Noctua después de la catástrofe

Al librero venezolano Andrés Boersner siempre se le ha visto de buen humor por los recovecos del Centro Plaza. Durante años ha mantenido una librería que nació allí gracias a […]

Al librero venezolano Andrés Boersner siempre se le ha visto de buen humor por los recovecos del Centro Plaza. Durante años ha mantenido una librería que nació allí gracias a unos profesores universitarios de quienes tomó el testigo. Boersner, hijo del internacionalista Demetrio y esposo de Magdalena, es él y su pasión por el peleón Rufino Blanco Fombona, es él y su entorno familiar apoyándole y soportándolo; es él y ese rincón ahora semioscuro donde llueve y escampa. Noctua, su librería, es un símil del país democrático donde acaba de resucitar

 

Sebastián de la Nuez / Fotos: Giuseppe Di Loreto

Noctua estuvo cerrada desde agosto del 2017 hasta febrero de 2019. Se desbordaron los intestinos del Centro Plaza en aquel mes de aquel año y la sangre, esa vez, llegó al río y arrasó con todo. Andrés Boersner, su propietario, prefiere no cuantificar en dinero los daños de la inundación.

Lo que sí sabe cuantificar de carretilla son los libros perdidos: cerca de seiscientos, de los cuales una cuarta parte pertenecían a su biblioteca personal «porque tuve la genial idea de trasladarlos a la oficina». Algunos de ellos irremplazables, autografiados por los autores o afectos cercanos. Además perdieron —en plural, la librería es él y sus familiares— las dos computadoras y el punto de venta.

El Centro Plaza en su zona comercial siempre ha olido a cloaca y jamás se vieron obras para solucionar ese problema. Quizás ese fue el origen de la tragedia que sufrió esta librería. Un poco como el país, que apestaba por los lados del golpismo y nadie hizo mayor caso hasta que ocurrió lo que ocurrió.

Rafael Cadenas y Magdalena Herrera en Librería Noctua, en octubre de 2015.

Boersner comienza con Noctua pero Noctua no comienza con Boersner (ver esta entrada) sino con un grupo de amigos que se hicieron socios y crearon este punto de encuentro en el sector Villa Mediterránea, la ex zona groovy del Centro Plaza. Entre ellos estaba la filósofa Marta de la Vega y el ingeniero Manuel Guevara, padres, por cierto, de la cantante Laura Guevara. Andrés y su hermana Juliana comenzaron a trabajar allí en los diciembres de los 80, atendiendo clientes, mientras hacían estudios universitarios. Terminaron por adquirir el local pero en cierto momento tuvieron que cerrar porque se les pidió desalojo.

Reabrieron ocho años más tarde en el local actual, fuera de la Villa.

Noctua compitió durante años con otras librerías bajo el mismo techo: al menos tres o cuatro más, hoy en día cerradas o mudadas de ramo. Andrés reivindica al librero que ha querido serlo por vocación, el que considera este oficio su medio de vida para siempre aunque mal pague. Como Raúl Bethencourt, Sergio Alves Moreira o Walter Rodríguez. Nunca ha sido ambicioso con el dinero y no ve allí virtud alguna. La gran falla de casi todos los libreros es su escasa aptitud para lo administrativo, lo admite y se incluye en el lote.

—De hecho, mi hermana y yo tuvimos que cerrar la otra Noctua no solo porque nos pidieron desalojo sino porque estábamos quebrados. Cuando llegaban las novedades que nos gustaban, ella se quedaba con un ejemplar y yo con otro. Eso es como un borracho que está al frente de la barra de un bar.

Su esposa, Magdalena Herrera, puso orden y él se lo reconoce:

—Ella tiene más cabeza fría y eso hace falta: alguien con la cabeza fría para no robar su propio negocio y entender que no todo el mundo debe tener tus mismos gustos, de modo que debe haber diversidad dentro de lo clásico.

Antes traía encargos, incluso ediciones viejas que conseguía en España. Él mismo cargaba con los libros en maletas y en sus faltriqueras. Ya no lo hace. Pero le podías encargar un libro y él te lo conseguía.

—Te voy a dar el ejemplo de un solo libro que siempre lo pedían y que estaba agotado aquí pero que en las librerías de viejo, allá en España, lo conseguías: el ‘Bolívar’ de Salvador de Madariaga.

Le gustaba —le gusta— hacer labor detectivesca. A veces iba al puente de las Fuerzas Armadas buscando títulos que algún cliente le había pedido. Quizás lo haga todavía.  Quizás continúe con sus reuniones de los viernes, ahora que ha reabierto: antes montaba sus «viernes culturales» en la trastienda con un grupo de amigos a mediodía, vino y algo de comer. Nunca había más de seis personas y, entre ellas, cuatro fijas pertenecientes a la Fundación para la Cultura Urbana, donde él ejercía de director o algo semejante. Ellos eran Rómulo Castellanos, Maripili Salas, Magdalena y Andrés. Maripili, actriz y licenciada en Arte, era su asistente en la Fundación y es una excelente bailarina de danza árabe, según declaró Andrés en una ocasión. A veces, tras varias botellas de vino en la trastienda, ella accedía a bailar con los demás asistentes. Solían asistir Héctor Torres, Rafael Cadenas, Gustavo Valle, Rodrigo Blanco; algún médico o farmaceuta o deportista se dejaba caer por ahí.

En todos estos años de librero, Boersner ha visto cosas inquietantes desfilar por sus predios, entre las estanterías. Una vez entró una dama inquiriendo si allí vendían almohadas para libros. También han preguntado por tornillos o alicates. Una vez llegó alguien solicitando el diario de la visita de Humboldt a Venezuela en 1942. Andrés le contestó:

—Mire, ese libro no existe. Humboldt estuvo acá a finales del siglo XVIII.

El cliente insistió, argumentaba que había leído acerca de aquel asunto y que se trataba de un viaje que Humboldt realizó en automóvil. El librero le comentó, entonces, sobre una visita de un descendiente de Humboldt a principios del siglo XX, pero este descendiente  no había dejado ningún diario. Nada de eso. El cliente montó en cólera e insistió en que se trataba de Alexander Von Humboldt.

—Escuche: Humboldt murió en 1859. Fue amigo de Simón Bolívar. Es completamente imposible.

El caballero, enfurecido, se marchó.

A veces han llegado verdaderos locos. La mecánica es la siguiente: merodean por ahí hasta que hallan la oportunidad de saltar a la palestra, desean contar su vida. Abordan historias escatológicas, oscuras, cosas que uno no quisiera escuchar.

—Son recurrentes. Hasta que uno, de una manera u otra, los saca. A mí me ha tocado ponerme agresivo alguna vez. Pero estos ya no son locos sino necios. Personas sin nada que hacer con su vida y entonces vienen… Puedes estar aquí tres o cuatro horas, conversar tranquilamente, pero son de estas personas que se meten en la conversación de otros, interrumpiéndolos groseramente. Hacen una pregunta y ellos mismos se responden. Hasta que llega un momento en que debes actuar.

Le sucedió una vez cuando estaba el articulista y editor Fausto Masó revisando libros. Entró un individuo y anduvo un rato entre anaqueles muy tranquilo, pero cuando vio a Masó se le abalanzó diciéndole que había leído su artículo del día anterior, el cual estaba equivocado. Y que se sentía sumamente molesto con lo que Masó había escrito. Andrés intervino: salga de la librería, deje la agresividad. El hombre bajó el tono y se disculpó.

Otro caso: la mujer aficionada a la metafísica. Leía de todo y podía demostrarlo pero tendía a quedarse enganchada en Conny Méndez. La adornaba un talante místico y cierta vez preguntó por un libro, supuestamente editado por Time: una  historia de la fotografía del infinito.

—Eso debe ser algo como muy abstracto.

Eso se atrevió a comentarle Andrés como para disuadirla de tal búsqueda. Pero la señora se molestó, lo tomó como una burla. Había visto el libro, como aquel otro juraba haber visto el de Humboldt. Andrés se quedó pensando en una posible fotografía del infinito, algo como para quedar patidifuso. Otro personaje, un viejito con Alzhéimer, llegaba con su hija a recorrer los lomos de Noctua pero la trataba, a su hija, como una especie de mucama. Advertía a los dependientes que tuviesen cuidado con ella pues acostumbraba hurtar libros. Exclamaba nada más entrar:

—¡Cuidado con mi hija! ¡Es una ladrona!

La hija, contrita y sumisa, callaba. Iba unos cuantos metros detrás del viejo, como una acólita a quien se le ha permitido el goce de acompañar a su señor pero de lejitos. «Siéntate ahí», mandaba el padre.

Antes, Noctua ofrecía novedades aunque también libros usados. A partir de algún momento, el género de viejo fue tomando preponderancia. Había gente que pasaba por allí ofreciéndole su biblioteca completa.

—Puede haber bibliotecas pequeñas [que decida comprar] donde el setenta y cinco por ciento vale la pena. En esos casos asumo el costo de la diferencia: me llevo un lote que quizás no me interese tanto. Pero no siempre lo hago, no compro a ciegas.

Ya no ofrece novedades en un país donde no existen. Dice que se están especializando en clásicos, ediciones usadas, libros difíciles de conseguir.

—Nuestra apuesta es resistir, porque la lectura, a pesar de no ser garantía, sirve como antídoto a la barbarie y nos permite una reflexión interna, acompañándonos por autores y personajes con dilemas tan complicados como el nuestro.

Agrega que los caraqueños leen de todo. Que siguen interesados en la historia para tratar de entender lo que ocurre, o en la ficción, para constatar lo cercana que está a la realidad. Al final se dan cuenta, los lectores, de que lo cotidiano supera a lo ficcional aunque pueda sonar inverosímil. Hay cosas que son difíciles de expresar. Un sueldo de cinco dólares mensuales, por ejemplo. O personas que mueren diariamente por falta de medicamentos, sean ricos o pobres.

Noctua sigue. Persiste con su puerta de vidrio abierta. Abierta incluso a esos locos adorables que buscan la imposible fotografía del infinito o un libro de Humboldt escrito en los años cuarenta del siglo XX o una almohada para que sus libros duerman como debe ser. Noctua es como el país, que ha sufrido una inundación  y se levanta después de arreglar debidamente la mampostería deshecha y las tuberías oxidadas o podridas. Dice Andrés:

—Trabajamos de diez a cinco y media, con la mitad del local sin luz ni aire acondicionado. Sin punto de venta. Con servicios públicos  más que precarios. Soy optimista en cuanto al futuro de la edición en papel. No sólo en Venezuela sino a nivel general. No trabajo en función de una muerte lenta. Trabajo en función de lo permanente.