Qué es el periodismo

En el Día del Periodista, algunas anotaciones sobre el oficio y la eterna discusión que habla de las implicaciones literarias de una buena historia Sebastián de la Nuez ¿Qué es […]

En el Día del Periodista, algunas anotaciones sobre el oficio y la eterna discusión que habla de las implicaciones literarias de una buena historia

Sebastián de la Nuez

¿Qué es el periodismo? Un oficio en el cual tenemos la posibilidad de tomar un drama por los cachos y entregárselo, entero y sin anestesia, a quienes hasta entonces han permanecido indiferentes. El periodista tiene la oportunidad de captar los hechos y colocarlos ante ojos, oídos y nariz del espectador o lector en forma de relato, con lo cual adquiere entidad, coherencia y trascendencia lo hasta entonces fragmentado. Habría que agregar dos elementos para que, en efecto, esa oportunidad sea aprovechada: voz propia y actitud. Hoy en día, estas cosas no deberían depender de un tercero, sea una empresa o un social manager.

¿Cuál es el punto de vista adecuado para narrar una realidad? La sensibilidad es el primer chicharrón en el asado. Hay varios géneros fundamentales: la nota, el reportaje, el perfil, la crónica y la entrevista son campos interconectados. Sus claves preservan el oficio suceda lo que suceda en el mundo, cualesquiera sean las plataformas tecnológicas. La lengua es su vehículo, el puente que comunica con mayor o menor efectividad según las herramientas de cada cual.

Hay un tipo de periodismo seco y otro empapado. Es una forma de separar la nota simple —un hecho puntual, la declaración de una autoridad, una novedad más o menos importante— del llamado periodismo interpretativo o del asociado, en Estados Unidos sobre todo, con el Nuevo Periodismo que prosperó en los sesenta con la banda de muchachos que escribía torcido al mando de la cual estuvo Tom Wolfe.  Los nombres por los que sea conocido el periodismo que sobresale es lo de menos; lo importante es una cosa: cuenta una historia. Pasa que, cuando uno habla de Periodismo con pe mayúscula, acordándose de Fallaci, Kapuscinski, Guerriero, Poniatowska, García Márquez, etc., sabe que detrás de todo palpita un sentido literario y allí se complican las cosas. Hay algo del colombiano Plinio Apuleyo Mendoza que viene de perlas en esa discusión de lo literario y lo periodístico pues alega que no le da la gana de elegir entre dos oficios: «Mi reflexión al respecto es bastante simple: si uno necesita de sus dos manos, no tiene por qué escoger entre la una y la otra.»

El Periodismo al cual se refiere PAM revela, en una historia, cualquiera sean el tema o las fuentes, zonas en penumbra. Eso es clave. Ese Periodismo se empeña en indagar y narrar más allá de la efímera noticia del día. Como Martín Barbero y Javier Darío Restrepo, el periodista debe ser entendido no como simple intermediario en la sociedad de masas sino como mediador. ¿Hay opinión, entonces, entremezclada con los hechos puros y duros? Desde luego, en todo hay subjetividad. Pero la principal virtud del periodista debe ser la honestidad, no la objetividad. La objetividad es hueca.

El Periodismo necesita tres condiciones: talento, rigor y ética (además de inclinación literaria, pero eso conllevaría otra discusión). El talento no se compra en botica; el rigor es cuestión de cabezonería y método, y su manía, darse golpes contra diferentes piedras. La ética es el alma del oficio y debe acompañar al reportero y, luego, al redactor cuando se sienta a revisar el material recopilado y a escribir o armar un guion. Si no, tendrá razón esa terrible primera frase del libro de Janet Malcom, El periodista y el asesino:

«Todo periodista que no sea tan estúpido o engreído como para no ver la realidad sabe que lo que hace es moralmente indefendible. El periodista es una especie de hombre de confianza que explota la vanidad, la ignorancia o la soledad de las personas, que se gana la confianza de estas para luego traicionarlas sin remordimiento alguno.»

Eso es o puede ser así, en ciertos casos. Pero no deja de ser una provocación para amarrar el lector a un libro que ciertamente relata un caso excepcional. Esa frase inicial es, también, una traición o una coartada.

En suma: para ejercer el Periodismo se debe asegurar la ilación, colocar el énfasis en los hechos pero también en los claroscuros y en las reflexiones que el reportero o redactor cuela entre líneas o expresa abiertamente. Es lícito. El periodista que cuenta una historia hace tanteos y acercamientos; no significan la verdad completa, absoluta o única ni lo pretenderá. Pero esos tanteos, al ser compartidos, al tomar forma dentro de un cuerpo con principio, desarrollo y remate, dejarán al receptor formándose su propia idea.

Nada de esto que se refiere al Periodismo puede confundirse o relacionarse con el batiburrillo gritón y promiscuo de las redes sociales. El gran zoco de lo banal, lo efímero, lo escatológico y lo epidérmico no constituye el marco preciso del Periodismo. El Periodismo va por otros caminos aun cuando se sirva de estas redes para promoverse.

En las redes la reflexión resulta irreflexiva, pasa a toda velocidad sin dejar rastro. Prevalece lo no elaborado. O el estallido anecdótico. Desde luego, puede servir para que cualquiera, teniendo a mano un móvil y estando en el lugar adecuado a la hora señalada, dé el alerta de un suceso o atestigüe un acto criminal. Y eso podrá convertirse en el punto de arranque de una buena crónica a cargo de un profesional. O en el detalle que redondeará uno de esos tanteos mencionados. O complementará la descripción de un contexto, colocando quizás la nota colorida en un drama. Uno de esos dramas terribles que están al doblar cada esquina de un país muy querido, muy agobiado, muy vaciado de sí mismo en estos días aciagos.