / Este rosal sin ventura, este espliego, júbilo exhala».

Tres fortines se conservan en una zona muy verde, un tramo elevado del Parque del Oeste junto a la Avenida de Séneca donde se encontraba la posición (lo reseña la revista de Gefrema número 34) la Avanzadilla del Parque, perteneciente al Centro de Resistencia Nº6. Era la nomenclatura utilizada por los republicanos. He aquí, entonces, tres vestigios enteros, tres monolitos de piedra. En las fotos tan solo uno de ellos con su claraboya reforzada. Fueron levantadas estas fortificaciones casi al final de la contienda, cuando ya todo estaba decidido, incluso los cuarenta años de represión que habrían de llegar a continuación. Son, probablemente, de enero del 39; había trincheras enfrente y varias líneas de alambre de espino: de allí los defensores a punto de sucumbir desengancharon o distrajeron un par de piquetes para hacer el dintel de la puerta. Levantar uno de estos fortines se llevaba más o menos un mes. Y el enemigo, enfrente, hostilizaba de vez en cuando. Normalmente de noche. Sin embargo, ya en enero del 39 nadie se arriesgaba demasiado, se sabía cómo iba a terminar aquello y más bien la actitud era de confraternización (fue la palabra usada por Morcillo); se escuchaban cosas del tipo «a mí me obligaron, me reclutaron y en realidad no tengo nada que ver en esto…». La fase final de la guerra no es la del radicalismo, esa actitud que se vio al principio. Ambos ejércitos andan «contaminados» porque más de la mitrad de los efectivos de cada uno lo constituye gente desafecta, que ha sido incorporada por las buenas o por las malas; incluso, aun siendo de ideología contraria. Como dice el mismo Morcillo:

—O sea, ya no es época de militancia sino de pío, pío que yo no he sido.

No obstante, a veces, de noche, sonaban tiros. Con la memoria viva de los historiadores del Gefrema siguen apareciendo datos, detalles. Cada rincón de la Ciudad Universitaria puede revelar algo inédito. O de la zona de Moncloa o del Paseo Moret.