Madrid lee y se deja leer

Madrid, o Mayrit, como le decían sus primeros pobladores, se lee en sus calles y en la cara de sus viandantes, gente de muchos colores y lenguas. Con sus letras y sus letreros, el centro amplio de la ciudad alardea de multiculturalidad pero su acento será siempre castizo, abrigado de raigambre y tradición. En cualquiera muro o portal salta la liebre, no exenta de gracia y a menudo poética, con su hocico lleno de palabras

Sebastián de la Nuez

«Los chicos listos leen libros», dice un afiche que coloca La Central de Callao en su vidriera dedicada a novedades para niños; el chico de la foto tiene una cara simpática y lleva lentes (el lugar común dice eso, que los niños lectores son niños con miopía).

La capital del Reino siempre anda buscando en qué esquina o vidriera o santamaría escribirse a sí misma, dejar constancia de un acontecimiento o hacer crítica urticante, como en ese portal en cuya parte superior han colocado un gran dibujo de Forges, alfilerazo clavado en la sociedad del consumo tecnológico. Eso, al lado de Tirso de Molina, una plaza donde se venden flores y se cuecen habas teatrales. En algunos domingos del mes, la flora intestinal del comunismo procubano se instala allí y el fantasma del Che se solaza entre tinglados de libros, panfletos, camisetas, vídeos y abalorios diversos. Tufo sesentoso.

Dicen que Madrid exhibe esos rasgos de toda gran ciudad: desarraigo-anonimato-indiferencia-prisa. Prisa sí que la hay, sobre todo en estaciones del metro como Sol o Embajadores —un verdadero batiburrillo a toda hora— y por eso es recomendable marchar a buen paso y con los brazos en jarras, si uno va en la dirección opuesta al tumulto que acaba de salir de los vagones. La costumbre del ciudadano madrileño es no pedir paso sino ir a por todas. Sin embargo, de las otras tres condiciones, si las hay, igual se encuentran en buena medida sus antónimos: habrá desarraigo, pero también raíces, de las vegetales y de las otras, muy humanas y humanistas; anonimato, pero también encuentro y reencuentro; indiferencia, pero en la misma medida, sensibilidades y solidaridades muchas veces a flor de piel, como puede observarse de paseo por el barrio de Chueca (por ejemplo).

Letras y letreros. De eso —como de tantas otras cosas— está hecha esta ciudad y no solo por el Barrio de las Letras sino porque los nombres de muchas de esas calles llevan un donaire castizo, una graciosa cristiandad en la propia denominación —como la calle Válgame Dios—, rinden culto a letrados antes que a militares o hablan de realezas perdidas en el tiempo. Hay vocación didáctica regada por las paredes de edificios adustos y con prosapia, bien conservados, eso sí. Para muestra, ese de Atocha haciendo esquina con la actual Costanilla de los Desamparados —es una cuesta, aunque no muy pronunciada, que se adentra en el Barrio de las Letras— donde entró por primera vez el legajo del Quijote, hacia 1604, para ser impreso por el joven Juan de la Cuesta; o este otro donde vivió Picasso cuando tenía 16 años, ahí está su respectiva placa, de buen tono y bien escrita, en el Nº 5 de una calle estrecha y olorosa a orines rancios llamada de San Pedro Mártir, junto a la arriba mencionada plaza Tirso de Molina; o este otro en la esquina de Sol donde una vez, en la bodega o tasca de la planta baja donde hacían tertulia escritores y periodistas de la época, perdió un brazo Valle Inclán durante una discusión de pareceres que se convirtió en riña y traspié malhadado.

En los edificios de cierto relieve histórico, pero incluso en los menús y en los listados de precios de las peluquerías, hay lengua, gracia y, a veces, enojo. Porque madrileño sin enojo no es madrileño que valga. Los letreros o pintas que no dicen nada sino que solo ensucian son los de los gamberretes que andan con un spray en la mano, siempre el mismo estilo grafitero, escandaloso y poco imaginativo. Manchan el paisaje.

Madrid tiene lengua y la luce incluso sobre las losas de la calle Huertas, con sus citas de Quevedo, Cervantes y Lope de Vega (entre otros). En el Barrio de las Letras todos los nombres de las calles se relacionan con algún literato o poeta o cosa parecida. Quien dice que no tiene tiempo u oportunidad para leer en Madrid es porque no le da la gana. Madrid lee y se deja leer aunque sea incómodo hacerlo en el trajín del metro o entre las estrecheces del bus. Cualquiera se puede sentar a las ocho de la mañana en un café, pedir un cortado y largarse a leer hasta la hora exacta en que le dé la gana. Nadie lo apurará.

Madrid es de colores encendidos cuando resbala el sol sobre sus techos y uno puede ver la luz danzando desde la terraza del Círculo de Bellas Artes, cuyos administradores siempre andan ávidos de cobrar todo el tiempo por todo. Desde esa terraza no se ven los letreros de la gracia y la memoria sino las gigantografías que anuncian películas y tiendas.

Los colores también se les suben, y las iluminan, a las señoras que van por Recoletos o Alcalá cogidas de la mano y criticando la avaricia de una amiga común, naturalmente ausente. Bajo el solazo de la Cuesta de Moyano crece y se ramifica una variopinta oferta de lectura. Aparte de la hilera de casetas hay, por supuesto, excelentes librerías como la que se autodenomina Librería Anticuaria García Prieto en Alcalá 123. Es mentira que aquí a las librerías les vaya mal, aunque los libreros protesten por la competencia desleal de Amazon. Los libreros y los editores siempre se quejarán, porque parten del principio de que niño que no llora no mama. Las librerías aquí rebosan encuentro, vida, historia, novedad y misterio. Sobre todo, esto último, donde se exhiben mapas, postales, fotografías, propaganda vieja y correspondencia antigua. Está la trilogía Sin Tarima-Con Tarima-La Fugitiva en los alrededores de Antón Martín. Está La Forja de las Letras en la propia calle Cervantes donde vivió el maestro manco propiamente dicho. Está la amplia Lé en el lujoso asentamiento del Paseo de La Castellana. Está la estirada Bardón en Callao, «Librería para Bibliófilos», cara y antipática. Hay de todo.

Letreros y placas madrileños: también sois literatura incluso en clave de minificción. Esta lápida de abajo señala el sitio donde fue volado por la banda ETA, en diciembre de 1973, Luis Carrero Blanco. Fue una bestialidad, aunque la mayoría del pueblo español raso piense que se lo tenía bien merecido. La placa dice que aquí, en este edificio de la calle Claudio Coelho —el mismo donde funciona Entreculturas, organización de la Compañía de Jesús que trabaja por la educación—, «rindió su último sacrificio a la patria» este que era a la sazón presidente del Gobierno español. Más abajo se lee «muerte heroica». Lo de patria y lo de heroica siempre resuena como redoble de tambores en estos casos.