Naiguatá en manos de Etxenara Mendicoa

Etxenara Mendicoa en la Feria del Libro de Madrid (junio de 2019).

Etxenara Mendicoa presentó, hace un mes, su libro sobre la tragedia de Vargas: La inocencia de las sardinas (Adarve, 2019). Lo hizo en Madrid y asistió un nutrido grupo de venezolanos residentes. Mendicoa, venezolana de padre vasco, vive actualmente en Bilbao. Su libro es una interesante mezcla de crónica y novela tras de la cual hay mucho talento

 

Sebastián de la Nuez

Trescientas setenta páginas. Y en cada párrafo hay —al menos— un dato, una descripción inteligente, una pieza del rompecabezas que arma el país. Para hacerlo hicieron falta más de cuarenta entrevistas, muchas de ellas repetidas y lubricadas, por necesidad narrativa, con el ron o la cerveza que tanto ayudan en estos casos, sobre todo en el de los pescadores, poco dados a abrirse. Hizo falta mucha hemeroteca. Hicieron falta varios años.

El libro de Etxenara Mendicoa (venezolana, periodista, UCAB 1997) tiene varios méritos, comenzando por el principalísimo de haber sabido dar las claves de un país a partir de un punto, Naiguatá, y dentro de un hecho histórico trágico del cual se cumplen, ahora, veinte años. Tiene, además, los méritos del rigor, de la imaginación y del orden narrativo. Dosificar las historias paralelas a lo largo del relato es cosa seria, manteniéndolas en lo alto para que el lector las arme por sí mismo y no decaiga el interés. Debe haber leído La guerra del fin del mundo y La fiesta del chivo, de Vargas Llosa. Ella misma confiesa que fue una de las cosas que más le costó, la estructura. Trescientas setenta páginas, muchos personajes, saltos temporales y diversidad de subtramas.

Entre las subtramas, el drama del pescador que ha debido dejar de serlo para asumir un oficio que no le corresponde, el de conductor de buseta. El de Micaela, enamorada de un malandro y cargando con un hijo que no le pertenece. El de Agustín, hecho sacristán a juro;  el de Belén, la que quedó respirando con tanta dificultad que solo lo hacía cuando se acordaba.

En su presentación en Madrid, que fue en Cesta República (calle Válgame Dios, de Chueca), Mendicoa contó que, cuando los españoles le preguntan qué es lo que realmente está pasando en Venezuela, ella les aconseja leer el libro. Lleva razón: es la metáfora de una nación erosionada, arrastrando sus desgraciadas consecuencias. En Venezuela, como en los submundos descritos por Mendicoa, pasa la desidia, la corrupción, el sincretismo, la tradición del ogro filantrópico, el caciquismo, el cuánto hay pa’eso.

Hay un pasaje en particular que delata una parte, al menos una parte, del problema. «En la Plaza del Indio, junto a la estatua del cacique Naiguatá, aún decapitado desde el deslave, se amontonaban los hombres con botellas de aguardiente en plena hora del desayuno, en torno a un pequeño radio y una pizarrita para anotar los resultados de las carreras de caballos». Eso está en la página 161.

La literatura venezolana está fresca, lo confirma este texto, entre otros. Es una historia armada con férrea voluntad de investigación y talento narrativo. No se puede definir dentro de un género pues tiene de crónica y de semblanza, de novela y de síntesis historiográfica de una tragedia que nunca fue resuelta. Todo en torno a Vargas 1999 ha permanecido en las medias tintas, en los proyectos que nunca fueron, en la gaveta de las promesas y compromisos que nunca cuajaron porque al Estado venezolano, representado en el epítome del populismo militarista, en verdad no le importaba para nada la gente y su sufrimiento. Para nada. O solo para chantajearla y sojuzgarla. Pero Hugo Chávez apenas es mencionado. No hace falta, no es el protagonista del subsuelo ni de la montaña que se derrumba ni de las corrientes que mueven el comportamiento del venezolano (un aprovechado de esto, sí).

Un viejo ensayo de Mariano Picón-Salas puede contribuir a ver las cosas en perspectiva. Se llama «Proceso del pensamiento venezolano». Enumera las vicisitudes y avatares del criollo, la riqueza fácil y el carnaval de  favores e indignidades que trajo consigo en el siglo XX. Apela Picón-Salas, al final, a la inteligencia «no como adorno y objeto inútil, como evasión y nostalgia, sino como comprensión y revelación de la tierra. Es una especie de plan para recuperar el tiempo; el tiempo que aceleró Bolívar y que después se retardó y empozó en la maleza oscura de nuestra ignorancia y nuestra desidia». Y propone aprovechar la energía perdida.

Veinte años perdidos junto con sus energías, veinte. Veinte desde esta tragedia doble: el apoyo del pueblo al populismo mentiroso, de una parte, y la cruel saña de la naturaleza que no soportó el peso de las aguas, por otra, llevándose por delante varias comunidades costeras demasiado ingenuas, demasiado irresponsables. Trabajos como el de Mendicoa contribuyen, sin duda, a comprender y revelar esta tierra escarnecida, exprimida, masacrada por la molicie y el desdén. Y sin embargo, esa misma tierra sigue siendo fértil, y se nota en sus letras.