Poéticas de la democracia

En el Museo Reina Sofía, la Transición en cuadros y esculturas, instalaciones y vídeos; en Conde Duque, transiciones paralelas en el arte, la arquitectura y la movida madrileñas. En estos días cercanos al verano, luego de las fiestas del 3 de mayo, la capital del Reino ofrece más opciones que en cualquier otra época. Sin embargo, hay cosas que pueden echarse en falta

Sebastián de la Nuez

Sala principal de la planta 1 del centro cultural Conde Duque (un edificio, o varios, alrededor de una explanada central: sus espacios interiores semejan naves o galpones) en una calle estrecha con una de esas estaciones de bicicletas para alquilar que han proliferado en Madrid. La sala principal del primer piso se encuentra poblada de visiones policromadas, frenéticas, apocalípticas, hiperrealistas o documentales: una urbe en transformación, caleidoscópica, universal, donde figuran Almodóvar y otros de la movida o una chica en bañador, de espaldas, frente al lago del parque del Retiro o esa mágica cúpula del edificio Metrópolis donde convergen las calles Alcalá y Gran Vía vista desde arriba: mediante un gran angular, la imagen parece atrapada en un cuenco de coches y edificios que se inclinan hacia el punto central de la toma.

En planta 0, otra exposición, «Haciendo barrio», colectiva que puede albergar cualquier propuesta. Predominan el diálogo de razas y el cruce LGBT, lo urbano y lo religioso, lo mecánico y lo publicitario. Muestra irregular pero interesante.

En Madrid siempre hay una calle a la cual le están sacando las tripas de cemento. Este no es el caso de Conde Duque pero cerca sí. Llegan los obreros y colocan unas mamparas amarillas que vociferan Avería. El transeúnte, por lo común, se acuerda inevitablemente de Pepe Gotera y Otilio, cuyo eslogan en los tebeos era “Chapuzas a domicilio”. Todo el tiempo se repara una calle o se refacciona un edificio —lo que gira alrededor de Plaza España está vuelto un desastre ahora— o se ensancha una acera o se ponen mojones para que los coches lo tengan claro y no invadan lo que no deben. Una verdadera obsesión.

Otra cosa que hay siempre en Madrid es un par de señoras despotricando de una tercera persona en un vagón del metro. «Ahora debe estar esa en su casa hablando mal por Feizbuc de una de nosotras, seguro», le decía una de dientes salidos a otra, de sombrerito, que callaba y asentía y al final le comentaba por lo bajo: «Es una cabrona, la tía». La otra se le acercaba a medio milímetro para cuchichear a placer y así estuvieron a lo largo de tres estaciones. Seguro tenían a la del Feizbuc bien apretada por la yugular, todo el trayecto entre Tribunal y Atocha.

Las «Poéticas de la democracia» pueden verse en estos días en el edificio Noubel del Museo Reina Sofía. Al Reina Sofía hay que comérselo por partes, resulta demasiado grande para una sola sentada. Las poéticas de la democracia se refieren al periodo de la transición luego de la muerte de Franco, pasando por la legalización del PCE, la promulgación de la nueva Constitución y el entronizamiento de un operador político de primera línea como Adolfo Suárez, seguido por un joven Felipe González que al día de hoy todavía anda en la brega aunque un tanto apartado de su partido. En esa muestra destacan la apertura a las nuevas tendencias de la época,  lo variopinto de los soportes y las propuestas, lo ecléctico; la vocación social de aires antifranquistas. Comienza con un evento internacional que significó conflicto y rompimiento, la Bienal de Venecia de 1976. En la España que iba de la dictadura a la democracia, el alto mando militar se quedaba sin poder de veto, la izquierda entraba con fuerza en escena, Willy Brandt hacía un gran papel, la nación se reconciliaba y se preparaba para el destape de los ochenta. Un gran cuadro cierra la exposición, o al menos se encuentra en la sala justo antes de la salida, y se llama «Amnistía». Es imponente esa cárcel y esos cerrojos. Amnistía era una palabra de la cual se había hablado por primera vez en 1948 (dentro de España y durante el franquismo). A veces los pueblos tardan en realizar efectivamente palabras muy conocidas y universales.

Por cierto: en el mismo Noubel, una planta más arriba, están el Che Guevara, el filósofo Sartre y la escritora Simone de Beauvoir conversando amigablemente sentados en medio de una revolución que para el año 1962 lucía tersa, glamorosa y atractiva para todo aquel que tuviera corazón en el pecho. Esta es la exposición permanente «De la revuelta a la posmodernidad 1962-1982». El cartel explicativo dentro de esta sala en particular habla de la expansión geográfica de los conflictos sociales durante este periodo, y de la diversificación de intereses intelectuales en zonas muy diferentes del planeta. Se alude a la entrada en el tablero geopolítico de América Latina y el Caribe, en particular tras la revolución cubana aunque también se anotan los procesos de descolonización de países africanos.

Era un conflictivo mundo en expansión, cada vez más complejo y más plural, cierto.

Pero falta un autoanálisis por parte de los propios españoles. No se aborda, ni en este que cubre ese periodo, ni en otros montajes donde confluyan artes y metamorfosis social, el cómo y el porqué del impacto en el carácter español de la revolución cubana. ¿De dónde viene la fascinación que han ejercido Cuba y el castrismo sobre amplias capas de la sociedad española desde la Transición hacia acá? Ha sido, vistas las cosas en perspectiva, una hazaña fracasada, ha resultado todo en una política de Estado dirigida a la alienación para igualar al pueblo en la miseria y mantenerlo sojuzgado, paralizado. Sin embargo, los españoles no aceptan eso. Sigue siendo una referencia legítima, una especie de parteaguas en el camino hacia la Utopía, para quienes votan a las izquierdas (o a lo que queda de ellas). Ninguna muestra museística da respuesta a esto tan simple: ¿por qué? ¿A qué viene tamaño arrobamiento por una manga de criminales amparados en consignas marxistas?

La buena imagen del castrismo no ha decaído en España, en absoluto, y no parece que vaya a decaer, aun cuando se celebran los cuarenta sólidos años de una Constitución construida por consenso tras un entendimiento entre izquierdas y derechas.

 

Tres obras de la exposición Haciendo barrio (séptima edición) en Conde Duque. Abierta hasta el 26/05/2019.

 

«