Por fin, ¿Bob Dylan es un genio?

Eso le preguntan al supuesto documentalista Stefan Van Dorp (un actor cómico en realidad, prestado para la farsa) casi al final de Rolling thunder revue (en Netflix, ver tráiler) y […]
Eso le preguntan al supuesto documentalista Stefan Van Dorp (un actor cómico en realidad, prestado para la farsa) casi al final de Rolling thunder revue (en Netflix, ver tráiler) y el hombre —que supuestamente conoce bien a Dylan— contesta que no lo sabe, que la palabra genio, además, es extraña; que el mérito de Dylan fue haber metido en un tren, hacia 1975, un montón de gente y dejar que cada uno se convirtiera en la versión más extrema de sí mismo

Sebastián de la Nuez

En el fake-documental de Netflix, la verdad es apenas un débil hilo argumental: es cierto que hubo una gira, es cierto que la banda sonaba bien, es cierto que Dylan a veces manejaba el autobús que llevaba a sus acompañantes, es cierto que visitó la tumba de Kerouac junto al poeta Allen Ginsberg (1926-1997), que Patti Smith y Joan Baez lo rondaban y admiraban… Poco más. La mayor parte de las anécdotas, y algunos personajes que declaran o pontifican sobre lo que sucedió o dejó de suceder en la gira, es invento tanto de Dylan como del director Martin Scorsese, su amigo personal desde los tiempos de The last waltz, el documental de despedida de The Band  de 1976.

Pero Rolling thunder revue sirve, en todo caso, para revisitar leyendas, aspirar el humo recargado de alguna íntima reunión, manosear un poco ese espíritu de los setenta, el que quedó tras el verano del 67 y el estallido contracultural que terminó en una fiesta de ácido lisérgico y un pobre desgraciado muerto en Altamont, frente a la tarima donde tocaban The Rolling Stones. En el film hay gente colocada, gente que acosa a Dylan, gente que asiste a sus conciertos y lo adora, gente recitando frases ininteligibles (como Patti Smith) o versos de Kerouac, o divirtiéndose con un trago en la mano durante una velada —modesto apartamento en Toronto— en casa del compositor Gordon Lightfoot. Joni Mitchell, una de las invitadas, sonríe y es feliz. Lightfoot tiene un puesto asegurado en su propio Hall de la Fama solo por Early morning rain.

Es cierto que el documental contiene una serie de fake news retrospectivas: ese senador que aparece nunca existió, Dylan nunca fue a ningún concierto de Kiss, la actriz Sharon Stone miente. Dylan y Scorsese deben haber gozado mientras planeaban esto. Pero la personalidad de Dylan subyace en todo momento, eso es inevitable y es lo que rescata este vídeo. En sus actuaciones en vivo, a Dylan nunca le importará cantar remedándose a sí mismo, no hará esfuerzo alguno por conservar las armonías y tratará de salir de las canciones tan rápido como se pueda. Rolling thunder revue utiliza el material original filmado durante la gira, al cual se le intercalan entrevistas que hizo Scorsese, trastocadas por su afiebrada imaginación. Aparece Dylan tal como es hoy, cara no de abuelo sino de abuelita británica recién acicalada para tomar el té de las cinco. Dylan se inventa unas cuantas frases para despistar, entre las que deja colar alguna que otra verdad.

Pero la pregunta del título es, realmente, un acertijo.

Dylan es un Premio Nobel, eso es un hecho. Hace canciones fantásticas, eso es indiscutible. Fantásticas. Lo sigue haciendo. Su más reciente disco, Ásperos y ruidosos caminos, es él nuevamente, auténtico y un poco desalentado del mundo que lo ha circundado. Más Dylan que nunca, más reposado, rindiendo culto a sus héroes y haciendo crónica del sangriento registro de su país.

Pero no es un genio, es nada más un tipo a quien la música lo electrificó desde antes de que agarrara por primera vez en sus manos una guitarra eléctrica. Alguien con una densa masa discográfica en su sangre, la que llegó a sus oídos sobre todo en los años cincuenta.

Ese es todo su secreto, la fuente de su inspiración, de su poesía- Lo cuenta en  el primer tomo de sus Crónicas, cuando rememora al chico recién llegado a Nueva York que viene de muy lejos y de muy abajo. Hace lo que puede por abrirse camino, toca la armónica de acompañamiento en un tugurio. Luego se va adentrando en el submundo de esa zona del Village y conoce gente que está metida en la canción folk, metida hasta los tuétanos. Ya él viene con su propio bagaje pero en el Folklore Center conoce a Izzy Young, que le abre las puertas a otras percepciones. Hasta toma contacto con partituras antiguas de la guerra civil norteamericana y salmos de marineros muertos al menos un siglo atrás: cosas así, como de debajo de la tierra: raíces a las que apenas se había asomado hasta entonces.

Bueno. Eso es empaparse de algo por dentro. Como penetrar en un río. Si tienes algo de talento y sobre todo sensibilidad por las aguas que te penetran, pues lo demás, quizás, solo quizás, será fácil.

Al menos en apariencia fue fácil para él. Claro que la historia es mucho más larga y llena de baches y vericuetos, incluso está Moll Flanders de por medio.