Viene el Papa, y por Venezuela, Colina

Esto decía un grafiti callejero en Caracas en 1985, a propósito de la llegada de Juan Pablo II: viene el Papa, y por Venezuela, Colina. Oscar de Jesús Colina fue acusado y capturado en 1989 por presunto narcotraficante. Fue un cantante que se movió en la cumbre de la popularidad durante un buen tiempo y después se vino abajo. ¿Dónde está hoy en día este fugaz emblema de una Venezuela pujante que exportaba talento? Al parecer sigue en Caracas. Esta es una transcripción —ligeramente editada— de una nota aparecida en Feriado, de El Nacional (25/08/1990), retrato de una personalidad y de un drama dentro de un submundo, el de las discográficas y los medios de comunicación, en aquel país que ahora se observa con agridulce nostalgia

 

Sebastián de la Nuez

El 12 de diciembre de 1981, el periódico El Nacional publicó una pequeña nota titulada «Ex becario de Fundayacucho, promesa del arte venezolano». Reseñaba el triunfo de Oscar de Jesús Colina al obtener el tercer premio en un festival de cine celebrado en Cracovia (Checoslovaquia) con el cortometraje Wash up. Colina representó allí a Inglaterra, ya que el film había sido rodado mientras cursaba estudios superiores de técnica de cine en el London International Film School, becado por Estado a través de una institución llamada Fundayacucho. La película duraba 15 minutos y en ella se narraba la relación fugaz entre una mujer y un vagabundo en una lavandería automática de Londres. El hombre buscaba allí el calor que se otra manera no podía encontrar durante el crudo invierno londinense. El guion se estructuró sobre un cuento escrito por Ana María Bertorelli, quien vivió en realidad la historia. Ella estudiaba teatro y había conocido a Colina durante sus frecuentes visitas a la escuela de cine. Al ver en el cafetín a aquel muchacho negro y reservado, preguntó de dónde provenía.

—Ese es cerrero —le contestaron unos paisanos que también estudiaban allí.

En 1981 Venezuela comenzaba a percibir la cosecha de la camada de becarios que se había marchado vía Fundayacucho a conquistar las escuelas y universidades del mundo desarrollado. Se necesitaba urgentemente gente con un PhD bajo el brazo o, en su defecto, alguna calificación foránea que justificase el dispendio de dólares que había significado el plan. Ejemplos como el del joven cerrero que había salido del barrio Cochecito para terminar con un tercer premio en los lejanos predios de la Europa oriental, aunque fuese a nombre de la pérfida Albión, era lo que se necesitaba justo en aquel momento.

Ana María Bertorelli fue la mujer de Colina desde su etapa final en Londres hasta 1987. No parece una mujer muy proclive a derrumbarse, y esto probablemente se debe a que en lugar de dedicarse a sentir, como ella misma dice, actúa cuando las cosas se ponen difíciles. Llegaron juntos a Caracas en 1980, con una cinta grabada en la maleta que más tarde se convertiría en un long play editado por el sello Top Hits titulado Amanecer, que contenía el éxito «Macarapana». Los diez mil dólares que la empresa entregó como adelanto por los royalties viajaron rumbo a Londres para cancelar las deudas pendientes que habían quedado como resultado de la grabación.

Antes de entrar en tratos con Top Hits, Colina llamó a su amigo Alejandro Blanco Uribe, quien había asistido a varias sesiones del incipiente guitarrista y cantante años antes, en el club Hammersmith, en Nothingham, Londres.  Blanco Uribe era ya  el factótum de Fonotalento, la empresa cazadora de talentos que la disquera Sonográfica había puesto en movimiento para competir con Rodven, la del clan Cisneros, es decir, ligada a Venevisión. En 1983 se sometió al cantante a una prueba de talento, que ABU presentó ante la directiva del holding de la comunicación al cual pertenecía Sonográfica. La respuesta fue negativa. Le dijeron que era un artista con una imagen demasiado fuerte. Quizás el amaneramiento de un efebo negro no encajaba en el molde que los ejecutivos tenían en su cabeza bajo el rótulo «artista nacional pop comercialmente rentable y de eventual proyección en el exterior». Sin embargo, cuando uno de ellos escuchó un tiempo después en la radio el tema «Macarapana», le preguntó a Blanco Uribe por qué ellos no se habían alzado con aquel tipo que sonaba tan bien, y el gerente de Fonotalento contestó que esa oportunidad se había presentado y que la propia directiva la había rechazado. Con la luz verde, el ejecutivo se dedicó a revisar el contrato de Colina con Top Hits, y halló una cláusula que habría de servir para rescindirlo legalmente: establecía que el artista quedaba en libertad de cancelar dicho contrato si otra empresa le hacía una oferta que Top Hits no pudiera superar. En efecto, se le ofreció un paquete de cuñas en TV valorado en 850 mil bolívares. Algo fácil de cumplir para una disquera filial de un canal de TV, pero prácticamente imposible para una industria monomotora, por así decirlo.

Así fue como entró Colina a engrosar el staff de estrellas donde se desenvolvían cómodamente Ilan, Yordano, Franco de Vita, Daiquirí y Carlos Mata, entre otros.

(Ana María, en la entrevista, dijo que apenas pudo sostenerse en pie el día en que fue a visitar a su ex marido en la sede de la Policía Técnica Judicial o PTJ. Ambos se quedaron callados un rato y simplemente se miraron el uno al otro. Se separaron tres años atrás, pero apenas quince días antes de que a él lo capturaran lo visitó en su casa de la urbanización Las Marías, en El Hatillo. Tenía fiebre y le llevó una sopa, vegetales y vitaminas. Para ella sigue siendo una urupagua, lo ha entendido después de todos estos años. Es la única, aparte de su familia y unos antiguos vecinos de Cochecito, que ha dado la cara. La farándula hizo mutis.)

 

TERCIOPELO AZUL

El asunto había sido en un antro llamado Feelings, en Fullam Road, al sur de Londres, cualquier día de 1978. Una ambientación que intentaba parodiar al trópico, y cerveza después de las once de la noche, hora en la que la ciudad se acuesta tradicionalmente, garantizaban el reclutamiento de los músicos que salían luego de esa hora de sus compromisos habituales, y de los trasnochadas. Ella le había prometido ir pero no le dijo cuándo. Le cayó de sorpresa aquella noche y vio los sobrehumanos esfuerzos de Colina por hacer que funcionase el aparato del sonido. Harto de intentarlo, comenzó a batir palmas haciendo la clave, mientras cantaba a capella:

«El carrito del mantecado pasa / pasa despacito / con su dulce cantar…»

Cuando lo vio en ese plan, y la gente que lo seguía, entendió que allí estaba, de alguna manera, Venezuela. Ella asocia a Colina con la urupagua, una fruta que se da por la sierra de Coro que es como un coquito, de sabor amargo. Cae en el piso y fermenta. A las serpientes les atrae su sabor. No sabe exactamente por qué establece la asociación, pero esa es la impresión que ella tuvo en Londres y después se trajo a Caracas.

Colina se encuentra ahora tras la rejas, fichado por la policía, y puede ser que la prensa amarillista haya segregado abundante saliva pavloviana ante tal manjar: negro, amanerado y drogadicto. Colina no hizo nada por ablandar los prejuicios que sabía le acechaban. Eso quedó claro cuando le dijo a un periodista, en una entrevista publicada en abril de 1986:

«Yo, como artista, no quiero términos medios: o les gusto o les disgusto. Entonces, esto plantea el tener que diseñar una imagen verdaderamente intimidante, ante la cual la gente tenga que plantearse dentro de sí ciertas preguntas y ciertas respuestas (…). Mi imagen lo que hace es, en cierta forma, estimular esos fantasmas sexuales que tiene la gente, despertarle esas angustias. Por eso es que viene cualquier desinformado y dice ‘ay, no, ese tipo es un homosexual’, y simplemente lo que estoy haciendo es agitarle la mierda que tiene dentro de sí mismo.»

No hizo nada por ablandarlos; más bien acicateó los prejuicios, y los amigos que prefieren mantenerse en el anonimato coinciden todos en que su sensibilidad extrema y una rebeldía, quizás, heredada de su antepasado José Leonardo Chirinos fueron los factores que incidieron en que se lanzara cuesta abajo durante los dos últimos años. Más o menos desde que la empresa disquera decidió no renovarle su contrato, ya que el último long play —Cuando un loco ama— no alcanzó las cifras de venta que se esperaban. ¿Cuál era el denominador común en su comportamiento de esta última etapa? Dijo Ana María:

—De repente un día estaba bien, y al otro le daba una gran depresión.

El realidad, el comienzo del declive coincidió con su máximo estrellato: no lo exteriorizó, pero el hecho de que su lanzamiento en Estados Unidos fuera suspendido a última hora —sin que nunca le fuera explicado ni a él ni a nadie—, después de haber grabado el disco más caro de toda su carrera, Sampler, tuvo que haberlo afectado irremediablemente. Para el momento en que grababa, secundado por un trabuco de sesioneros que, según recuerda un testigo, eran todos unos virtuosos, también se hallaban en funciones (en el mismo centro donde él grababa) Grace Jones y un grupo que prometía, liderado por un tal George Michael: Wham!

Aquello coincidía con el resurgimiento de la negritud en Estados Unidos; por añadidura, la apertura de la cabeza de playa Sonotone, hermana de Sonográfica, ofrecía la infraestructura necesaria para que Colina llegara y reventara las cuarenta calientes, o al menos las cien calientes, con canciones largamente rumiadas y producidas pensando en el mercado internacional («Amándote», «Curazao», etc.). Declararía para la revista Rolling Stone y para las cadenas de televisión en su fluido inglés, y todo el mundo se enteraría entonces quién es el hijo de Helena Colina Chirinos, criado en Cochecito y coronado por la fama en el propio lugar de los acontecimientos.

Sin embargo vino el balde agua fría: «Miami dice no» fue el telefonema que enfrió el asunto.

Regresó a Venezuela con sus trenzas de rastafari y vendió aquí como nunca había vendido antes. La empresa le pagó con un Ford LTD parte de sus regalías, porque un artista de su categoría no podía andar en el desvencijado Volkswagen de Ana María, quien fue, además, una de sus coristas –también lo fueron Marlene y María Rivas- y la protagonista de sus videoclips. El LTD reposa hoy en día en algún taller mecánico, agrietado por los golpes. No lo ha podido terminar de arreglar por falta de recursos. En su casa le cortaron el teléfono. Tremendo nivel de vida para un y que traficante de drogas.

 

EL ESCÁNDALO

Antes se usaba éter para sacarle todo el jugo posible al clorhidrato de cocaína; pero ahora se estila el amoníaco o el bicarbonato de sosa. La mezcla se vende para ser fumada. A partir de 1983, en Nueva York, se acuñó el término crack para distinguir este tipo de droga que provoca una euforia más rápida e intensa que la cocaína común y silvestre, aunque el efecto que produce es de menor duración. La acción de pulverizar los ingredientes suena onomatopéyicamente crack, de allí el nombre de esta droga a la que Colina, supuestamente, le entregó sus largos ratos de ocio en la soledad que compartía con sus tres perros en El Hatillo.

En todo caso, está comprobado científicamente que produce daños irreversibles en el cerebro. Un amigo de Colina dijo que últimamente lo rondaba un séquito de aduladores; lo alababan, cualquier cosa que el exídolo decía les hacía gracia.

—No lo voy a redimir de su carácter, pero estoy seguro de que es víctima de una trampa —manifestó este amigo.

El medio en el cual se desenvolvió infló a Colina de tal modo que su ego necesitaba dosis continuas de alabanzas; quizás esto lo hizo más dependiente que el crack. No pudo desvincular el mito de la persona, ni arrancarse la costra de su imagen en los momentos que así lo requerían. No supo dónde terminaba su trabajo y dónde comenzaba él mismo. La historia de The rose se parece a la de Colina más de lo que pudiera pensarse a la primera ojeada.

A todo ello se añade la rebeldía de una criatura algo soberbia que una vez, durante un concierto en Margarita patrocinado por una cigarrera, fue capaz de repartirle a la multitud un cartón de la marca de la competencia. Con ese ego y ese furor contestatario, es de imaginar el boquete que se le abrió en el alma cuando se dio cuenta de que las ventas bajaban precipitadamente; o cuando la disquera prefirió a otros artistas como embajadores de la nueva música popular venezolana en Estados Unidos. Eso, y los pequeños golpes de todos los días, como cuando tuvo que pelear con una asistente de contabilidad para que le sacaran un cheque que le correspondía con todas las de la ley.

El comisario Carlos Ramírez Gutiérrez, de la División de Drogas de la PTJ, informó que se había elaborado un expediente muy voluminoso y muy completo para que el juez de la causa pudiera contar con todos los elementos necesarios para juzgar con entera propiedad. Muy bien. Aquí cada cual está haciendo su trabajo. Todo muy ajustado a derecho. Llegará un momento en que a quien le corresponda le toque sentenciar la suerte del exbecario de Fundayacucho, aquella promesa de la Gran Venezuela.