¿Dónde anda Simón el árabe?

Pompeyo Márquez, uno de los evadidos del San Carlos gracias a “Simón el árabe”, fotografiado en agosto 2016.

Nació en los treinta, quizás ya se marchó de este mundo. Hace 52 años por estas mismas fechas, primera quincena de marzo de 1967 (año del terremoto de Caracas y de la celebración de sus 400 años), Simón el árabe era el personaje más popular en los periódicos, en la radio y en la televisión de Venezuela. Sus 15 minutos de gloria se han tapado con el ingrato manto del olvido

 

Sebastián de la Nuez

Fue un personaje de hierro fundido en los altos hornos de Magnitogorsk, quizás haya abuelas caraqueñas en La Pastora o Santa Capilla que le recuerden y, a estas alturas, todavía les palpite el corazón.

Si hubiese existido Twitter, seguro que habrían aparecido cuentas fantasmas con su nombre en marzo de 1967. Un héroe perdido, una leyenda desechada. Simón el árabe fue un demiurgo trastocando encierro por libertad. Nunca se resolvió el misterio que lo envolvía. Hizo historia, se burló de los militares criollos, fue generoso, leyó La madre y era un vicioso de las carreras de caballos. Dejó una estela de solidaridad, utopismo, simpatía y arrojo.

En un reportaje de la revista Élite, publicado esos días de marzo, se decía que el Sifa (cuerpo de inteligencia de los militares) sólo tenía una foto de Simón Neheme Chachine. Eso era todo. Andaban locos, los sabuesos del Sifa. Habían detenido como a veinte personas pero no les sirvió de nada. Era el personaje que más rabiosamente buscaban todos los cuerpos policiales venezolanos. ¿Qué había hecho? Había sido el prestidigitador del túnel que posibilitó la fuga de tres líderes del PCV del Cuartel San Carlos. Una fuga espectacular. Inopinada. Un túnel de setenta metros horadado centímetro a centímetro durante tres años. Decía el redactor de Élite que sin su sangre fría y su habilidad para ganarse a los soldados del San Carlos y a los vecinos, el túnel que comenzó en el garaje de su abastos no hubiera llegado más adelante que el otro túnel, el que partió de la casa N° 18, de Jabonería a Macuro, en 1962 y que fue un fracaso.

Un artista de la seducción y el engaño. De los tres dirigentes a quienes puso en libertad en plena Guerra Fría, al menos dos, Pompeyo Márquez y Teodoro Petkoff, jamás volvieron a tener contacto con él. Apenas aquella madrugada en que se agazaparon en la parte trasera de la camioneta Chevrolet que había adquirido a los efectos.

Esto fue lo que las autoridades encontraron en la camioneta días después (había sido abandonada en la avenida Anauco de San Bernardino): sobre el asiento delantero, una pipa que al parecer perteneció a Pompeyo Márquez. Un formulario para jugar al 5 y 6: alguien había elaborado parcialmente una combinación para el juego. También, sobre ese asiento, una tarjeta de invitación a un baile celebrado el sábado anterior en el Centro Asturiano de Caracas.

De modo que el sirio, mientras burlaba a todo un regimiento en el San Carlos, tenía tiempo de analizar la Gaceta Hípica y de atender el abastos adquirido ex profeso, el San Simón. No en balde le puso ese nombre.

La policía tenía la esperanza de que, al echarle el guante, cantara el paradero de los exparlamentarios fugados. Mientras trataba de averiguar dónde demonios se había escondido el hombre, los reporteros de la Prensa local preguntaban quién era, de dónde había salido, cómo era posible… En fin, la opinión pública seguía este asunto con sumo interés.

Se sabía, eso sí, que Simón Neheme nació en Monten-Arnouk, una aldea siria, el 23 de marzo de 1936. Había llegado a Caracas el 5 de septiembre de 1956 con un pasaporte que tenía el número  930. El 16 de noviembre de ese año le habían dado la cédula de identidad número 658.095. Lo demás era impreciso: había declarado ser agricultor, se decía que durante un tiempo había marchado a trabajar a la Colonia Agrícola de Turén. Élite recogió, además, testimonios de los vecinos del edificio Dopa, donde se hallaba el San Simón, casualmente detrás del Cuartel. Las vecinas, en especial, declararon que era “bastante culto” y  que “estudió hasta tercer año de Medicina”. Hubo un sondeo en las universidades venezolanas pero su nombre jamás apareció registrado.

Era un conquistador, un cantamañanas. Les brindaba a los soldados cigarrillos Lido, los más populares de la época en Venezuela. Les brindaba refrescos. Les llevaba sándwiches. Los soldados nunca escucharon unos golpes amortiguados que venían del subsuelo, atravesando la calle.

Entre los reporteros de la Prensa corrieron rumores y teorías. Uno preguntó, en una rueda de Prensa, si no fue el exdiputado Pedro Ortega Díaz quien dirigió la construcción del túnel; otros sabuesos de la sección de sucesos o política preguntaron a los jefes policiales si el sirio había sido de la Seguridad Nacional: “Esa posibilidad no está descartada”, fue la respuesta.

Una cosa absurda. La habrían desechado de plano de haber conocido de cerca a Simón. El reporte de Élite descartaba esa posibilidad:

Eso es poco posible, si se recuerda que para esa época [la de la Seguridad Nacional], el joven emigrante aprendía a golpes a rumiar el castellano. Quien no entiende del todo lo que dicen a su alrededor, difícilmente puede ser un confidente.

No solo eso: Simón era un fervoroso convencido del comunismo. Un soñador. Un iluso. Creía en una utopía y las utopías se bastan a sí mismas, no necesitan más. Tenía al Che en lo más alto de su escala de valores humanos. Por lo demás, no era una persona muy responsable que se diga. Contrajo deudas que jamás pagó. Hubo un comercio que le dio a crédito aparatos de radio; luego le quitó la mercancía. Por no pagar. Almacenes La Primavera le entregó su caso a un abogado. Los mil 500 bolívares que debía por concepto de varios productos (un grabador, una radio, una olla a presión y una cafetera exprés) no los terminaba de devolver. El abogado Germán Sánchez Piña le escribió una carta y Simón Neheme acortó la deuda a 300 bolívares. Ese saldo, después de varias demoras (siempre daba explicaciones), se comprometió a cancelarlo el lunes 6 de febrero. Pero ese día Simón desapareció. Ese día andaba ya repartiendo líderes fugados en sus respectivas conchas.

Luego se fue del país por el lado colombiano. Al menos esa es la noticia última que se tiene de él. Lo demás, en Turquía o Rusia, es pura conjetura. Fue una leyenda efímera, se ganó a una comandancia completa. Hasta les recomendaba a los oficiales caballos en línea para que se los jugaran en el hipódromo. Perdían siempre, por cierto.

¿Dónde fue a parar Simón el árabe? ¿Por qué el Partido Comunista nunca le rindió el tributo que le debía?

El abogado Sánchez Piña habló personalmente con el evadido el 13 de diciembre anterior a la fuga y le dio la impresión de que era hombre de cierta cultura, con mucho aplomo. Aunque iba en mangas de camisa no parecía un típico dueño de abastos. Con Sánchez Piña habló de cine. Le había gustado mucho África, adiós, la discutida película de Gualterio Jacopetti. Recordó, en esa charla con el abogado, la muerte de millares de árabes. Dijo que ese era el precio que los pueblos debían pagar por su independencia.

En su abastos, entre las cosas que dejó, se encontró un ejemplar de La madre, la novela de Máximo Gorki que, por muchos años, fue uno de los libros más leídos por los revolucionarios de todo el mundo.

¿Alguien sabe en el universo variopinto de Facebook dónde está el fantasma de Simón el árabe? ¿O al menos su esqueleto?