Una iglesia aquí mismito, debajo del terraplén

Bajo esta maleza rala, reseca, la Iglesia de la Torrecilla. Al fondo, a la derecha, un grupo de visitantes recorre el sitio durante un sábado de febrero de 2018.

Esto es pleno Madrid, no sus afueras ni su extrarradio. Este montículo en medio del parque histórico Casa de Campo fue una vez iglesia, casa de guarda y, más arriba, cementerio de los empleados. Había varias construcciones pero la Guerra Civil, en 1937, arrasó con casi todo. Casa de Campo, sitio de reyes, faisanes y vasallos —en ese orden— fue en tiempos idos mil 722 hectáreas monárquicas y, desde los años 30, mil 722 hectáreas pertenecientes al pueblo. Ahora esconde Historia pura y dura en sus entrañas inaccesibles

Sebastián de la Nuez

La vicisitud de aquella iglesia que no puedes ver, con sus tesoros mudados y su abandono oficial, es el motivo de esta nota. Detrás de la Iglesia de la Torrecilla, en su proyección y en su alzada, estuvo la mano maestra de Sabatini, el mismo del edificio donde tiene su asiento el Centro de Arte Reina Sofía.

No hay un solo monolito que explique algo en cualquiera de los sitios clave del pedazo de Guerra Civil que aconteció en esta vastedad, Casa de Campo. La historia sobre la Iglesia de la Torrecilla y sus edificaciones circundantes la cuenta mejor que nadie Rafael Pulido en el blog porlacasadecampo.blogspot.com y quien desee mayores datos no tiene sino que abrirlo. Esta es una versión amañada, abiertamente amañada, que dará lugar a una sola pregunta: ¿por qué demonios sigue enterrada esa iglesia dibujada por Sabatini en pleno siglo XXI?

 

LAS RUINAS DE LA CASA DE DIOS

Dice Pulido que el 22 de abril de 1936 hubo en este lugar una mudanza de valores y enseres. Corrían los tiempos de la Segunda República. Empleados municipales desmontaron, ese día, las obras de Mariano Salvador Maella —pintor español contemporáneo de Goya— que aún colgaban de las altas paredes de la Iglesia de la Torrecilla, las subieron a un camión y las llevaron al Palacio del Hospicio de la calle Fuencarral (convertido en museo municipal). Durante esa semana ya se habían trasladado los demás objetos de valor que aún se mantenían allí. El motivo: proteger el patrimonio de robos o actos vandálicos. Lo sucedido el 13 de febrero de ese mismo año en el Cementerio de Empleados —a unos cien metros de distancia—, que fue pasto de las llamas cuando algún desaprensivo arrojó sobre la paja almacenada en la antigua capilla un artefacto incendiario, fue el motivo para tomar, con mayor ligereza, la decisión del traslado de aquellos objetos. El sitio carecía de una vigilancia específica, ya que solo el párroco Hilario Molinos Gómez vivía en la casa adosada a la iglesia. No era suficiente vigilancia.

Los acontecimientos posteriores darían la razón a la administración republicana.

De modo que la pequeña iglesia o ermita de estilo neoclásico quedó desnuda. No era muy conocida entre los madrileños, ya que no formaba parte del culto popular, ni poseía grandes valores arquitectónicos que la hicieran destacar frente a otras parecidas como la de San Isidro o San Antonio de la Florida. Pero había una cosa, solo insinuada en esa época como probable: que su autor fuera Francisco de Sabatini. Y su interior sí lucía sus riquezas, hasta cuando pudo, de otro tiempo: un rico altar mayor de mármoles españoles y dos altares a los lados de menor categoría, dorados. En estos altares destacaban tres cuadros de Maella, que fueron los trasladados el 22/04/1936. Del altar central desmontaron la Inmaculada, a San Francisco de Asís lo bajaron del altar de la izquierda y a San Antonio de Padua del de la derecha. Antes se había trasladado el material de menor tamaño a los almacenes del museo municipal, como una lámpara de plata repujada que colgaba en el centro de la cúpula, un juego de cruces y candelabros que fue regalo de Carlos IV, una Inmaculada de marfil de Andrea Imbros (datada en 1747), un armónium y otros objetos de plata como un incensario, un copón y varias conchas de bautizar. Además, en unas cajas de cartón se recogieron los libros donde se registraban los nacimientos, bautizos, bodas y defunciones. Durante la semana del 20 al 25 de abril de 1936 todo esto, perfectamente catalogado, fue llevado a la calle Fuencarral con la intención de ser  exhibido en las salas del museo.

La iglesia, que había estado en uso hasta el 14 de noviembre de 1933, cuando el cura Hilario celebró la última misa, quedaba, pues, a partir de ese día abandonada.

El origen y la autoría de la Iglesia de la Torrecilla fueron, durante años, datos ignorados por los historiadores. Se pregunta Rafael Pulido en su blog si hubo antes otra iglesia en el mismo lugar y responde, acto seguido, que no hay documentos que lo certifiquen. Las dudas fueron sembradas por algunos historiadores y críticos de arte pues el arquitecto Sabatini aprovechó las columnas sobrantes de la reforma de la casa de campo de la familia Vargas, antigua propietaria de estos terrenos, en la nueva iglesia, colocándolas —las columnas— como soportal de entrada, y llevó además los escudos de la familia que años antes habían estado en el Palacete Renacentista.

Con mucho sentido común, Pulido intuye que tales escudos pueden estar entre las ruinas de la iglesia. ¿Por qué se habla de ruinas, si en todo caso lo que quede de la construcción se esconde bajo tierra? Porque bajo este terraplén mudo donde se posan las zapatillas de goma de los paseantes y corredores, quienes recorren con total ignorancia estos predios que son Historia, ocurrió una detonación bestial el 24 de junio de 1937 a la una de la madrugada. Los nacionales volaron la iglesia y sus aledaños antes de retirarse un poco más arriba, a buen resguardo.

Rafael Pulido señala el sitio donde estaban las milicias republicanas, justo frente a lo que fue el complejo de la Iglesia de la Torrecilla.

Después que terminó la guerra, al esqueleto de la Iglesia le echó tierra la administración franquista para que los merodeadores y curiosos no estuvieran escarbando y llevándose vestigios. Vuelve la pregunta: ¿por qué el Estado español no se ha encargado de desenterrarla? Si Francisco Franco fue exhumado del Valle de los Caídos, ¿no ha de serlo esta iglesia aun cuando sus tesoros se marcharan hace mucho tiempo a Fuencarral? ¿Es que esas paredes derruidas  no tienen nada que decirle a la España del siglo XXI? Probablemente los escudos de los Vargas ya valgan, por sí solos, el esfuerzo.

El significado de esta Iglesia de la Torrecilla y su voladura es simple: constituye la metáfora de una España cristiana que no le temía a la ira de Dios sino a un batallón de republicanos que defendía con infinita rabia, y todavía a esas alturas, con mística, la capital de la República del asedio faccioso.