La torre que vio Gerda

Confirma el historiador Antonio Rufo que Gerda Taro recorría los campos de la meseta madrileña —en julio de 1937— siempre que hubiera algún mando de las Brigadas Internacionales polaco, alemán o ruso que le franqueara el paso y le diera algún soporte para ella disparar su cámara Leica, que era lo que ella sabía disparar con una puntería que se vuelve cada vez más certera al paso del tiempo

 

Sebastián de la Nuez

Esta torre de la foto, o la que una vez estuvo en su lugar, mejor dicho, aparece en varias de sus imágenes capturadas pocos días antes de que fuera literalmente aplastada por la oruga de un tanque republicano desesperado por huir. Ella estuvo allí, en esos campos, entre estas calles, enfocando su Leica cada vez más cerca, lo suficientemente cerca —según instrucciones de su novio Robert Capa, quien acababa de pedirle matrimonio en París justo antes de despedirse— como para dejar constancia del tamaño de la heroicidad de aquellos jóvenes macilentos que se jugaban la vida por una idea vaga, por un no pasarán voceado y coreado que a la postre no serviría de nada.

Los trozos de esa España partida aún están desperdigados: luego de 80 años aparecen en las fotos de Gerda, aun cuando ella solo buscase dejar constancia de una victoria en la que seguía creyendo a pesar de la desbandada, a pesar del sufrimiento y de la lluvia de obuses que caían desde los Messersmichdt.

En un folleto que publicó Rufo por su propia cuenta, ya que las autoridades no le hicieron el menor caso, aparecen reproducidas algunas fotos de Gerda tomadas de La maleta mexicana y él las sitúa geográficamente porque se conoce palmo a palmo los terrenos del antes y el después de la Batalla de Brunete. No son lo mismo ni Brunete ni las poblaciones vecinas y sus aledaños agrestes antes y después de la Guerra Civil, sino dos paisajes totalmente diferentes. El folleto, publicado en buen papel y con buena tinta, se lo sacó de su bolsillo y de su interés particular en 2015, cuando se cumplieron 75 años de la construcción del nuevo Brunete cuya primera piedra fue colocada el 18 de mayo de 1940. Del viejo no quedó sino una casa hundida en una calle que no en balde se llama de la Amargura, la iglesia medio deshecha y poco más…

En esos días de julio del 37, cuenta Rufo, Gerda pernoctaba en un palacio que la República se había incautado de sus propietarios ricachones y de lustre, los Heredia Spínola. Allí se instaló la Alianza de Intelectuales Antifascistas, de la cual formaba parte Gerda. Uno de esos días ella caminó trece kilómetros desde su lugar de trabajo hasta la calle Marqués del Duero. Trece kilómetros. Su lugar de trabajo era, sencillamente, el frente —o los varios frentes— de Brunete. Gerda había telegrafiado a sus jefes de la revista Ce Soir para pedirles permiso de quedarse más en España. “Me da la sensación de que los acontecimientos reclaman mi presencia”, les dijo, y le concedieron el permiso. A los pocos días consiguió un coche para internarse, otra vez, entre las tropas en retirada y se llevó a su amigo y pretendiente Ted Allen. Ojalá no le hubiesen dado aquel aventón.

Por cierto, Rufo solo es técnico electrónico de oficio. Sabe repararlo todo. Es un historiador en los hechos o, más precisamente, documentalista. Quizás, solo quizás, haya asumido este nuevo rol tras comprobar que a los historiadores graduados les cansa patear los caminos que dejó la guerra y que todavía hoy hablan si sabe alguien preguntarles debidamente.

 

Cubierta del folleto editado por Antonio Rufo.