Limónov, el auténtico

El título del diario El País no podría ser más banal al tildarlo, con simpleza, de «polémico». Se anunció ayer miércoles 18 de marzo, otro día de hibernación forzada en […]

El título del diario El País no podría ser más banal al tildarlo, con simpleza, de «polémico». Se anunció ayer miércoles 18 de marzo, otro día de hibernación forzada en Vallecas (y en buena parte del resto del mundo), que Eduardo Limónov había fallecido. Se le conoce sobre todo por el libro del escritor y periodista francés Emmanuel Carrère, quien publicó una semblanza del poeta, farandulero revoltoso y dandi marginal de excelente calidad. Sí, Limónov, el de la  ametralladora en el cerco de Sarajevo, el que apoyó —hasta donde se sabe— al serbobosnio genocida Radovan Karadzic. Pero fue más que eso

 

Sebastián de la Nuez / Foto tomada de internet

Murió a los 77 años. Ese trabajo de Carrère, titulado con limpieza así mismo, Limónov, lo publicó Anagrama hace cinco años y se ganó un lugar en los anales literario-periodísticos, merecido por su exhaustividad detallista, su ironía desenvuelta y lo bien escrito que está. De modo que aquí coinciden dos personajes, Limónov, esta especie de chavista hijo del estalinismo irredento que será cautivado por la glamorosa Nueva York, y Carrère, un tipo que ha hecho obras donde se unen el periodismo y la narrativa literaria.

El País agrega en sus primeras líneas estos calificativos al fallecido: político, novelista incendiario, punk, guerrillero, extremista, poeta maldito. Puede que todos se los merezca pero, en verdad, político no era, sino activista nostálgico de un mundo superado. Al parecer, según la nota de El País y otras que han aparecido en medios digitales, Limónov quedó apenas en sus últimos tiempos como una estampa del folclor moscovita, quizá parecido al venezolano que se disfraza, o disfrazaba, de Che para ir a las manifestaciones del chavismo. Un papanatas.

Moscú y Caracas se parecen en la cantidad de papanatas que han producido sus regímenes con muchos años de diferencia y en circunstancias disímiles. Pero el papanatismo es así, ya se sabe, se parece al Coronavirus porque nunca se sabe dónde va a mostrar el hocico. Suele hacerlo dentro del caldo de cultivo de los utopismos delirantes, extremos, de cualquier signo. Solo necesita una excusa con aspecto de redención masiva para manifestarse. El País dice que Limónov se encogía de hombros cuando se le llamaba nazi o comunista. «Estoy en un nivel inalcanzable», dijo en una entrevista con el conocido youtuber ruso Yuri Dudd.

 

MERAS COINCIDENCIAS

En el relato de Carrère se da cuenta del periplo del ruso por los  Estados Unidos, de su relación con el poeta Brodsky a quien Limónov profesaba una pertinaz envidia (Brodsky  sí logró resonancia intelectual universal, al contrario que él) y con figuras pop como Andy Warhol, Allen Ginsberg y Lawrence Ferlinguetti, entre quienes llegó a codearse.

Carrère conoce bien la realidad de la URSS y de la Rusia actual, sobre todo por influencia de su madre, una connotada diplomática francesa. En su semblanza, el periodista retrata lo alertas que estaban los chicos rusos en plena época de la Guerra Fría no solo ante la música de Los Beatles sino ante fenómenos como la contracultura y, más tarde, los punks. De hecho, Carrère describe al poeta Yeroféiev como un desgraciado punketo.

Hay una lección en el libro y es la importancia de los periódicos underground que en una época difundieron las buenas nuevas del rock, de la contracultura, e ideas de avanzada en derechos civiles. Eduard Veniamínovich Savenko, o simplemente Limónov, había visto ese tipo de publicaciones en París y en Nueva York y puso en práctica, al regresar a su terruño ya en tiempos de Boris Yeltsin, algo semejante para llegar a vastas poblaciones de la provincia rusa. Nadie en Rusia conocía L’Idiot international o Actuel, ni la prensa alternativa norteamericana, influencias todas ellas reivindicadas por Limónov, según anota Carrère. Él edita, entonces, un periódico y lo pone en los trenes para hacerlo llegar a todas las partes posibles de la Rusia profunda. Al parecer los chicos provincianos se quedaban enganchados y había motivo para «quedarse atónito ante aquella maqueta chillona, aquellos dibujos repulsivos y titulares provocativos» del pasquín Limonka, órgano divulgativo del partido que fundó el poeta, el Nacional Bolchevique. Aquel estilo fuck you, bullshit llamaba la atención. «Era su rollo, el rollo que les hablaba de ellos», dice Carrère refiriéndose a los jóvenes que se levantaban tras la perestroika al mundo occidental, a la renovación, aunque lo «moderno» resultase en este caso ciertamente volver a Stalin de forma más o menos figurada: de hecho, el retrato del dictador adornaba la oficina del cuartel general del partido de Limónov, junto con algunos héroes de la contracultura norteamericana como el grupo de rock Velvet Underground.

En fin, un caso, en particular durante esa época a la que se refiere en un tramo de su obra el periodista francés, en donde se demuestra que siempre será una buena herramienta de convencimiento y difusión un medio de comunicación que rompa esquemas. Los jóvenes siempre están dispuestos a escuchar propuestas altisonantes, bruscas, coloridas, qué duda cabe.

Por lo demás, no cabe sino aconsejar la lectura del libro de Carrère para conocer en toda su longitud al personaje y su circunstancia. Es interesante para los venezolanos porque a fin de cuentas, al cabo de dicha lectura, uno queda con la convicción de que este señor que estiró la pata hace dos días no era más que un auténtico chavista ruso, fascinado con el imperio, ávido de notoriedad, sin ideología definida, seguramente maniacodepresivo, mitómano y siempre pinchándose como un desaforado yonqui.

 

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