Maestros, amigos, compañeros

Portada de «El País» del 21 de octubre de 1945.

El partido Acción Democrática tuvo varios órganos de difusión desde los años 40 del siglo XX. Quien desee conocer los orígenes y desarrollo de este partido fundamental en la historia venezolana, debe tomar en cuenta el semanario Acción Democrática, el diario El País, el pasquín Resistencia, el quincenario A.D. y, finalmente, el periódico La República de los años sesenta Aquí, una somera revisión de las primeras publicaciones

Sebastián de la Nuez

Conviene echar un vistazo al primer boletín con forma de periódico que puso en circulación el partido Acción Democrática, por los nombres que encierra y por el liderazgo que podía entreverse desde sus páginas. Se llamó precisamente así, Acción Democrática, y vio luz por primera vez el 10 de enero de 1942.

Duraría al menos hasta el 2 de junio de 1945, edición número 160, el cual es el último conservado en la Hemeroteca Nacional de Caracas; por lo tanto, El País y esta publicación aparecieron en paralelo durante más de un año. La cifra de 160 entregas indica la constancia, el empeño en la difusión de las ideas. Sólo dejaría de aparecer alguna que otra semana coincidente con una fecha patria o fiesta de guardar.

Su Comité de Redacción Responsable (así se autodenominaba) lo conformaban Juan Oropesa, Valmore Rodríguez y Luis Troconis Guerrero; de entrada advertía que circulaba semanalmente. Aparecen en la portada del número inaugural las fotos de los candidatos de AD al concejo municipal del Distrito Federal, a saber Rafael Ignacio Cabrices, Héctor Cuenca, Carlos Navarro Giral, Alberto Ravell, Juan Manuel Álvarez, Gonzalo Barrios, Cirilo J. Brea, Alberto López Gallegos, Juan Oropesa y Raúl Leoni. Desde un primer momento incorporaba avisos comerciales. Colaboraban con artículos Rómulo Betancourt, Andrés Eloy Blanco, Luis Lander, Inocente Palacios, Luis Beltrán Prieto Figueroa y Carlos D’Ascoli, entre otros.

En el número 8 aparece por vez primera un artículo de Betancourt referido al tema petrolero, que arranca en portada y sigue adentro: «Si del petróleo nos viene el riesgo, que el petróleo lo pague». Habla allí de una eventual amenaza fascista que teóricamente se cernía sobre territorio venezolano pues «los nazis  saben que las tres cuartas partes del petróleo que quema la maquinaria motorizada de guerra de Inglaterra se extrae del subsuelo de Venezuela». Así que los recursos para armarse militarmente y defenderse debían provenir de «una cooperación más activa con el fisco nacional de parte de las empresas petroleras». Un anuncio de lo que sería la política del fifty-fifty que se instalaría durante el trienio 1945-48.

Luego comenzó a publicarse El País como portador de las ideas y opiniones del partido, el martes 11 de enero de 1944, anunciándose en su encabezado principal como DIARIO MATUTINO AL SERVICIO DE LA NACIÓN.

En su primer número, en portada, editorial de Rómulo Betancourt bajo el título «Fijando el rumbo»; en el centro «El cincuentenario de la Cámara de Comercio de Caracas» y a la derecha una cita entrecomillada, «Los bombardeos aliados son científicamente programados», declaración del comandante británico McDougall, de la Royal Air Force, a su paso por Caracas. Y abajo, una nota con foto que reseña el acto celebratorio por la aparición de El País. Cierra su última página, o contraportada, con un tubazo: «Dinero nazi llega a Venezuela por conducto de la legación de España».

Durante varios meses sería dirigido por Valmore Rodríguez, pero cuando el coreano viajó a Londres fue sustituido, interinamente, por Luis Troconis Guerrero. Luego, a raíz del 18 de Octubre, Rodríguez pasa a ser ministro de Relaciones Interiores —luego presidiría el Congreso— y Troconis se queda oficialmente en la dirección. En los primeros tiempos, el periódico no expresaba una línea de franca beligerancia contra el régimen de Isaías Medina Angarita y prueba de ello son titulares que no le escamoteaban sus logros: «El presidente de Venezuela homenajeado en el Metropolitan Opera House» (titular del 30/1/44). En algún momento, José Agustín Catalá es contratado a instancias de Rodríguez y Betancourt para encargarse de la pauta publicitaria. Por lo que se ve en una simple ojeada, un rotundo éxito. El País obtuvo apoyo comercial y empresarial.

Las oficinas quedaban de Palma a Municipal, en pleno centro de Caracas. Catalá dijo [al hacerse esta reseña en 2008] que aquel edificio donde funcionó el legendario periódico pudiera estar hoy en día en pie. En todo caso, la dictadura perezjimenista años después quiso arrasar con todo, incluso con la imprenta donde se imprimía, y si por casualidad el edificio ha sobrevivido hasta hoy, estará tapiado de buhonería y vallas. Así dijo Catalá al ser entrevistado, dando por zanjado ese asunto de los vestigios de otra época. Añadió:

—A mí lo que me interesan son los libros, no la epopeya ni el martirologio ni ninguna de esas vainas.

 

24 DE NOVIEMBRE DEL 48

Cuando sucede lo del 24 de noviembre de 1948, Troconis Guerrero tuvo que esconderse y quedó J.M. Siso Martínez como director, y a su lado Simón Alberto Consalvi, quien apenas era corrector de pruebas, un muchacho, un liceísta talentoso. Entre los dos y alguien más asumieron la responsabilidad desde esa fecha hasta el 12 de diciembre, cuando lo clausuraron. Fue un decreto. A raíz del 24 de noviembre habían comenzado a retirarse los colaboradores y quedaron páginas en blanco. Las llenó Consalvi con sus artículos de literatura hechos para el liceo, especialmente sobre literatura española. Recuerda uno en especial titulado «El tiempo perdido de Don Quijote».

Comentó, con cierto sarcasmo, al ser consultado para este trabajo:

—Algunos colaboradores fueron muy diligentes en retirar sus artículos.

Ese inicio en El País fue para el joven Simón Alberto algo que jamás olvidaría. Al hablar sobre esos días, los recuerda con especial ilusión. Por su trabajo como corrector de pruebas, no salía antes de la medianoche:

La redacción de El País quedaba en un segundo piso. Salíamos todas las noches a las doce o a la una a comernos unas tostadas en la esquina de San Francisco, y yo, por supuesto, con el periódico debajo del brazo, no podía acostarme si no lo leía. Era una vida muy ordenada, digo yo. De modo que de la corrección de pruebas pasé a redactor.

Recuerda a Luis F. Colombani con mucho afecto, comentó:

La gente decía que era un administrador muy duro, pero no, lo que pasa es que no tenía qué administrar, y entonces, como no tenía qué administrar, debía ser duro, porque ¿qué más le quedaba? No podía dar lo que no tenía. También estaba José Manuel Siso Martínez y con él tuve vinculaciones personales muy afectuosas, fue mi profesor de Historia de Venezuela y me identifiqué mucho con él. Eran maestros, amigos y compañeros.