Tras la huella de los Roffé

Un grupo de tertulianos en Cruz del Sur, circa 1950 (negativo con defectos de origen).

¿Nadie ha organizado en Caracas un homenaje a los hermanos Roffé, Violeta y Alfredo, después de todos estos años? ¿No merecen una exposición didáctica de sus trayectorias para que las nuevas generaciones conozcan lo que hicieron, aquello que les movió y por lo cual se ganaron una aureola de iconos de la vanguardia intelectual? La Venezuela que ahora se recuerda con tanta nostalgia les debe mucho

Sebastián de la Nuez

Fueron un dúo inquieto, arquetípico en una ciudad que deseaba ser cosmopolita, mundana, moderna. Ramón Jota Velásquez adoraba a Violeta y dijo de ella que había tenido la fortuna de pertenecer a los grupos estudiantiles que se formaron en el Pedagógico en los años cuarenta. Recordaba el historiador a un profesor que la alababa por su afán inquisidor, inconforme siempre frente a las verdades consagradas, con una imaginación dispuesta a concebir empresas que congregaran voluntades.

Cierto: Violeta sabía mover piezas, motivar a los demás, manejar relaciones.

En los sesenta, por cercanía con el Partido Comunista y por propia convicción, formó filas en la sedición ejecutando tareas y misiones. Viajó a China en 1962, se llevó a su hija adolescente y la dejó a buen resguardo en casa de sus tíos Flor Roffé y Antonio Estévez en Londres mientras ella, un poco aterrada y acompañada de un intérprete, se adentraba en los salones de la China de Mao para explicarle al liderazgo —llevaba un sucinto informe— que el PCV se encontraba bastante debilitado y que probablemente la guerra de guerrillas no duraría mucho. Al menos así recuerda el episodio María Sol Kochen, aquella única hija adolescente entonces. Andando el tiempo, María Sol se haría antropóloga cultural en California y a finales de los noventa desarrollaría en su país Publicaciones Ananda, siguiendo a su modo los pasos de la madre.

A Brasil también viajó Violeta para seguir un curso de microfilmado. Alguien que la conoció en sus buenos tiempos recuerda que se jactaba de haber sido la primera mujer guerrillera en Venezuela. Guerrillera urbana, en todo caso. Se ocupaba de cuidar a las familias de los presos en el cuartel San Carlos y servir de correo llevando y trayendo envases metálicos de talco Johnson que contenían información entre reos y contactos del partido en la calle.

En los setenta promovió una ONG o sociedad de artesanos llamada Arte y Vida. Más allá de su utopismo de acero inoxidable, ha sido una madre para todo aquel que la necesitase. Quería construir una industria que le diera futuro a esa cantidad de pintores, ebanistas, escultores o tejedores que pululaban a su alrededor. Como dice un testigo de aquellos tiempos, «su rol en la vida ha sido el de gran protectora, pendiente de los amigos drogómanos y borrachos». Hubo una experiencia piloto en Tarma, pueblito a diez kilómetros de Carayaca en el estado Vargas. Allí funcionó un centro, una cooperativa, donde se organizaban talleres. Gran ilusión de Violeta: evitar que la artesanía se perdiera, darle alguna viabilidad al trabajo de aquella gente. Hubo quienes se quedaron a vivir en aquel pueblo bucólico, quizás hoy todavía existan vestigios de Arte y Vida. Ya los Roffé habían intentado algo semejante en una hacienda heredada; Alfredo se llevó, en los trajines de una carpintería o algo semejante, dos dedos de su mano derecha. En todo caso, Arte y Vida no prosperó. Después el Conac adoptó esa idea de la mano de Manuel Espinoza.

Más tarde Violeta organizó algo llamado Asociación de Revistas Culturales, cuyo objetivo no era editar revistas culturales sino buscar financiamiento a las que hicieran otros. Algo logró. Se manejaba bien con los contactos y las amistades. Además hizo de su propia mano un par de libros: uno sobre la sexualidad, bastante incomprensible; y una especie de epistemología sobre ciencias humanas. El primero lo editó Pedro Duno. Tenía altibajos de ánimo, cierta tendencia maniacodepresiva. Luego de separarse del economista y marxista Francisco Mieres, tuvo un segundo matrimonio y ya entrado el siglo XXI, mientras el país se deshacía en jirones, se perdió entre los muros de la casa familiar en Los Chorros. Se encerró como si desistiera de ese mundanal ruido en el cual, en otro tiempo, solía chapotear a gusto. Se apartó y ni siquiera estuvo en el entierro de su hermano Alfredo.

Ella fue la principal creadora de aquel haz de luz fluorescente, Cruz del Sur, donde Juan Nuño se fastidió de Alejo Carpentier. En realidad, Juan Nuño habría de fastidiarse en su vida muchas veces por cosas variadas: como cuando vio en peligro el uso de la eñe por culpa de las nuevas tecnologías y a modo de advertencia firmó uno de sus artículos en El Nacional como Juan Nuno. El hecho: asistió a un coloquio en Cruz del Sur sobre la obra de moda por aquellos años cincuenta, Esperando a Godot. Tuvo que escuchar en ese foro por sexta vez —era su propia cuenta— a Alejo Carpentier con aquella historia sobre el estreno de La consagración de la primavera en París. Está bien, comentaría Nuño más tarde, convengamos en que el hombre había estado allí, pero, ¿a santo de qué venía la historia del estreno de Stravinski en un coloquio sobre Beckett?

En el recuerdo de Nuño —entrevistado por Héctor Seijas para su libro, hoy agotado, sobre Cruz del Sur— aparece la cuadra de Piñango a Llaguno pintada románticamente. Una acera con retiro; en ese retiro, la librería y al lado un café holandés con unos dulcitos muy sabrosos. Hay que ver los juegos que juega la memoria según la experiencia de cada quien. Es una de las cosas más subjetivas del mundo, la memoria. La teatrera Ligia Olivieri, en otra de las entrevistas de Seijas, recuerda el centro de Caracas como un sitio en el cual parecía que acabaran de lanzar una bomba atómica.

Según Nuño, las tertulias de la España en el exilio ocurrían los martes por la tarde en Cruz del Sur con asistencia de José Bergamín, Juan David García Bacca, León Felipe y el profesor de literatura Sánchez Trincado. Grabarlos, tomar nota de su verbo encendido, seguir el pulso de sus conversaciones sobre poesía, literatura o filosofía —diálogos endulzados desde el café holandés, seguro— habría dado para un gran libro. Pero el tiempo no pone marcha atrás. Alguien dijo, hablando sobre Cruz del Sur como lugar de reencuentro y epicentro cultural, que León Felipe fue el García Lorca que le tocó en suerte a Venezuela. «Era un individuo subversivo», dijo de él Fruto Vivas.

Pedro León Zapata conoció y apreció a Alberto de Paz y Mateos allí dentro. Luis Guevara Moreno y Zapata, estudiantes de pintura en los cuarenta, encontraron en la librería una conexión con lo que estaba ocurriendo afuera, en el mundo de la plástica, cosa que ni siquiera la Escuela de Artes Plásticas en la cual estudiaban les proporcionaba. De Llaguno a Piñango número 6 el papá de Coromotico se enteró de que la tinta blanca existe. El lugar influyó en su formación, y piensa Zapata, o al menos lo pensaba cuando se realizó en el Ateneo un foro para homenajear a Violeta (1989), que igual ocurrió con sus compañeros de generación. Fue allí donde vio o, mejor dicho, escuchó a León Felipe diciendo que «nos pasamos la vida hablando y yendo del codo al caño y del caño al codo hasta que decimos ¡coño!»

Le sorprendió bastante que aquel señor, con aquella cara de profeta, les viniera a hablar con ese lenguaje.

 

LA PERSONALIDAD DE ALFREDO

El filósofo Fernando Rodríguez aprendió durante su colaboración con la revista Cine al día cierta ética de la escritura. «Era una revista donde no se podía conceder nada en absoluto». El hecho de colaborar bajo la dirección de Alfredo Roffé podía acarrearte un problema moral en el caso de que te gustara alguna película comercial norteamericana. Sin embargo, a pesar de su militante ñangarismo, era un individuo refinado, poseedor de una de las mayores colecciones de discos de música clásica jamás vista. Y atesoraba una biblioteca sobre cine que provocó el asombro de una profesora de la Universidad de Nueva York de visita en Caracas. Reunió unas 16 mil revistas y doce mil volúmenes sobre arquitectura, que donó a la Universidad Central. Viajaba a veces a Londres y allí buscaba a dos viejitos que habían intentado instalar un museo sobre los orígenes del cine, sin lograrlo. Pues bien: él les compró artilugios, material fílmico, libros, aparatos antiguos —por ejemplo una linterna mágica que quizás habrían conseguido en un anticuario a precio astronómico.

Era, además, coleccionista de arte: una de las paredes de su casa la adornaba un pequeño dibujo de Degás y algún cuadro de Alejandro Obregón (pintor catalán fallecido en Cartagena, Colombia, en 1992). Alguien decía de Alfredo que albergaba dos personalidades incompatibles entre sí: por una parte, una suerte de príncipe renacentista, y en ese mismo cuerpo o cerebro habitaba un socialista en sus modos y costumbres. Andaba por Caracas en autobús, comía en cualquier taguara que lo agarrara por el camino y su vestuario se componía de tres o cuatro fluxes, a lo sumo. No siendo un librero propiamente dicho, se incorpora a Cruz del Sur alrededor de 1950 con el cometido simple de arrimar el hombro.

Era un apasionado del trabajo. Llegó a ser un funcionario de primera categoría en el ámbito del urbanismo. A tal punto que, cuando quiso dimitir del Banco Obrero, el ministro lo hizo llamar y le dijo:

—Mire, manda a decir el presidente de la República que usted no se puede ir.

Le pusieron un chofer, un carro, unos bonos compensatorios para evitar su dimisión. Era sobre todo un gran planificador. Pertenecía a ese grupo de arquitectos y urbanistas que creían firmemente en el desarrollo social. Una suerte de utopistas, en su campo, sacrificando el arte por la eficiencia en función de lo popular.

Alfredo y Ambretta Marrosu tuvieron un par de hijos. Se divorciaron. Alfredo se puso a estudiar semiótica. Aprendió la historia completa del cine venezolano e incitó a otros a investigarla, aun cuando él personalmente no escribió mucho. Cine al Día fue un símbolo de la Venezuela intelectual interesada en el cine y con inquietudes socialistas, o al menos con una actitud cuestionadora ante el establishment. La revista se mostraba implacable con el cine venezolano, lo que provocó que en algún momento quisieran quemarla en la ANAC (Asociación Nacional de Autores Cinematográficos), que el prolífico director Román Chalbaud arrojara algunos ejemplares desde un cuarto piso y que otro director muy conocido quisiera descargarle un puñetazo a uno de sus colaboradores tras una crítica que no le gustó. Fue la primera revista latinoamericana que la Biblioteca de Londres microfilmó. Eran los años setenta y en América latina el cine se politizaba a veces con talento, a veces con maniqueísmo.

Y fue en los setenta la mudanza de Cruz del Sur a Sabana Grande, siguiendo el rastro de la Universidad Central, pues ya se sabe que de una casa de estudios suelen salir estudiantes y profesores dispuestos a gastar sus ahorros, si acaso los tienen, en libros. Pero esta es ya otra historia.