El legado de David Alizo

David Alizo, primero a la izquierda, con un grupo de amigos en una fiesta en plena Gran Venezuela.

A veces, de la subtrama de una novela —espejo fragmentado sobre un país en proceso de destrucción física y moral— puede escapar un personaje y tomar parte en la realidad. Esta es una conversación con la profesora y escritora Cesia Ziona Hirshbein en torno a David  Alizo y dos de sus novelas

Sebastián de la Nuez

«¿Dónde has estado?», le pregunta Bondrián a Longino. Son personajes de Mi querida muerte. «Supe que te vas. Me contenta que quien tenga recursos económicos para irse, se vaya. Ya esta vaina es insoportable y creo que se pondrá peor». Con lo de vaina insoportable alude Bondrián a la pesada carga de la revolución bolivariana.

El narrador omnisciente, es decir, David Alizo, en páginas anteriores se ha metido en la cabeza de Longino: luego de echarle un buen vistazo a los periódicos, pensó que las noticias han hecho que sienta las garras del oficialismo clavadas en su rostro. Conversan, en el capítulo X, Bondrián y Longino en la barra de un bar caraqueño llamado Syrtaki. Cuenta Bondrián lo del periodista secuestrado. Sí, Longino ha visto la noticia por prensa. Y luego:

—Pues parece, Longino, que uno de los implicados en esa vaina es tu amigo Berrío, ¿cómo la ves tú?

Su interlocutor no se lo puede creer, se sorprende. El otro le recalca que es su amigo. Y Longino le dice que también es amigo de él. Mi querida muerte es una novela en la que entran y salen continuamente personajes en diversas ciudades (pero la sombra del chavismo pesa siempre, sórdidamente): están el argentino que vende la filosofía trascendentista, el colaboracionista con contactos entre los «chicos malos» de la empresa petrolera, el ricachón de la cuarta república que ya no sabe manejarse con el poder chavista, Huitobro el que se pone gago en situaciones difíciles, Cecilia la nudista doméstica, Longino el que lleva algo por dentro que liquida a las mujeres: un mosaico de personajes que conforman parte del sainete nacional y allí están, anárquicos y veleidosos, descritos por David Alizo.

Algunos de ellos tienen en común un amigo bandolero, el tal Berrío, probablemente bolichico o esa clase de mutante que no es ni criminal ni policía sino un híbrido entre ambos.

Es cierto que en Venezuela cada quien ha tenido un amigo parecido al Berrío que se ha envilecido a la sombra de la revolución bolivariana o que siempre fue vil pero no fue sino con el socialismo del siglo XXI cuando su vileza halló oportunidad de destaparse.

Probablemente traspasado por una profunda desazón, David Alizo escribió esta novela y la dejó lista, con el título ya puesto, en una gaveta. Y la dejó porque otro proyecto le arrebató su atención.

El legado literario de David Alizo —narrador, diplomático, promotor cultural y exmiembro de la República del Este nacido en el estado Trujillo en 1940 y fallecido en Caracas en 2008— lo administra y lo promueve esta reina del entusiasmo que es Cesia Ziona Hirshbein. Fue su última mujer. Ella le presentó a Ezra Hirshbein, su padre, quien le dio, al principio por mera casualidad en una conversa, los datos y las historias para escribir la que probablemente sea su mejor obra, Nunca más Lili Marleen (Ediciones B, 2008).

Cesia Ziona Hirschbein en Librería La Central de Callao, Madrid, en octubre de 2018.

Cesia Ziona Hirshbein iba a las reuniones de la República del Este y supo que David había ganado el premio de cuentos de El Nacional con No sé cuántas cervezas en una noche (1970). Pasó el tiempo. Lo había visto y le pareció guapo y elegante. Era natural que se conociesen pues había un círculo de amigos más o menos común. Cesia recuerda haberse reunido con académicos o escritores fueran o no de la República como Héctor Mayerston, José Ignacio Cabrujas, Carmen Mannarino de Mazzei y Domingo Miliani. Iba a La Vesubiana, en Sabana Grande.

Ella y Alizo se reencontraron tiempo después, un día cuando ya existían el Trasnocho y la librería El Buscón. Fue en este lugar exactamente donde se saludaron y él le propuso tomar un vinito. Al día siguiente, en efecto, se encontraron. Ya se traía entre manos Mi querida muerte, el manuscrito. Quería editarlo. Pero al entrar en relación con Cesia encontró cosas en la biblioteca de su apartamento que le llamaron mucho la atención. Y luego, el padre. Ezra. En cierto momento anunció que tenía otra novela en su cabeza. Dice Cesia:

Eso era todas las mañanas: se encerraba y escribía como loco. Hasta que no la terminó no se levantó de su escritorio. Como que se le hubiese metido un duende en el cuerpo. Me enseñó el primer capítulo, de cincuenta páginas, y ¡qué le podía decir, me pareció una maravilla!

Alizo le daba los capítulos para que se los corrigiese. Le quitó muchas páginas, al principio eran casi mil y se redujeron a unas seiscientas. Teodoro Petkoff vio el texto y dijo que había que publicarlo. Oswaldo Barreto, amigo y colaborador en TalCual, la leyó y dijo «aquí hay un monumento de novela». Gracias a los esfuerzos de Petkoff, quien llamó directamente a la imprenta para apurar el asunto, David Alizo logró ver esta novela publicada antes de fallecer en 2008.

Quedó pendiente el manuscrito de Mi querida muerte tras su fallecimiento. El original se lo dio Cesia a sus amigos José Tomás Angola y Krina Ber, les preguntó su opinión y ellos le dijeron que estaba muy bien. Pasó el tiempo y tuvo el compromiso fallido de cierto editor que no le cumplió. Una mala experiencia. Le había entregado con sus mayores ilusiones Mi querida muerte pero no le dio ninguna respuesta. Antes, también se había comprometido a reeditar Esta vida del diablo (1973): el mismo David Alizo le entregó su único ejemplar al editor irresponsable, en sus manos. El tipo se quedó con Esta vida del diablo y nunca hizo nada. Cesia lo lamenta: tenía aquella edición una portada hecha especialmente por el pintor Alirio Palacios. Ella lo que tiene hoy en día es una fotocopia que le consiguió un amigo. En cambio, Carlos Pacheco tuvo la idea y la voluntad de recoger todos los cuentos de Alizo y editarlos en un volumen para Equinoccio, la editorial de la Universidad Simón Bolívar. Ella hizo el prólogo.

En 2018, David Malavé, de Editorial Kalathos, lo leyó ya viviendo en Madrid y decidió su publicación. Ahora se consigue en España y, en Caracas, en la librería del centro cultural Los Galpones. Dice Cesia:

Es una novela extraordinaria. David es un gran narrador. No sé si se le ha dado el lugar que tiene en la literatura. Es una denuncia de la dictadura actual.

En todos los sectores de un país que se desmorona hay un Berrío, o varios. Con ellos hay que lidiar. Seguirán allí cuando la pesadilla chavista se haya marchado.