Fernando el de La Clásica

Fernando Plaza Del Amo, fotografiado en su caseta (noviembre 2018).

Fernando Plaza Del Amo lleva su caseta de libros viejos y de ocasión en el puesto 6 de la Cuesta de Moyano. Todos los días pone su mesón enfrente para atraer la mirada de los paseantes. No llegó a terminar el bachillerato pero tampoco le ha hecho falta. Con este trabajo ha sacado adelante una familia de cinco hijos. «Pero ellos han tirado más por la informática», dice

 

Sebastián de la Nuez

La caseta La Clásica es la número 6 en la Cuesta de Moyano, el lugar emblemático de los libreros de calle madrileños frente a la estación Atocha y al lado del Real Jardín Botánico. El sitio de los libreros al aire libre cumplirá cien años en 2025. Hay una estatua dedicada al escritor Pío Baroja en lo alto, frente a una entrada del Parque del Buen Retiro. Baroja fue un defensor de estos libreros. Era un habitual. Al principio, la Cuesta tenía enemigos: decían que aquello era una molestia y que los vendedores ensuciaban o afeaban el paisaje.

Francisco Plaza Hernández, el padre de Fernando, le dejó el puesto. Ganaba el padre en sus comienzos dos pesetas: una para comer en la calle y otra para entregarla en su casa, por día. No dejó nada escrito pero se lo comentaba a su hijo. Se comía un cocido madrileño por 60 céntimos de peseta y dos perras de vino. Con 21 años se fue a la guerra. Había estado trabajando en este puesto desde los once años, con el tío Manolo, que era el encargado y el que le pagaba las dos pesetas. Le llevaba apenas año y medio. Manolo había llegado a la Cuesta en el propio año 25.

Dice Fernando:

Cuando regresa de la guerra y todas esas historias pues se casa, y entiende que con ese sueldo [de 2 pesetas diarias] no puede vivir.

El jefe tenía dos casetas más y sabía de otra que estaban vendiendo. Le dijo «quédate con ella».

Mi padre vino y se pagó su puesto.

Antes, los libreros se entendían entre ellos para lo que hiciera falta, el ayuntamiento no intervenía para nada. Al año, el padre de Fernando, a lo mejor, iba una vez allá y pagaba, a lo sumo, mil pesetas. Ahora Fernando paga anualmente unos tres mil euros por impuestos. Las cosas han cambiado para mal en la Cuesta de Moyano, sobre todo desde que por ahí no pueden pasar coches. Hoy en día no va nadie a vender —al menos así dice Fernando— y además está el asunto de los impuestos que cobra el ayuntamiento. No hace nada, nada absolutamente, pero cobra.

Fernando cuenta, porque así se lo contaron, que estaba la guerra por muy cerquita y seguía la feria abierta.

Pío Baroja era panadero, familiar de los de Viena Capellanes. Luego Baroja se hizo escritor, y de los buenos. Y de mucho carácter. Cada uno es cada uno.

Viena Capellanes es la antigua panadería y confitería madrileña fundada en 1873 por el empresario Matías Lacasa. Dice Fernando que el secreto de este negocio es hacer una buena compra de libros usados, de segunda mano.

—¿Y cuál es el secreto de una buena compra? ¿Relaciones, estar alerta…?

—La suerte. Que te vengan a vender a ti, pues al ser tantos… Vienen, te muestran algo. Cuando se comienza a hablar de dinero, ese es el secreto. He vendido cosas muy majas. Me ha dolido eso.

—¿Por qué?

—Ha dolido porque ya no lo he vuelto a tener [el libro vendido]. El dinero sí, pero y qué. Hay libros que son una preciosidad. En un lote me vino uno editado en un papel que yo no sé de qué tipo era… Y ese sí que me fue difícil salir de él.

Era un volumen japonés con grabados. No entendía ni jota pero los grabados eran una belleza.

Creo que di por él mil pesetas. Y otro librero me dio treinta mil. Se lo tuve que dar, con todo el dolor de mi alma. Eso fue en los años setenta. Pero es que él me las ofreció para que yo no pudiera volverme atrás. Yo había comprado ese lote el viernes, saqué un montoncito el sábado a la venta… Y allí estaba, entre ellos. Pues se acercó el hombre y lo señaló enseguida diciendo «ese es el que quiero».

Menudo librero era. Había dejado la banca para hacerse librero. No se acuerda del nombre, ya falleció. Solo iba por la Cuesta de Moyano los domingos pues normalmente vendía libros en un piso donde tenía oficina con secretaria. Los clientes iban previa cita. Un día lo invitó, a Fernando, y el de La Clásica vio verdaderos incunables.

—Madre mía lo que tenía.

—¿Qué pasó con el libro japonés?

—No volvimos a hablar del tema. Luego le vendí un libro de cocina, de finales del XIX, de un tal Teodoro Bardají, una eminencia en temas culinarios: un librito pequeño, un octavo recortado. Cuando me compraba un libro un librero [habla en pasado], me mosqueaba ¡porque debía de valer más de lo que yo suponía! ¡Pero yo pedía dinero y me lo daban!

Otra vieja historia de antes de la instauración del euro:

El día de mi santo, 30 de mayo, se apareció una  chica y me dijo que su tío había fallecido y que le había dejado todos sus libros. Me llevó a un sótano en la calle del Pintor Rosales. Un trastero. Al ver aquello me digo «madre mía lo que hay aquí» y le pregunto «cuánto quieres por esto». Ella me dice «tú dame lo que quieras». La di veinte mil pesetas, que era mucho dinero.

 

 

LOS ANTECEDENTES

Ya en 1918 había puestos míseros de baratijas y libros de deshecho alrededor de la estación de Atocha. Hasta que, en 1919, los libreros insatisfechos de estar mezclados con vendedores de fritanga, cascajos, juguetes y carritos de mercadería miserable, reivindicaron su oficio o menester y solicitaron, hasta conseguirla, la licencia para instalar su mercancía aparte, junto a las tapias del Jardín Botánico. Hubo protestas del director del Jardín.

Sin embargo, en 1925 se instaló, de manera oficial, la entonces llamada Feria Permanente de Libros en la Cuesta de Moyano, tras una petición de 77 intelectuales entre los cuales estaba Pío Baroja, pero algunos opinaban que aquel era un lugar  demasiado apartado de la vida comercial de la ciudad, situado al límite de Madrid y muy hostil; se planteó instalarla frente al Museo del Prado, idea rechazada oficialmente. En definitiva, se quedaron todos los puestos de libreros de ocasión en la Cuesta de Moyano. Hasta el sol de hoy.