«El discurso ha desaparecido»

En alguna ocasión, quizás en alguna de las librerías del Centro Plaza, Ana Teresa Torres compró el libro que había escrito el examigo de Hugo Chávez, el general  Raúl Isaías Baduel. Nunca pudo llegar a leerlo. «La prosa militar es insufrible», dice en su Diario en ruinas (Editorial Alfa, 2018). El martes 21, en Cesta República, dos mujeres de talento hablaron sobre una brutalidad prolongada

Sebastián de la Nuez

A fin de cuentas, este y otros libros buscan responder de alguna manera a un asombro: ¿por qué la sociedad venezolana no hizo lo suficiente para quitarse de encima la bota chavista cuando todavía había tiempo para salvar el país? Ana Teresa Torres, la autora de La herencia de la tribu (Editorial Alfa, 2009), no desperdicia las palabras puesto que conoce su valor y sabe de su poder. Desgaja episodios de la vida política venezolana, fragmentos de su periplo personal sobre todo relacionados con despedidas, lutos o reencuentros y anotaciones valorativas de hechos puntuales en estos veinte años. Algunas frases antológicas, casi siempre cargadas de desencantada ironía, y viñetas de sitios de la ciudad donde sigue viviendo.

Lo que no sabe, simplemente confiesa que no lo sabe y no lo responde, como cuando un joven venezolano le preguntó en la reunión de Cesta República algo que solo él entendía acerca del hombre absurdo y la tragedia venezolana. Ella va al grano, aunque el grano se abra mostrando su pus y produzca desconsuelo. Su interlocutora, este martes 21 por la tarde en el local de Válgame Dios en Chueca, fue la editora Sandra Caula. Tras la presentación de Guillermo Barrios —factótum de La Cesta—, leyó un comentario que había preparado de antemano sobre Diario en ruinas, que también ha sido presentado en París y que se puede conseguir on line previo pago.

Caula apuntó los cauces por los que discurre el texto de Torres y al final le hizo la pregunta lógica, más o menos ¿dónde se unen la escritora y la psicoanalista? La lección de Torres es breve  y transparente: para escribir La herencia de la tribu tuvo que escuchar horas y horas las peroratas del golpista Hugo Chávez. Lo debía hacer porque era su manera de determinar el síntoma. Probablemente haya tenido una actitud clínica. Escuchar el síntoma es parte del trabajo. El síntoma se transmitía en vivo y directo a través de las cadenas o en cada acto público del régimen. «La palabra no es inocente, puede ser tan violenta como un hecho», le dijo a la periodista Elvia Gómez en alguna entrevista y eso quedó registrado en este Diario en ruinas. Agregó en La Cesta que sí hay que seguirle la pista a la palabra de los políticos, sean del signo que sean. Chávez cumplía con exactitud las medidas (violaciones al derecho privado, abusos de lo público, atropellos a la Constitución, etc.) o amenazas que anunciaba.

Se dedicó a eso. Quería cumplir su rol de mujer inquieta, intelectualmente activa, preocupada ante la debacle. «La tragedia es inevitable, soy parte de ella. Mi rol es resistir lo que va a ocurrir», y lo que va a ocurrir lo detectaba con precisión en el discurso chavista. Recortaba la Prensa. Seguramente lo hacía con fruición, con rabiosa perseverancia, como si en ello le fuera la vida. Uno la puede imaginar en sus afanes, puede imaginar los estantes de un clóset vomitando periódicos con señales y vaticinios, movimientos y desatinos.

«Todos los países felices se parecen pero los infelices lo son cada uno a su manera…», dijo Caula citando a Tolstoi al comienzo de su presentación. Por eso lo de Venezuela es inédito. Por eso necesita el trabajo de Ana Teresa Torres, que se lee de un solo viaje y deja ese sabor agridulce de lo que pudo haberse evitado y no se evitó.

En algún momento durante la conversación con el atento público que asistió a La Cesta, todos venezolanos, dijo Torres que en la actualidad en Venezuela el discurso ha desaparecido; «a lo mejor ustedes no se habrán dado cuenta desde aquí [desde Madrid] pero el discurso ha desaparecido». No abundó en esta frase, se diluyó entre preguntas y comentarios de la concurrencia.  Quizás se refería a que ya no hay síntomas del horror como pista previa a su cumplimiento pues se da día a día, el horror, sin mediar palabra que lo anuncie. La barbarie sin preámbulos.