Los tres Villalobos de Víctor Suárez

Originalmente le puso el título de “Larvario periodístico” a estas memorias situadas en una bucólica Barcelona de Anzoátegui a finales de los años cincuenta. Son las de un muchacho que […]

Originalmente le puso el título de “Larvario periodístico” a estas memorias situadas en una bucólica Barcelona de Anzoátegui a finales de los años cincuenta. Son las de un muchacho que veía a tres profesionales del periodismo ir y venir como sabuesos, clavando cada día sus colmillos en las noticias de la zona. Especializado en informática y telecomunicaciones, Víctor Suárez tuvo una destacada trayectoria en El Nacional y escribió durante años la columna Inside Telecom para El Universal. Aquí rememora la huella que le abrió las puertas al oficio de su vida

Víctor Suárez

A finales de los años 50, una vez caída la dictadura de Pérez Jiménez, gran parte de mi extensa pubertad la pasé en un bloque residencial construido por el Banco Obrero en Barcelona (municipio Simón Bolívar, estado Anzoátegui). Entraron los ’60 y seguía allí.

Allí vivían, con sus familias, el fotógrafo de El Nacional, Augusto Hernández, y el corresponsal de El Universal, Miguel Yilales. El corresponsal de El Nacional, Absalón José Bracho, iba todos los días en busca del hombre de la cámara.

Mi madre era amiga de las esposas de esos vecinos periodistas, y yo de sus hijos. En el apartamento nuestro, casa de costurera, todas celebraban sus dichas mientras se probaban trajes recién cortados a sus medidas, pero asimismo enjugaban sus penas, sus peleas, las infidelidades que les atribuían a sus esposos y también las que achacaban a mi padre, que no era periodista sino maestro de escuela.

Conclusión: era lector y oyente de la vida de estos tres periodistas, según el prisma de sus reportes matutinos impresos y de las versiones íntimas de sus respectivas consortes a la hora en que las gallinas se están acurrucando.

Nunca había conocido a un periodista, y mucho menos a tres de sopetón. Por efectos de la radio, resultaban la personificación en mi vida real de Los Tres Villalobos: los capítulos diarios en la radio hacían que suspendiera todos los deberes escolares para dedicarme cada minuto a descifrar las intenciones de “Rodolfo”, “Miguelón” y “Machito” galopando sus respectivos corceles “Centella”, “Tormenta” y “Azabache”. Arquímedes Rivero adaptó el serial radiofónico original al oído nacional. Había sido un éxito durante veinte años seguidos en la radio cubana. Se desarrollaba en el llano amplio y feraz donde, con delirio justiciero, los tres conjurados buscaban en los chaparrales a los asesinos del padre y del hermano menor, y en la casa grande vivían historias sin cabeza. Igual, consideraba yo, que estos tres periodistas de la vecindad. Rodolfo era “el más gallardo”, Miguelón “el más brusco” y Machito “el más adorable” de los Villalobos, aseguraba en Radio Rumbos el narrador Armando Hernández Vera.

Cuando los tres periodistas salían del bloque residencial cada mañana, ya sabía yo que iban de aventura, a buscar al criminal, a descubrir papeles ominosos, a procurar adobe para una escuela sin techo. Al día siguiente corroboraba sus pescas en las páginas de El Nacional y de El Universal. O las contrastaba con lo que publicaba El Tiempo, de Puerto La Cruz.

Llegué a saber que se intercambiaban las exclusivas (descubrimiento del significado de la palabra “tubazo”) y que se avergonzaban cuando Jesús Alvarado, el fundador de El Tiempo, les tumbaba las primicias.

Absalón era adusto y ceremonioso, de abdomen prominente, controlador de la AVP (seccional Anzoátegui). Augusto era dicharachero, familiar, sobrao, con acentuada habla caraqueña (nació en Puerto Cabello pero había asimilado el tumbao de El Guarataro, en la parroquia San Juan), se hacía un bolo con la lengua en el carrillo derecho en imitación de los antiguos peloteros yanquis que mascaban tabaco en el terreno de juego. Yilales venía de Maturín, había fundado El Diario de Monagas años atrás, era cerril, con grandes lentes de pasta, mínimo en estatura y máximo en timidez.

Absalón hablaba con los políticos. Augusto retrataba mujeres bellas, playas atestadas y deportistas destacados. Yilales prefería entrevistar a los estrategas del progreso. Sus señoras se reunían a menudo en la sala de costura. Una tarde llega Dorila y dice:

—Absa no durmió anoche en casa, me dijo que se había quedado de guardia en la corresponsalía a causa del intento de golpe militar.

A lo cual repone La India (esposa de Yilales):

—¡Pero si el golpe terminó a las diez de la mañana de ayer, cuando el general Monch le tiró cuatro bombas al cuartel! Los aviones pasaron por encima del bloque.

Y Lulú cerró con alevosía:

—Pues mi Augusto marido tuvo que revelar las fotos en el baño de la casa porque a la oficina la estaban pintando y con ese polvero no se podía trabajar.

Dorila saltó enfurecida, clamando al techo:

—¡Absalón, Absalón, esta me la vas a pagar!

Luego tomaron guarapo de canela y se calmaron.

 

EL PINCEL ENCENDIDO

Otra tarde encuentro una especie de corro de brujas comentando algo en voz baja. Apenas escucho, me sacuden, que si ve a ver si el gallo puso y cosas así. Extraigo lo esencial. Alcira, una vecina muy agraciada, está dejando entrar en su apartamento a Nilo, un joven pintor que la había deslumbrado con el cuento aquel de la modelo que es inmortalizada en el lienzo. Pero este alevín de paisajista no la visitaba con tela y caballete, quizá sólo con un pincel encendido. Al esposo de Alcira le habían llevado el cuento a su oficina gubernamental (creo que trabajaba en la Contraloría del Estado) y se había vuelto loco de celos. Tenía porte y arma correspondiente. “Lo voy a matar”, le dijo a mi madre. “La voy a matar”, le dijo a Lulú. “Los voy a matar”, dijo en el bar de la plaza Boyacá.

Pusieron sobreaviso a la modelo infiel, al pintor temerario y a los tres periodistas. Esperaban un muerto, dos muertos o tal vez tres, con suicidio adjunto.

Pero mi madre se adelantó y con ello evitó varias últimas páginas ensangrentadas en la prensa nacional y local. Encaró al funcionario malherido en el alma y lo amansó:

—Mijo, te vas a desgraciar, deja acá ese revolver, habla con ella, resuelvan, menos mal que no tienen hijos…

El hombre lloró pero no siguió maldiciendo. Le entregó la caja de zapatos donde guardaba el arma y no volvió más. Desapareció.

Cada vez que se reunían las cuatro cotorras, traían el tema a la sala de la casa. La caja de zapatos pasaba de escondite en escondite semanalmente, de casa en casa. Esperaban que en cualquier momento el dueño la reclamara. Absalón amenazó a su mujer con llevar el arma a la policía, no quería verla más en el escaparate. Augusto le tomó fotos, para preservar la exclusiva, dado el caso de que se convirtiera en arma homicida. Yilales se reservó su opinión y dejaba que la caja de zapatos durmiera su temporada semanal en la planta baja número 2 del portal C de los Bloques de Barcelona.

Pasa el tiempo y se recorta la memoria. Entonces… Sin su hermosa mujer, Absalón se fue a ejercer en Lara y luego en Zulia, hasta que le picó el chipo del Chagas. Augusto seguramente seguirá en el pueblo, alargando su provechosa senectud, envuelto en las fotos de su pequeña Lulú. Mi madre me dijo que Yilales también se había ido, pero sin La India Zurita, sin su preciosa hija Liuba Ivanova. A mí me llegó la hora de la toga y el birrete de bachiller envalentonado y también me fui del pueblo. Era el año 1963.

No eran reencarnaciones de los actores Luis Salazar, Arquímedes Rivero y Raúl Amundaray, pero eran mis Tres Villalobos, mis primeros tres periodistas modélicos. ¿Qué sabe uno a quién y por qué recuerda tanto?

 

Foto: de izquierda a derecha, Miguel Yilales, Augusto Hernández y el autor de esta crónica (fotografiado en la UCV, en 1969, por Eduardo Mayorca).