Una camarada muy valiente y muy libre

¿Quién es la primera fotorreportera muerta en un frente de combate? Su nombre, hasta no hace mucho, apenas se conocía pues únicamente figuraba en la biografía de Robert Capa como la bella joven que lo enamoró. Gerda Taro (Gerta Pohorylle) fue una estudiante antifascista alemana en los treinta que se enamoró de España. Helena Janeczek desenrosca su efímera pasantía vital en La chica de la Leica, frondosa semblanza que recién ha publicado, en español, Tusquets

 

Sebastián de la Nuez

¿Qué había de diferente en esa manera fluida de moverse y mirar, esa manera que identifica a Robert Capa y, por lo tanto, a Gerda Taro? Hay en esta novela-semblanza biográfica de Janeczek un entretejido de tiempos y nombres que entorpece la lectura. Sin embargo, la autora sabe manejar personajes, caracterizándolos, ubicándolos en la perspectiva de los años treinta y cuarenta o bien en la posguerra pues el texto abarca a los amantes y amigos de Gerda Taro, extendiéndose en el contexto que produjo su inmersión en el antifascismo y desde el ambiente del taller fotográfico de París que reunía a Capa, Chim, Tsiki y Ruth Cerf, sito en rue de Froidevaux (Capa lo llamaba su «cuartel general parisino»), para llegar a Roma en la última parte. Ha sido, sin duda, una investigación ramificada y exhaustiva.

El libro es, ante todo, un híbrido. Contribuye a la mitificación del personaje sin explicar sus fotos o sus herramientas de oficio. No importa. No hace falta. Y, además, suelen confundirse sus imágenes con las de Capa; o Capa, más bien, las arrolla. Lo que más vale es el tejido del trasfondo y el amor entre una chica pequeña, bella e intelectualmente estimulante por ese monstruo de la fotografía que fue el húngaro.  Helena Janeczek tiene dotes de historiadora e investigadora. Ha escarbado en archivos y memorias desteñidas por el tiempo. Memoria, testimonio y capacidad de poner en juego la imaginación siempre a favor de la verdad o de lo más próximo a la verdad. Es, entonces, una inspirada escritora. Sabe lucubrar, tender lazos donde, probablemente, en su pesquisa solo halló cabos sueltos; sabe inventarse un diálogo íntimo en aquellos pasajes de los que quizás apenas obtuvo un dato. Así da el color justo —al menos eso le parecerá al lector, justo— de las relaciones entre Gerda y sus admiradores o amantes. Pues eso es, por lo visto, lo que ella tuvo alrededor durante su corta vida de 27 años hasta que se cayó del tanque y la arroparon sus tenazas de oruga.

Era una ciudadana polaca nacida en Stuttgart (Alemania) y jamás parecía preocupada. Se ve en las fotos que le tomó Capa chic, siempre très chic. Una joven llena de charme. Incluso, una criatura de otro mundo. «El engaño de la levedad nacía del encanto que emanaba», se lee en cierto momento. Actuaba siempre en serio, incluso cuando no lo parecía. Vivaz y divertida. ¿Quién podía decirle que no a esa loca? Cuando anunció en París  que se iba a España, todos sus amigos se deshicieron en recomendaciones; ella les dijo: tranquilos. Era ligera, y su levedad tenía encanto.

Cualquier texto como este abona a la consagración de un mito: la heroína, la que hizo —o los que hicieron— arte ante los desastres de la guerra. Pero la misma Janeczek dice hacia el final sobre Capa y ella, como poniendo los puntos sobre las íes:

Crear arte no formaba parte de su trabajo, pero sabían de qué dependía la calidad de una imagen; habían absorbido las ideas estéticas de su época, junto con las políticas y sociales, y eran conscientes de que precisamente en eso, en el arte, ya se había producido una revolución.

Un buen libro da un mundo. Ese mundo es una parcialidad en sí mismo, pero aun así será un mundo completo para el lector… si el lector cae sojuzgado. Eso da este libro, un mundo. Ese mundo, dando saltos hacia adelante y hacia atrás, cuenta la voluntad de resistir «en la cloaca parda», cuenta la solidaridad de las Brigadas Internacionales, cuenta las secuelas de la Segunda Guerra Mundial y el papel de los organismos como Unicef poniendo curitas aquí y allá (un ex enamorado de Gerda, el médico Georg Kuritzkes, se relacionó con la Unesco y luego con la FAO, de allí la conexión).

Tenía 27 años cuando la aplastó el tanque republicano en el frente de Brunete, al sur de Madrid, más allá de Móstoles, a finales de julio de 1938. Capa le había prestado una cámara cinematográfica que no era suya sino de la revista Life, enviada expresamente desde Nueva York. Se perdió en el accidente. Ella quedó viva esa noche y al siguiente día murió.

No es el primer libro dedicado a Gerda. El periodista español Fernando Olmeda cuenta en un episodio de Gerda Taro: fotógrafa de guerra (Debate, 2007) que llega destrozada, tras caer bajo la oruga del tanque, pero todavía con vida a un hospital administrado por ingleses. Es operada sin anestesia por el eminente doctor Douglas Jolly, pero el equipo médico poco puede hacer por ella. Según testigos, Gerda fuma rabiosamente un cigarrillo durante la operación. Hay un amigo, Ted Allen, que también ha resultado herido en el accidente, ha querido verla pero no se lo permiten. Ella no pregunta por el amigo. Lo único que ha dicho es: «¿Están bien mis cámaras? Son nuevas. ¿Están bien?»

¿Qué había de diferente en esa manera fluida de moverse y mirar? Bueno, quizás fuera esa condición de la cual habla, también, Janeczek hacia el final de La chica de la Leica, aludiendo a un gusanillo (o neurona o síndrome) que empuja a ciertas personas cada vez más al peligro. Como despojándolas en forma creciente de los anticuerpos que les advierten del peligro. Esa gente que, mientras más se mueve dentro del riesgo, más adicta se hace a él. La que se mueve, en este caso del oficio del reporterismo gráfico, bajo la consigna «si la foto no es lo suficientemente buena es porque no te acercaste lo suficiente.»