Replantearse el camino

Angëlica Velazco en la Exposición Internacional de Milán (2015).

Angélica María Velazco Jaimes, periodista y traductora, ha hecho llegar su testimonio sobre la experiencia de la emigración. Pertenece a la promoción 2011 de Comunicación Social (Periodismo) de la UCAB, pero después estudió idiomas en la UCV. Vive en Milán, Italia, desde 2015; trabaja como traductora e intérprete autónoma

Angélica Velazco

Lo acepto: mi proceso migratorio no fue tan traumático como el de muchos otros. Nadie lloró en el aeropuerto (la primera vez) y al llegar a Italia ya alguien me esperaba. Me fui preparando logística y emocionalmente con más de un año de antelación. Sin embargo, eso de “empezar de 0” siempre aplica, sobre todo cuando de replantear tus metas se trata. Al emigrar, tus ideas de crecimiento profesional con sus canales y contactos para lograrlas se quedan allá, en el Caribe.

En Venezuela me gradué como periodista en 2011 en la UCAB y como traductora e intérprete en 2015 en la UCV. La tesis UCV la defendí a distancia, mientras abonaba el terreno para venirme. A Venezuela solo fui a recibir el título y a “arreglar papeles”.

En Italia empecé repartiendo los folletos de una agencia lingüística. Paralelamente me ofrecieron encargos pequeños de traducción y algunas clases de inglés y español para niños y adultos. Poco a poco la confianza aumentó hasta tener proyectos de traducción más complejos por entregar, más clases por preparar y menos folletos por repartir. Así fue mi primer año.

El segundo, 2016, fue el de tomar decisiones. Me frustré mucho, sentía que el tiempo que invertí estudiando periodismo lo había perdido. Pero las cuentas no se pagan solas y en todo caso los idiomas también han sido mi pasión. Tuve que elegir: buscar trabajo como periodista o ser traductora. Toqué las puertas y las que se abrieron más rápido fueron las segundas. Por temas fiscales y eso de pagar impuestos, de lo que muy poco o nada sabemos los venezolanos, tuve que crear mi “miniempresa” para poder facturar profesionalmente. Ahora ya pago impuestos y me quejo como los locales por eso.

2017 fue el año de trabajar codo a codo con colegas locales. La primera experiencia interpretando para una conocida marca de cereales (la que se fue de Venezuela el año pasado) fue un desastre. Hubo quejas por parte de los clientes. Además, mi colega de ese día tenía 30 años de experiencia… y yo tres. Qué vergüenza. Pero seguí. Llegaron más propuestas para las que me preparé muchísimo y lo terrible nunca más se repitió, todo lo contrario.

2018 fue un año grandioso. Crecí mucho profesionalmente. Ni hablar de los temas de adaptación, de entender mentalidades y de vivir con casi cero amistades. “En Milán se viene a facturar”, dicen los mismos locales. Eso es algo que también hay que aprender.

Leí È una vita che ti aspetto (Te he esperado toda la vida) del escritor italiano Fabio Volo, y ya entiendo un poco algunos códigos del pensamiento local. En esta historia el protagonista intenta buscar su propio camino, siendo inconformista pero sereno consigo mismo y con todos los que lo rodean. Por mi parte, mientras logro esa serenidad me refugio en los idiomas, son ellos los que ofrecen los primeros códigos de acceso a otras formas de ser y pensar.

En cuanto al periodismo, este aún no me ha abierto las puertas, pero yo las sigo tocando.