El boicot a El Nacional, tantos años después

Ya lo dijo una vez Jesús Sanoja Hernández para la Revista Miradas, que el periodismo de antes —en Venezuela— tenía mayor poder de transformación social. A propósito de haberse celebrado […]

Ya lo dijo una vez Jesús Sanoja Hernández para la Revista Miradas, que el periodismo de antes —en Venezuela— tenía mayor poder de transformación social. A propósito de haberse celebrado ayer (si es que se celebró en alguna parte) un nuevo aniversario del ahora extinto periódico El Nacional tal como fue conocido desde 1943 hasta ahora, se aborda en esta nota aquel episodio todavía medio velado: el del boicot de 1961 al diario que era acusado de procastrista. «Ese es un capítulo extraordinario del que debería hacerse un libro», dijo Simón Alberto Consalvi un año antes de fallecer. Se hizo, el libro, pero no dice nada

 

Sebastián de la Nuez

Dijo Sanoja Hernández que la razón principal de aquel poder de transformación de antaño fue que durante la etapa postgomecista, «entre el 36 y, pongamos por límite, el 48, el periodismo era un oficio donde no había concentración de capitales empresariales; paralelamente tenía mucha fuerza el periodismo político: partidos con sus propios periódicos, mucha lectoría por lo menos entre las vanguardias e interacción entre la ideología y el periodismo empresarial…».

El profesor Sanoja Hernández, un verdadero coleccionista de sucesos recortados en papel, guardaba cierta añoranza por aquella época del postgomecismo. Recordó la cantidad de columnistas de diferentes bandos que escribían en El Nacional, y aunque El Universal era más cerrado, también tenían cabida allí quienes conocían el proceso cultural, ideológico y político del país. A eso se refería con «interacción entre la ideología y el periodismo empresarial», y agregó:

Aquí [en Venezuela] hubo un gran reventón en el periodismo en 1936, con Ahora, dirigido por Luis Barrios Cruz. En ese año revulsivo cayeron allí todos los que traían ideas renovadoras: Guillermo Meneses, Antonio Arráiz, Ramón Díaz Sánchez, Rómulo Betancourt… Rómulo escribía con seudónimo, desde la clandestinidad lopecista, una columna de economía y finanzas.

Era una época de confrontación entre izquierda y derecha explicable por la Guerra Civil española. En ese marco efervescente nació El Nacional en 1943. «Cuando surge, la competencia empieza. El Universal no publicaba fotos ni tampoco La Esfera», comentó Omar Pérez, el compañerito, al ser entrevistado con vistas a una historia —parcial— del periodismo venezolano del siglo XX.

Es curioso ese dato: con El Nacional comienza la utilización de la fotografía en el periodismo venezolano, y ese recurso tecnológico marcará el inicio de la rivalidad. Un diario adelantado y con beligerancia en el sentido ideológico da la pauta: era de izquierdas, fue su sello y su sambenito.

Pues bien, con su fama de albergar a comunistas y procastristas casi no sobrevive a una presión ejercida sobre sus anunciantes: un boicot por todo el cañón, sin miramientos, para llevarlo a la ruina. Su principal figura editora, Miguel Otero Silva, se asociaba con la causa revolucionaria cubana (pero Otero Silva representaba, puertas adentro, una antinomia: si sostenía simpatías con el PCV, ello no le impedía enfrentar a sus trabajadores, nunca fue extraño ver a sus reporteros buscando reivindicaciones salariales, echados a la calle de Puente Nuevo a Puerto Escondido, protestando).

Una nota editorial publicada el 8 de junio de 1961, en pleno boicot, explica la situación para ese momento. Extractos:

Una infame maniobra, nacida y alentada desde los reductos más reaccionarios, ha abierto fuego contra El Nacional en los últimos meses. Su objetivo primordial parece ser el de obligarnos, por medio del chantaje y la coacción, a torcer la línea política y periodística de unidad democrática que ha caracterizado a este diario desde su fundación.

La actitud principista de El Nacional es sobradamente conocida en todos los rincones de esta patria. Y a ella se debe, al par que a la eficiente capacidad técnica de nuestros redactores, empleados y obreros, el singular aprecio de que goza nuestro periódico (…). En las páginas editoriales tienen cabida en todo instante las firmas de los más destacados escritores democráticos, sin diferenciación de partidos o credos (…). En cuanto a las secciones informativas de este diario, se han distinguido siempre por la veracidad de sus noticias, por la objetividad profesional (…). No nos sorprende que esas normas de objetividad e independencia no satisfagan a los incondicionales del falangismo franquista, ni a los conspiradores criollos que pugnan por quebrantar la estabilidad democrática del país. (…).

Por tal motivo han tomado en sus manos el timón de la campaña de sabotaje contra El Nacional que iniciara hace varios meses una agrupación de reconocidos nexos con el fascismo franquista. Por teléfono, en cartas anónimas, con la amenaza y la calumnia como armas, tratan de presionar a las empresas comerciales para que retiren sus anuncios de las páginas de nuestro diario. En su maquinación esgrimen una torpe impostura según la cual El Nacional no es un periódico al servicio de la cultura y de la democracia, vale decir al servicio de la nación venezolana, sino un órgano de Nikita Khrushchev o de Fidel Castro.

Ante la persistencia de los manejos reaccionarios, hemos decidido hoy enterar al pueblo venezolano de tan oscura maniobra. (…) Esta empresa no ha sido levantada con el simple propósito de obtener beneficios materiales sino con el objetivo fundamental de luchar por el mejoramiento de nuestro país, por su desarrollo cultural y por su derecho a ser libre.

No es posible olvidar, por último, que quienes comandan esta operación tortuosa contra El Nacional son parte integrante de la conspiración reaccionaria contra los poderes públicos constitucionales que la nación escogió en las pasadas elecciones. (…).  En los tiempos presentes no está en juego solamente la vida de un diario democrático sino también la vida de nuestras instituciones civiles.

 

LA EXPLICACIÓN DE CONSALVI

Simón Alberto Consalvi, al ser entrevistado en 2012 —igual: para una historia parcial del periodismo venezolano del siglo XX—, recapituló los acontecimientos quitándole responsabilidad al gobierno adeco de la época. Dijo que no había sino que ir al archivo y ver cómo, poco a poco, es la publicidad oficial la que rescata al diario de la inexorable quiebra a la cual se encaminaba. No le interesaba a mucha gente del propio periódico, según Consalvi, admitirlo, y que el gran testigo de la solidaridad gubernamental, pues fue muy amigo de MOS, había sido Gonzalo Barrios. Agregó:

—El ataque contra El Nacional fue uno de los grandes episodios de esa época, pero no ha sido investigado. Betancourt, además de enviarle avisos, hizo un lobby y envió a personajes como el sordo Valera. Miguel Otero no escribió sobre eso; se fue para el carajo. En los periódicos generalmente se desata la idea de que [los editores] son todopoderosos y que pueden con todo; y no hay nada más vulnerable que un periódico, porque viene la gente a denunciar y se acabó la fiesta.

Dijo Consalvi que MOS fue una excelente persona, un intelectual de fuste, pero que le escurría el bulto a los problemas. Lo mismo que hizo cuando el boicot, lo haría ante los conflictos laborales que necesariamente surgirían en el periódico en vísperas de la firma de cada contrato colectivo. Insistió Consalvi:

—Algún día tendrá que investigarse a los conspiradores y, entre ellos, a Nicomedes Zuloaga. Debería indagarse sobre las compañías anunciantes también. En particular, preguntar sobre lo que pasó con ARS Publicidad, la gran [agencia] amiga de Miguel Otero Silva, pues el propietario era su carnal Carlos Eduardo Frías y Arturo Uslar Pietri era directivo allí.

Y luego recalcó:

—Los astutos le echan la culpa al gobierno pero [las agencias publicitarias y los anunciantes] estaban saboteando también al gobierno, y tratando de sabotear algo más que al gobierno. El gobierno entró a formar parte del drama, obviamente, porque estaba en el medio la revolución cubana y esto tiene que ver con la revolución cubana. Porque a partir de ella se desata el drama. Ese es un capítulo extraordinario del que debería hacerse un libro, y ese libro debería empezar por un análisis de las publicidades: quiénes las controlaban, quiénes eran los publicistas, a qué orientación estaban adscritos, qué intereses representaban políticamente. Vinculaciones entre agencias venezolanas y norteamericanas. Yo estaba en Yugoslavia; si no, me hubiese apoderado de El Nacional, que no te queden dudas. En Yugoslavia era un aislamiento total.

Utilizó ese verbo, apoderarse, en el sentido de representación legal de una institución o empresa.