La rochela hubiese sido otra

Valmore Rodríguez en foto bajada de internet, sin fecha.

Valmore Rodríguez, entre los principales fundadores de Acción Democrática, murió en 1955 en un pueblo perdido de Chile, país donde se refugió con su familia, ya bastante nutrida a finales de los cuarenta. Es hora de destacar su figura y su quehacer. Nunca es tarde cuando un país necesita referencias, historias sólidas de entrega a una causa oponiéndose a la opresión militarista. Wikipedia da apenas un brochazo sobre esta personalidad adeca, y el resto que circula en internet resulta pobre y deslavazado. Esta es una conversación con su hijo Alberto Rodríguez Barrera que había permanecido inédita hasta ahora, hecha en 2008

 

Sebastián de la Nuez

Escogió Valmore Rodríguez por destino, al verse obligado al exilio, Chile. Lo hizo por alguna razón que ni el único hijo varón que hoy en día sobrevive, Alberto, logra explicar con precisión: quizás porque en Chile podría conectar fácilmente con la red de exiliados venezolanos en Latinoamérica. Allá estaban, entre otros, Jorge Dáger, Raúl Ramos Jiménez, Jaime Lusinchi…

−No había quién manejara a estos carajos. Si no estaba uno de los grandes, la rochela hubiese sido otra.

Eso dice Alberto, alias el Chino, su hijo. En todo caso, lo más verosímil que puede decirse acerca Valmore Rodríguez es que llevó su vida a borbotones, con denuedo, y que su pluma fue de las más aceradas y pulcras entre la camada primigenia accióndemocratista, especialmente al hilvanar ideas partiendo del ámbito internacional para aterrizar localmente en medio del descampado que era la Venezuela palúdica de la primera mitad del siglo XX. Este líder de alma noble y vertical contribuyó a transformarla en democracia, pero no vivió para contarlo.

Fue de los más preclaros, a pesar de sus comienzos aparatosos. Cargando con el estigma del hijo natural en la provinciana ciudad de Maracaibo a comienzos del siglo XX, algo –quizás fue una novelería, un arrebato del inquieto que ya venía siendo− le indujo a enrolarse en la Iglesia evangélica; luego se asomó al espiritismo, nada menos que al espiritismo, este caballero que en el futuro habría de poner en su sitio, con el roble de su verbo preciso, a los senadores retrógrados de la Asamblea Nacional justo antes de la caída de Gallegos. Antes habría de viajar a Estados Unidos, iniciativa de avispado muchachón de 19 años, para enrolarse en el Ejército. ¡Semejante contradicción para quien se enfrentaría luego a las multinacionales del petróleo! Regresó de su aventura con un idioma aprendido y se convirtió en un pilar fundamental en el desarrollo de los primeros sindicatos del sector petrolero. Esa dedicación fue, seguramente, la razón que lo atrajo a Rómulo Betancourt, o viceversa. Aunque tampoco su hijo Alberto tiene las cosas claras al respecto:

−No se sabe, pero quizás se conocieron en Barranquilla. Los archivos de papá se perdieron tres veces. Juan José Delpino es uno de los culpables.

Según Alberto, la razón de la estrecha relación Rómulo-Valmore debe buscarse en los avances que en el Zulia había dentro del sindicalismo y la política, que eso no se parecía en nada a lo que sucedía en Caracas.

Papá llegó a controlar seis estados. Uno ha llegado a admirar al personaje por los hechos.

Sentado en el Gran Café de Sabana Grande un sábado a mediodía, el Chino avanza, retrocede y salta verbalmente de un lado a otro entre Nueva York, Chile y Caracas. Sabe que su discurso está autorizado para perpetuar la obra y la memoria de Valmore. Sólo queda él entre los hijos varones. Eran once en total, de mayor a menor Valmore hijo –quien llegó a general−, Mireya, América, Rosita, Rolando, Samuel, Tito, Alberto, Rómulo, Marina y Nora. La falla familiar ha sido el corazón.

Nadie como el Chino puede evocarlo en su intimidad de La Pastora, a menos que le salga competencia en alguna de las hermanas. La única casa de La Pastora de dos pisos, en el sector San Fernando Nazareno, a una cuadra de la escuela República de Bolivia (“era donde estudiábamos” ), era la familiar. En la entrada había un patio largo y la madre sembraba, y luego el zaguán. En el segundo piso, el estudio del padre. Tras la puerta de vidrio recuerda al viejo −nunca lo fue, en realidad, pues contaba 55 años al morir− sentado ante la mesa, leyendo y escribiendo:

−Yo me tendía afuera de la puerta de vidrio cada vez que tenía un peo. Cuando él me descubría, me dejaba entrar. Me acuerdo del choque de la barba en la cara.

Para aquel momento en que lo alzaba en brazos o le largaba una nalgada, VR había escrito suficiente como para llenar siete tomos bien nutridos, que en el futuro publicaría el Congreso Nacional por iniciativa de Reinaldo Leandro Mora. Había escrito en El Heraldo y en Panorama. Había escrito en una publicación evangélica, La estrella de la mañana, una cosa tan sediciosa para la época gomecista como su título: “Protestemos”. Después había creado el periódico El País. Pronunció unos cuantos discursos memorables en el Congreso bajo la presidencia de Gallegos, y fueron recopilados. Lo que no está en la antología son sus cuentos, que todavía esperan por algún editor que los rescate.

Ahora, en 2008, el Chino, padre de tres hembras y abuelo de dos muchachitos, sobrepasa en casi dos décadas los años que alcanzó a vivir Valmore. De vez en cuando, si el interlocutor lo interrumpe –si no, sigue rueda libre− y lo obliga a retomar el hilo conductor, reflexionará sobre aquellos viejos héroes que visitaban la casa paterna en Nueva York o Santiago y, después, al regreso del exilio en 1958, la casa de la urbanización Las Palmas –todavía en pie, queda cerca de Globovisión− donde se acomodaron la viuda y los once muchachos.

−Era una generación creyente en lo que hacía; eran tipos sanos.

Y comentará su interés por aprender lo que no recibió formalmente. Valmore Rodríguez leía en inglés y se cultivó por su cuenta, y casi llegando al final de su vida, en 1954, logró sacar la high school en Nueva York.

Había contribuido a una estructura de perfiles democráticos –así califica Alberto su conjunto de ideas a favor de la democracia− que luego se llevaron a los estatutos del Bloque Nacional Democrático, los mismos del  Partido Democrático Nacional, nacido en 1936 tras la muerte de Gómez como partido único de las izquierdas. Origen de AD.

 

LO QUE PUDO HABER SIDO

Cierta vez, cuando Domingo Alberto Rangel le pidió un prólogo a VR para su libro Con Estados Unidos o contra Estados Unidos, el nativo de Falcón –no maracucho, como muchos creen todavía− escribe un texto en el que alaba el contenido del libro entre otras cosas porque Rangel ha sabido llevar “la inquietud de la calle a la Universidad y no a la inversa”. Pero lo interesante del prólogo es el último párrafo, aplicable a quien lo escribe:

Hay en el estilo de ciertos escritores un algo que los retrata admirablemente. Ese algo es la dosis de pasión que se vierte en lo escrito. Decir pasión es hablar de sinceridad, y en esta obra, como en toda la del universitario, la del parlamentario y la del político, que vive y actúa en Domingo Alberto Rangel, la pasión fluye a chorros y desciende en catarata espejeante hacia el corazón de las masas ávidas.[1]

Quizás a algunos les suene  rebuscado o cursi, pero esa pasión y sinceridad de las que habla son auténticas en él, de modo que lo que escribe sobre DAR funciona como un espejo. Aunque también solía usar el fino estilete de la ironía. Por eso, porque sabía llegarle a las masas y también contestarle a sus oponentes para radiografiar algún esqueleto retrógrado, su hijo mantiene que hubiera podido llegar a ser presidente de Venezuela. “Era lo lógico”, dice el Chino.

Es hora de dejar al Chino congelado, como en un plano cinematográfico, en Sabana Grande, con su bigote lacio estilo mexicano y su cabellera gris, extraordinariamente frondosa para un caballero de su edad. Permanecerá allí, siempre dicharachero, siempre admirador del padre que fue Valmore Rodríguez

 

[1] RODRÍGUEZ, VALMORE. Escritos de época. Edición homenaje del Congreso de la República a la memoria de Valmore Rodríguez. Caracas, 1988. Pg. 338.